Obesidad infantil: la batalla (¿perdida?) contra los ultraprocesados

El exceso de azúcar, grasas y carbohidratos es parte del "combo" que lleva a que el 40% de los niños del país tengan sobrepeso; cómo lograr cambios de hábitos y la necesidad de más políticas públicas
El exceso de azúcar, grasas y carbohidratos es parte del "combo" que lleva a que el 40% de los niños del país tengan sobrepeso; cómo lograr cambios de hábitos y la necesidad de más políticas públicas Crédito: María Lavezzi
Guadalupe Rodríguez
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25 de noviembre de 2019  • 17:54

La cifra es alarmante: el 41,1% de los chicos y las chicas de 5 a 17 años tienen sobrepeso y obesidad en la Argentina. Una problemática presente en muchas familias y muy difícil de enfrentar. "Los entornos en que se mueven los chicos, como el quiosco del colegio, generalmente no ayudan. Y aunque algunos padres hagan todo lo que pueden en la casa, después los chicos salen al universo de Hansel y Gretel, y la bruja los lleva a la casita de azúcar", advierte Sabrina Critzmann, pediatra y una de las integrantes de los talleres de Deconstrucción Alimentaria Infantil. A ese espacio, madres y padres acuden para saber cómo romper el hechizo que los ultraprocesados hacen sobre los chicos y lograr que se reconecten con el alimento real, el que no viene ni en paquete ni acompañado por personajes como conejos, tigres o tucanes.

Los datos que reveló la 2ª Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (Ennys 2), realizada por el Ministerio de Salud y Desarrollo Social, concuerdan con la tendencia mundial. El exceso de peso se convirtió en una auténtica epidemia que aumenta de manera alarmante: la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 70 millones de niños y niñas menores de 5 años tendrán sobrepeso o serán obesos para 2025. Además, estudios de Unicef sobre el tema evidencian que en América Latina los argentinos somos los más atrasados en políticas públicas, que tenemos el segundo puesto regional en sobrepeso en menores de 5 años, que uno de cada tres niños y niñas en edad escolar tiene exceso de peso y que en solo cinco años se duplicó la prevalencia de obesidad en la adolescencia.

El "combo" responsable de este panorama tan adverso es el aumento del consumo de productos altos en grasas, sal, azúcar y carbohidratos refinados y la escasa actividad física de los chicos, que está cada vez más amenazada por el tiempo dedicado a las pantallas.

"La obesidad infantil es el problema del siglo, porque realmente condena y predispone a que aumente la frecuencia de todas las enfermedades prevenibles por las que se hacen tantas campañas en el mundo. El mayor impacto lo tienen los medios, las publicidades, que apuntan cada vez más a que los niños consuman alimentos ultraprocesados, que distan mucho de una alimentación saludable", señala Mariela Di Lorenzo, especialista en nutrición y diabetes infantil del Departamento de Pediatría del Hospital Alemán. Y advierte: " También tienen que ver las pocas políticas en salud pública. No hay una clara bajada de políticas de prevención que acompañen a las familias para poder elegir correctamente lo que comen sus hijos". Por eso, en trabajar en la educación alimentaria y en la mayor regulación de la industria es en donde los especialistas ponen el foco para la prevención.

"Últimamente, del sector de pediatría nos están derivando chicos de 2 o 3 años con sobrepeso y obesidad. Cuando les preguntamos a los padres qué es lo que comen, descubrimos que toman aún mamadera con mucha leche por día, o con gaseosas y jugos derivados de la soja que están publicitados como inocuos, pero no lo son. Lo primero que hacemos es ordenar esto, enseñamos que la única manera de calmar la sed es con agua. Este es el primer paso para que el chico detenga el avance del peso", advierte Teresa Otero, médica pediatra especialista en nutrición y coordinadora del consultorio de obesidad infantil del Hospital Tornú.

Un dato no menor es que la Argentina se encuentra entre los mayores consumidores mundiales de bebidas azucaradas: el 35% de la población las toma todos los días y son uno de los productos que más compran los chicos junto con las golosinas, impulsados por la publicidad y la disponibilidad.

"Los niños superan con creces la cantidad de azúcar máxima que deben consumir por día, pero a la vez hay muchas familias que opinan que la banana es muy pesada. Esas dicotomías son bastante preocupantes", detalla Critzmann. La mayoría de los que asisten a los talleres que da junto a Natalia Kiako y Soledad Barruti se preguntan dos cosas: cómo saco todo esto de mi casa y entonces, a cambio, qué les doy. La idea es que puedan reconectarse con la comida de verdad.

