
Terapias para maridos y padres violentos
Los hombres físicamente agresivos suelen repetir modelos vividos en la infancia, que pueden mejorar con ayuda psicológica
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El 14 de febrero de 1988 la vedette y actriz uruguaya Alicia Muñiz apareció muerta en el patio del chalet de Adrián Martel, en Mar del Plata. Tenía fracturado el hueso hioides (la nuez de Adán) y una trompada mortal en el arco superciliar derecho. Después de golpearla, su marido, el boxeador Carlos Monzón, la había arrojado desde un balcón del primer piso.
El caso Monzón es un ejemplo extremo, pero la violencia familiar es una enfermedad que no soslaya entornos ni clases sociales y cuyas consecuencias siempre pueden ser trágicas.
Según los psicólogos Jorge Corsi y Marta Lucioni, especialistas en el tratamiento de hombres violentos, "una de las primeras cosas que aprendemos en nuestra tarea es que cualquiera puede convertirse en un Monzón. No hace falta ser boxeador, porque muchas veces los propios hombres no saben hasta dónde pueden llegar y el riesgo se desestima porque ocurre en el ámbito privado, o tras una fachada elegante. Sin embargo, no hay violencia pequeña".
Corsi, director del posgrado de especialización en violencia familiar de la Facultad de Psicología de la UBA, y Lucioni, egresada del mismo posgrado, se dedican al abordaje terapéutico de hombres que ejercen conductas violentas hacia su mujer, sus hijos, ancianos o discapacitados.
Aunque existen, el porcentaje de mujeres que adoptan ese tipo de comportamiento es estadísticamente despreciable: representan el 2% de los casos y casi siempre aparecen cuando hay un desequilibrio manifiesto de poder dentro de la pareja (ella maneja recursos económicos muy superiores a los de él o hay un problema de discapacidad, por ejemplo).
Y esto, por supuesto, no es casual.
La violencia familiar se nutre de antiquísimos imaginarios sociales y comienza a gestarse el mismo día en que a ellas se les propone jugar con una muñeca y a ellos, con un revólver.
"Yo me crié en barrios muy bravos, entre malandras, hombres muy peleadores y mujeres ligeritas -confesó alguna vez Carlos Monzón-. Muchas veces, en los reportajes, me hicieron hablar de mujeres, me trataron de machista y todo eso. A lo mejor tenían razón, a lo mejor yo era todo eso... pero no conocí otra cosa."
Según Corsi, "la educación diferenciada por género permite a los varones, desde muy chiquitos, el uso de la violencia en los juegos, en los deportes, en las relaciones en general".
"Al hombre -dice- se le da poder. Y cuando ese poder se traslada a la familia o al ámbito de las relaciones privadas muchas veces se transforma en autoritarismo y genera daños a quienes están bajo su influencia, que usualmente son las mujeres."
Los disfraces de la violencia
Como una hidra de muchas cabezas, la violencia tiene múltiples disfraces: el físico, el económico, el emocional, el sexual... pero en todas sus formas implica un abuso de poder.
Claro que para que se prolongue en el tiempo se necesitan dos: "Así como la construcción de la masculinidad desde un lugar violento se considera natural, innata -subraya Luciani-, desde muy chicas a ellas también se les enseña a percibirla no como dominación, sino como protección, cuidado, preocupación..."
Los primeros programas para el tratamiento de la violencia masculina comenzaron en el mundo alrededor de los años 80 y se desarrollaron en los países anglosajones. Corsi los introdujo en el país en 1991, y por esa época dirigió el Programa de Atención a Hombres Violentos de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.
Entre otras cosas estas terapias permitieron descubrir que los señores violentos no se sienten responsables de su conducta. "Niegan, minimizan, ponen toda la culpa en el otro (ella me provocó), exhiben muy poca conexión con lo afectivo y padecen una marcada incapacidad para conectarse con su mundo afectivo -puntualiza Lucioni-. Por eso, lo primero que intentamos es que ellos se responsabilicen de sus actos."
Agrega Corsi: "Esta dificultad para reconocer sus comportamientos está íntimamente vinculada con la naturalización de la violencia. Ellos piensan: "Pero si a mí siempre me alentaron a esto, cómo ahora me lo vienen a cuestionar". Consideran que su mujer y sus hijos son una posesión personal y que, por lo tanto, pueden hacer con ellos lo que se les ocurra".
Para tratar a hombres violentos se elige preferentemente el modelo del grupo terapéutico. "Es que la violencia masculina causa daño a mujeres y niños, pero también al propio hombre -explica Lucioni-, y el grupo es probablemente la primera posibilidad que ellos tienen de poder hablar de sus cosas más íntimas, que no tengan que ver sólo con lo económico, con las mujeres, con los logros..."
Maltratadores maltratados
"A veces pasan cosas muy intensas porque, claro, cuando se facilita la expresión de los afectos emergen experiencias muy antiguas -cuenta Corsi, que dirige, junto a la licenciada Lucioni, el Centro Integral de Salud Psicológica Masculina (e-mail: saludmasculina@hotmail.com)-. Y frecuentemente nos encontramos con que la violencia tiene raíces en su infancia y que ellos mismos fueron niños maltratados."
"Esa experiencia les deja una impronta que a lo largo de su vida tiende a reproducirse con otros. Personalmente, he atendido casos de adolescentes varones que me decían: "Yo lo único que quiero en la vida es no volver a hacer lo mismo que mi papá con mi mamá", porque habían presenciado el maltrato hacia su madre. Y el que estaba diciendo eso apenas se puso de novio reiteró las mismas conductas que había visto en su padre."
La duración del tratamiento varía, pero en términos generales se considera que en un año, o poco más, se pueden lograr resultados interesantes, al menos en los aspectos básicos y más peligrosos.
Como muchos hombres atestiguan, más allá del modelo hegemónico, hoy existen masculinidades diversas, más igualitarias, más conectadas con rasgos esenciales que alguna vez se vincularon exclusivamente con el alma femenina.
"Al final, los hombres nos dicen cosas muy lindas -sonríe-. Es que se sienten agradecidos y conmovidos por haber descubierto una nueva vida, por haber aprendido a vivir sin violencia."
Cuestión de género
Jorge Corsi
- "La educación diferenciada por género permite a los varones desde muy chiquitos el uso de la violencia en los juegos, en los deportes y en las relaciones. Al hombre se le da poder, y cuando lo traslada a la familia o al ámbito privado ese poder se vuelve autoritarismo."
Marta Lucioni
- "Así como la construcción de la masculinidad desde un lugar violento se considera algo natural, desde muy pequeñas a las mujeres se les enseña a percibir esa masculinidad no como una forma de dominación, sino como sinónimo de protección, cuidado y preocupación de los hombres hacia ellas. Muchos de ellos consideran que su mujer y sus hijos son algo así como una posesión personal y que, por lo tanto, pueden hacer con ellos lo que se les ocurra."






