Tienen entre 17 y 22 años y llevan a pasear a niños que viven en hogares: “En el mundo hay más amor que abandono”
Lupe de la Cuesta y sus amigos de la secundaria de Olivos organizan salidas al cine, heladerías, plazas e incluso a conocer el mar; “queremos que disfruten su infancia como cualquier nene”, dicen
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Hace tres años que en alguna esquina de Añatuya, en Santiago del Estero, pasa algo que puede ser un plan normal en fechas como el Día del Niño o un fin de semana cualquiera, pero no lo es: 15 chicos y chicas de entre 4 y 16 años comen en la pizzería del barrio, se ríen, gritan frases ocurrentes, charlan y se abrazan. Después juegan a “los fichines”, toman un helado y se mezclan con otros bajo la mirada atenta y el cuidado de un grupo de jóvenes de unos 20 años que también juegan y comparten bromas con ellos.
Esos niños y adolescentes viven en el hogar El Refugio. No crecen junto a sus familias porque fueron víctimas de algún tipo de violencia, abandono o de la imposibilidad de sus padres de darles sustento. Para ellos, ese plan de fin de semana, transforma su vida porque “los hace sentir especiales, el centro de atención. Los hace sentir como cualquier chica o chico que disfruta su infancia”.
Así lo cuenta Lupe de la Cuesta, una de las fundadoras de Volver.ar, una red creada por jóvenes de entre 17 y 22 años que organizan salidas con niños y adolescentes que viven en hogares convivenciales.
“Cada vez que salimos, cantan, saltan, son felices como cualquier otro chico. Gracias a esos momentos, ellos tienen una infancia un poco más parecida a la nuestra, una en la que lo normal era poder ir a una plaza o al cine con nuestras familias”, explica Lupe, que vive en Olivos, tiene 20 años y estudia Humanidades en la Universidad de San Andrés.
En esa frase, Lupe resume el espíritu de lo que hacen tanto en El Refugio como en el hogar María del Rosario, ubicado en Del Viso. La idea surgió en 2022 durante un viaje escolar a Añatuya que la marcó a ella y a sus compañeros de la escuela escocesa San Andrés, de Olivos.
Tenían 17 años y si bien notaron todo el amor que se les daba en el hogar, los “shockeó” ver tanta pobreza en la ciudad. “De Añatuya nos fuimos tristes, con ganas de volver para ver cómo ayudar más”, dice.
Lupe recordó entonces a Brisa, a quien conoció cuando tenía 12 en una visita del colegio a una escuela de Tigre. “Ella tenía 4 y nos pusimos a jugar juntas todo el tiempo”. A los seis meses, Lupe volvió con el colegio. Brisa la vio, corrió a abrazarla y gritó su nombre.
“No podía creer que se acordara de mí. Y cuando nos preguntábamos con mis amigos cómo podíamos ayudar a los chicos de Añatuya, pensé en ella, en lo importante que es para los niños sentirse queridos, que se acuerden de su nombre y vuelvan. Porque yo a Brisa no le di nada material, lo único que hice fue jugar con ella y volver”, explica.
“Otra expectativa de cómo puede ser su vida”
Catarina (su nombre real fue preservado para mantener el anonimato) tenía 4 años cuando llegó a uno de los dos hogares en los que trabaja Volver. Hacía poco que Lupe, cinco amigas y un amigo de la escuela habían comenzado a colaborar allí dando clases de apoyo y haciendo algunas salidas.
Cuando la niña conoció a Lupe, enseguida se encariñó. Pero un día comenzó a comportarse de manera agresiva: la insultaba y la golpeaba. Lupe estaba sorprendida y no sabía cómo volver a tener una relación de amistad.
Decidió organizar una salida, fueron al parque, a comer hamburguesas, a tomar la merienda, a divertirse juntas. “Al golpe o el enojo de un niño hay que responder con amor. Eso no implica no poner un límite. A Cata le dije que lo que había ocurrido no podía volver a pasar. Ahora es una nena amorosa. Aprendió que ante el enojo, no tenía que reaccionar de la misma manera que reaccionaban los adultos con ella en el pasado”, explica Lupe.
Es por eso que antes de salir con los chicos hay que visitarlos con constancia y conocerlos. Solo así saben cómo pueden reaccionar y cómo tienen que calmarlos. Porque si bien siempre están felices, a veces no quieren jugar, lloran o tienen ataques de ira.
“A veces un niño que se enoja o se pone a llorar porque apenas se golpea con un juguete. Pero las razones de ese enojo o llanto son otras, algo que experimentó en el pasado. Cuando se enojan no es momento de retarlos, hay que tratar de que no se lastimen o no lastimen a otros. Si están tristes y se aíslan, yo me siento al lado de ellos y espero en silencio. A veces me agarran la mano para volver a jugar. Otras, me cuentan qué les pasa”, dice Lupe.

