Es una enfermedad que se come mi libertad
Una paciente que quiere preservar su identidad cuenta cómo es convivir con el miedo de ser descubierta y sin la certeza de poder recuperarse
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Tengo cuarenta y tantos. Hijos adultos y otros adolescentes. Y soy una más de las miles de personas que han pasado o pasan por un trastorno alimentario, que siempre son el síntoma de algo más profundo.
Padezco una enfermedad que fagocita mi libertad para ser feliz. Me consume el tiempo, transforma la vida en oscuridad, en angustia y en una desesperación imposible de transmitir. Como si fuera una elección pero no lo es.
Quedarse sin aliento con la cabeza sobre un inodoro después de haber vomitado kilos de comida es una situación que, para alguien con bulimia, produce un alivio momentáneo. Es una anestesia, algo que calma la angustia profunda y dolorosa, la ansiedad que carcome el cuerpo y el espíritu.
¿Se puede salir? Ese es mi grito desesperado. Quiero ayuda, pero este es un camino como el de las adicciones en el que la misma cura produce miedo. Esos miedos que pueden sonar adolescentes, quizás vengan de aquellos tiempos en los que el estudio, el cuerpo y lo exterior eran el pasaporte al éxito social.
La construcción de una imagen consume el tiempo, el cuerpo, la mente, rompe el alma que queda en el probador de una tienda, en los espejos de un gimnasio, la clase de baile, la habitación o la cama que se comparte con alguien, pero que en realidad no se comparte nada. Y ahí el único resultado posible es el vacío.
La ilusión del placer es fingida, uno está solo con su propio mareo alienante. La estima quebrada queda sepultada bajo toneladas de comida. A esta edad parece muy difícil ver salida, pensar que hay algo diferente.
El vomito se transforma en un hábito secreto y la cantidad de “medidas de precaución” para que los hijos no descubran al monstruo de su madre, son estresantes. Es recurrente el miedo a ser descubierta. Uno tiene que chequear todo como si pudiera haber dejado una hornalla encendida.
Un nerviosismo me hace perder la cordura, la paciencia, y atenta contra la calidad de los momentos con mis hijos. Es la necesidad del atracón. Atracones y más atracones. Es que a esta edad se suman los cambios inefables del paso del tiempo. Porque ésta casi identidad exterior es lo único que se cree que se tiene para caminar por la calle.
Recurriré a los liftings que sean necesarios para mantener a toda costa la imagen que construí a base de equivocaciones, de vómito, de depresiones, de errores evitables, de aislamiento y de soledad. Cada día me levanto y planifico, me prometo que voy a hacer las cosas diferentes, pero no. Empieza a la mañana y se agrava de noche. Se fracasa diariamente. Se desespera.
Una amiga que está cerca de los 40 me dijo que ella estaba gorda, y quería ser como yo. Es grave. No hay edad para que la idiotez haga metástasis. No solo las chicas jóvenes son capturadas por esto, las mujeres grandes también.
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