Arturo Pérez-Reverte: “Lo único que cuenta, cuando llega la noche, es si confías en el otro para que vigile mientras duermes”
Hay lugares donde cierta clase de seres humanos se atan entre sí para siempre
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Aquellos ocho meses en El Aaiún suscitaban una forma de mirarlos que ya no existe: épica, aventurera, crepuscular. Para un reportero de veintitrés años, nutrido con libros y películas, ese último escenario de un mundo colonial en extinción era un lugar fascinante donde vivías la experiencia de convivir con legionarios, traficantes, espías, tahúres y muchachas con nombres imposibles y sonrisa profesional –Rubí, Cristal, la Franchute– que bailaban en cabarets. Cada noche, después de dictar por teléfono la crónica para mi periódico, hacía la ronda final: antros de penumbra, humo de tabaco –no sólo de tabaco– y whisky malo, con pequeñas orquestas, bailarinas llegadas de Canarias, Brasil y otros lugares de África, donde se mezclaban nativos saharauis, oficiales y soldados que al amanecer volvían a patrullar las arenas minadas del desierto: fuente extraordinaria de información no oficial, y también de singulares lazos humanos. Hice muchos amigos allí, procuré ser fiel con sus confidencias y todos lo fueron conmigo. En aquellos días turbulentos firmé muchas veces en primera página gracias a ellos.