En ese momento es que comienzan a darse los cambios. “Un chico que sale y ve que hay un mundo que lo abraza afuera del hogar, tiene otra expectativa de cómo puede ser la vida”.
Etelvina Carrión es la directora del hogar El Refugio de Añatuya y destaca el papel de Volver. “En todos los casos, generan vínculos confiables y sostenidos en el tiempo, lo que es muy importante porque muchos chicos vienen de trayectorias familiares con padres ausentes, negligencia o violencia. Entonces cuando llegan al hogar se los ve temerosos. Están en alerta permanente”, explica.
La continuidad en el vínculo que mantienen los jóvenes de Volver con los chicos “les da seguridad y les enseña que es posible vincularse de otra manera, con presencia y amor”, asegura.
“Se sienten protagonistas”
Hoy, Volver da clases de apoyo en los dos hogares que les abrieron las puertas; van a jugar con los chicos; y hacen salidas recreativas a parques, paseos de compras, museos. “Se entusiasman con algo tan simple como ir a tomar un helado porque se sienten protagonistas, no uno más como les pasa en los hogares, donde les dan mucho amor pero comparten todo”, cuenta Lupe.
Y lo que más les gusta a los chicos es cuando conocen algo por primera vez. Por ejemplo, el año pasado fueron con los chicos del hogar de Del Viso a Mar del Plata. Llegaron a la costanera, y los chiquitos se quedaron viendo el mar como hipnotizados hasta que comenzaron a reírse.
“Después bajamos corriendo por las dunas y ya en la orilla empezaron a chapotear. Cuando volvimos al hotel un chiquito me preguntó ´¿Es de en serio que mañana podemos volver a saltar en las olas?´. Sus caritas de ilusión y felicidad son impagables”, cuenta Lupe.

Otra salida que recuerda es cuando acompañó a dos hermanitos al cine a ver la película de la selección Argentina de fútbol, “Elijo creer”. “Estaban calladitos, con una sonrisa de oreja a oreja desde que nos tomamos el colectivo hasta Belgrano, cruzamos el barrio Chino, sacamos las entradas, vimos la peli y salimos. Me dijeron: ´A que no sabés Lupe, es la primera vez que vamos al cine´. Eso a mí me mató”, cuenta emocionada.
En estos tres años, Volver se fue consolidando: son seis los coordinadores principales de la organización: Lupe, cinco amigas y un amigo, todos del colegio. A ellos se suman cerca de 25 voluntarios que deben cumplir un requisito clave: pasar por la aprobación de los hogares y participar con regularidad en las actividades. “Muchos chicos han pasado por situaciones de abandono y sufren mucho cuando se encariñan con alguien y no lo ven más”, cuenta Lupe.

Además, los coordinadores –todos estudiantes universitarios que aún viven con sus padres– llevan a los chicos del hogar María del Rosario a sus casas para compartir asados, Fin de Año y Navidad.
Cuando se le pregunta a Lupe si siente que les cambian la vida, contesta: “Lo que realmente les cambia la vida es saber que tienen una red que está para ellos y poder vivir su infancia como niños”.
Más información
Volver es una organización que trabaja para que los niños que viven en hogares accedan al derecho a jugar, pasear y crecer en entornos felices.
- Si querés saber más sobre la organización Volver, podés hacer click a su cuenta de Instagram
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