
Bullying
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Tengo obesidad desde que tengo memoria. Por eso la frase me sale natural, porque no recuerdo una etapa de mi vida en la que no haya convivido con esto. Siempre fui “el grandote”, “el gordito”, “el gordo”. En el primario éramos cuatro chicos con sobrepeso en una misma aula y directamente nos llamaban así: “el gordo” y nuestro nombre.
Nací y crecí en Córdoba capital, en una familia muy unida donde la obesidad siempre estuvo presente. Desde mis tatarabuelos hubo problemas vinculados al peso, diabetes e hipertensión. Pero cuando uno es chico no piensa en las consecuencias en la salud. Lo que más pesa es otra cosa: la mirada de los demás.
Empecé a sufrir bullying a los seis años. Y no pasaba solo en el colegio. También me pasaba en los scouts, en deportes, en distintos espacios. Durante muchos años sentí que ser gordo era algo que los otros notaban antes que cualquier otra cosa de mí.
Tengo recuerdos muy marcados de esa época. Uno de los peores fue en segundo grado. Un compañero pasó un recreo entero saltándome arriba de la panza. El colegio no hizo nada. De hecho, muchas veces el que terminaba quedando como culpable era yo. En esa época el bullying no se tomaba con la seriedad con la que se habla hoy. Parecía un “juego de chicos”.
Pero no era un juego.
Hoy me cuesta incluso imaginar qué pensaban quienes hacían esas cosas. La mayoría eran chicos también. Pero sí creo que hay algo importante: cuando alguien presencia una situación de bullying no debería mirar para otro lado. A veces intervenir directamente puede ser difícil o generar miedo, pero siempre hay que buscar a un adulto que tenga herramientas para actuar.
Hay cosas que parecen pequeñas cuando uno las cuenta de grande, pero que a un chico le quedan grabadas para siempre. Me acuerdo, por ejemplo, de cuando íbamos al club a natación. A mis compañeros les salía fácil levantarse del borde de la pileta. A mí me costaba muchísimo. Hacía fuerza, no podía, y escuchaba las risas atrás mío. “Al gordo no le salió”.
Esos momentos te hacen sentir menos.
Yo siempre fui una persona muy sociable y durante mucho tiempo creí que esas cosas no me afectaban tanto porque seguía adelante igual. Pero con los años entendí que sí me marcaron. Sobre todo cuando empecé la secundaria y la comparación física se volvió constante. Había chicos superdeportistas, con físicos marcados y yo sentía que nunca iba a poder verme así.
Creo que empecé a cuestionar realmente mi cuerpo alrededor de los 13 años. Sentía que había algo en mí que estaba mal o que me hacía menos. Muchas personas no entienden que tener obesidad no es solamente una cuestión física. También afecta muchísimo la autoestima, la forma en que uno se relaciona con los demás y hasta cómo se mira al espejo.
También me tocó vivir la obesidad desde la ansiedad. Muchas veces, cuando estaba estresado o atravesando situaciones de presión, terminaba refugiándome en la comida. Ni siquiera era consciente de lo que me pasaba: simplemente sentía ganas de comer algo y, cuando me daba cuenta, había comido muchísimo. En el momento parecía aliviar algo, pero después aparecía la culpa. Con el tiempo entendí que la comida no solucionaba lo que me pasaba por dentro y que había otras formas de atravesar la ansiedad.
La pandemia fue un punto de inflexión. Yo tenía 13 años y mi mamá fue diagnosticada con diabetes. Ahí toda mi familia empezó una dieta y por primera vez tomé verdadera dimensión del tema. Empecé a entrenar, a cuidarme, a investigar sobre obesidad y salud.
Con el tiempo fui atravesando distintos momentos. En 2023 me rompí los ligamentos cruzados jugando al básquet, algo que también estuvo relacionado con el exceso de peso. Tuve que dejar de entrenar y sentí que entraba en una especie de decadencia emocional. Hasta que empecé a participar en los modelos estudiantiles de Naciones Unidas, espacios de debate y oratoria entre jóvenes.
Ahí encontré otro lugar. Empecé a desarrollar mi oratoria, a meterme más en política y descubrí espacios donde podía sentirme valorado sin que todo pasara por mi físico. Creo que eso me ayudó muchísimo a separar mi autoestima de mi cuerpo.
Hoy sigo teniendo obesidad. De hecho, estoy en uno de los momentos de mayor sobrepeso de mi vida y quiero encontrar una solución para mejorar mi salud. Creo que no hay que romantizar la obesidad. Las consecuencias existen y las vi de cerca en mi familia. Mi abuelo murió joven después de muchos años de no cuidarse.
Pero una cosa es hablar de salud y otra muy distinta es hacer sentir a alguien que vale menos por su cuerpo. Nadie da asco por ser gordo, como me dijeron muchas veces. Nadie es menos persona por ser gordo.
Yo tuve la suerte de contar con mucho apoyo: mi familia, mi mamá —que vivió algo parecido—, mis padrinos, mis abuelos, amigos que estuvieron conmigo incluso en los peores momentos. Pero también conocí chicos que terminararon destruidos emocionalmente por el bullying y la discriminación.
Sé que mi historia no es una excepción. Cada chico con sobrepeso que conocí alguna vez tiene una historia parecida para contar.
Las redes sociales también empeoran todo. Uno pasa horas viendo cuerpos “perfectos”, comparándose. Durante años tuve miedo hasta de subir una foto mía a Instagram. Recién en cuarto año me animé. Me daba terror pensar qué iban a decir los demás.
Hoy todavía trabajo mi autoestima todos los días, pero ya no permito que mi físico defina cuánto valgo. Entendí que puedo tener amigos, vínculos, proyectos y una vida plena sin odiar mi cuerpo.
Terminé el ingreso a Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba y decidí participar en el Programa Altavoz, una iniciativa de jóvenes que concientizan sobre salud mental, para contar mi historia públicamente.
Si hoy tuviera que hablarle a un chico de 10 años que está pasando por algo parecido, le diría que su valor está mucho más allá de un cuerpo hegemónico. Que ser gordo no lo hace menos, ni peor, ni menos querible. Y que, aunque a veces parezca imposible, se puede salir de ese lugar de vergüenza y sentirse valioso de nuevo. Si todo lo que viví sirve para que aunque sea un chico se sienta menos solo, entonces ya valió la pena hablar.
Este texto tiene la edición y el acompañamiento de la periodista María Ayuso.
Esta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.