Deconstruir lo que comemos

Para Kiako, en primer lugar hay que bajar el umbral de dulzor al que estamos acostumbrados. "Hay que ir de a poco elaborando un nuevo hábito, que es ir reduciendo las cantidades de dulzor que le agregamos a lo que cocinamos. Y en esto ya hay un paso previo que lo doy por sentado, que es pasar a cocinar", detalla. En este sentido, explica que la cantidad de azúcar que se le agregue a una receta va a ser infinitamente más moderada que la que brinda un paquete. "No tenemos noción de cuánta azúcar tienen una galletita, un budín, incluso una cosa salada ultraprocesada. Es un camino de concientización, y no solo para los chicos; si en casa no logramos acostumbrarnos los grandes a bajar esas cantidades enormes de azúcar, sal o grasa y esperamos que ellos coman de otra manera, no va a suceder", aclara Kiako.

Uno de los conceptos que deconstruyen es el de "comida para niños" o "menú infantil" versus alimentos reales. "No existe la comida para niños y la comida para adultos. Es comida para todos. Si comemos todos lo mismo, y si no hay algo extraordinario para un chico, todos vamos a comer más nutritivo. Esta es solo una estrategia de marketing que la industria usa para dirigirse a los niños", sentencia Critzmann.

Además de volver a cocinar, otra de las premisas que se trabajan en el taller son las compras. Qué compramos y qué consideramos que es bueno comprar, porque esta elección va a determinar las comidas que preparemos. Acompañados por los chicos, es muy importante saber que eso que estamos comprando va a definir nuestra alimentación.

La comida no nace en el plato, es un aprendizaje fundamental para que en el futuro los chicos sean adultos que puedan comer bien. Los chicos tienen que poder participar de la manera en que ese alimento llega a la mesa.

"Lo que necesitamos es comer diverso, variado. Cereales, legumbres, frutas y vegetales, frutos secos y semillas, y reino animal, porque en nuestra cultura son importantes. Y generar una rotación de alimentos. Por ejemplo, dejar de pensar que las lentejas solo se comen en invierno en un guiso y que empiecen a estar en nuestra alimentación cotidiana. Las legumbres son económicas, son dulzonas, son pelotitas de colores que a los niños les gustan. No hay chances de que nos les gusten si las conocen desde bien chicos", explica Kiako.

La importancia de compartir

Desde que tiene uso de razón, Sergio recuerda la indicación de bajar de peso. Recuerda que a los 6 años a todos les resultaba gracioso cuando comía seis canelones en la casa de su abuela en San Francisco Solano. Llegó a pesar 195,4 kilos, probó de todo y recién hoy, a los 43 años, hace casi tres que está en tratamiento en la clínica del Dr. Máximo Ravenna, a la que va todos los días. Pesa 99 kilos, pero su relación con la comida siempre fue un tema. También cuenta su predilección por las hamburguesas: "Comía cuatro completas acompañadas por una gaseosa de litro y medio. Frente al televisor y solo, hasta que no quedara nada. Mis viejos no estaban, yo me sentaba frente a la tele y comía", relata.

La historia de Sergio pone de manifiesto que hay que ocuparse no solo de qué comen los chicos en la Argentina, sino también de qué hacen cuando comen. Un estudio de la UCA evidenció que la principal comida familiar en nuestro país es la cena y que la gran mayoría de los niños y niñas entre los 2 y los 17 años conversan con sus familiares y pares, y miran televisión (93% y 81%, respectivamente).

La comensalidad es un concepto que remite al hecho de comer y beber alrededor de una mesa en compañía. En ese momento se logra un intercambio positivo que estimula el aprendizaje de hábitos alimentarios y estilos de vida saludable.

Está comprobado que cuando se come en familia hay mayor calidad en la selección de los alimentos y menor prevalencia de la obesidad.

Otro de los puntos claves es la actividad física, que según la Sociedad Argentina de Pediatría debe ser de tres horas semanales como mínimo dedicadas a hacer ejercicio. Al respecto, Otero aclara que muchas veces para los chicos con obesidad empezar un deporte puede ser hasta perjudicial, por eso la recomendación es volver a la plaza, andar en bicicleta, jugar a la pelota, treparse a los juegos. "La idea es recuperar todo esto que los chicos fueron dejando por las pantallas; la plaza es gratis, y a la salida del colegio, en lugar de ir al quiosco, como hace la mayoría, el camino debe ser hacia la plaza", concluye.

Las políticas necesarias según UNICEF

  • Regular el etiquetado: Tanto de los alimentos como de las bebidas, para identificar con claridad aquellos que son altos en sodio, azúcares libres y grasas.
  • Prohibir la promoción: Así también como la publicidad y patrocinio de alimentos y bebidas de bajo valor nutricional.
  • Entornos protegidos: Proteger adecuadamente escuelas y otros entornos frecuentados por niños, niñas y adolescentes garantizando que sean libres de promoción o venta de productos perjudiciales para la salud.
  • Impuestos y subsidios: Establecer impuestos que sean especiales para alimentos y bebidas de bajo valor nutricional, así también como subsidios para aquellos naturales, en espacial frutas y verduras.
  • Campañas de concientización: Complementar todas las políticas con comunicación masiva y campañas de educación nutricional.

Para contactarse con talleres de Deconstrucción Alimentaria Infantil: deconstruccionalimentaria@gmail.com

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