¿Carrie Bradshaw usaría un scrunchie?
La moda lo hizo otra vez: las gomitas para el pelo, que en los 90 no pasaban la prueba del gusto neoyorquino, por estos días son objeto de deseo en Le Bon Marché
4 minutos de lectura'


NUEVA YORK.— Hay escenas de Sex and the City que envejecieron de maneras inesperadas. Una de las más memorables no involucra a Mr. Big, ni un vestido imposible, ni un Cosmopolitan. Involucra un scrunchie.
Para quienes no memorizaron la moda de fines de los ochenta, el scrunchie es una simple gomita para el pelo recubierta de género, usualmente con bastante volumen y frunces. Práctica, cómoda, barata y durante mucho tiempo considerada el equivalente capilar de salir de casa en pantuflas. No era fea exactamente, sino accesorio de apuro: el que una usaba para ir al gimnasio, lavarse la cara o hacer las compras.

Y allí estaba el problema. En el opulento código estético del Manhattan de fines de los 90 —el universo que Sex and the City convirtió en referencia mundial— era el tipo de detalle que delataba inmediatamente a alguien que no pertenecía a ese ecosistema.
En la tercera temporada, Carrie sale con un escritor que acaba de publicar una novela. Ella la lee de un tirón y le hace una sola observación: la protagonista, supuestamente una sofisticada editora de Manhattan, jamás usaría un scrunchie. Él protesta. ¿Qué tiene de malo un simple elástico para el pelo? Carrie insiste en que ninguna mujer verdaderamente neoyorquina aparecería con uno puesto.
Lo que en 2000 bastaba para desenmascarar a una forastera, en 2026 puede encontrarse en el departamento de accesorios de un grand magasin<i> </i>parisino
El escritor, convencido de que la exageración es ridícula, asegura haber visto justamente esa misma noche a una mujer con scrunchie en el bar de moda donde están. Carrie no se inmuta. “¿Era realmente de Nueva York?”, pregunta. Él se acerca a la mujer y le pregunta. Era de Macon, Georgia. El caso queda cerrado. El scrunchie era, para la serie, la prueba irrefutable de que alguien venía de afuera de todo epicentro cool, y el veredicto quedó grabado en la retina de una generación.
Por eso resultó tan desconcertante encontrarlo hace unos días en uno de los templos mundiales del buen gusto: Le Bon Marché, en París, donde tenía, junto con las bandanas de las que se escribió en este espacio la semana pasada, un lugar central. Lo curioso es que el scrunchie ya volvió varias veces desde su condena televisiva. Primero tímidamente, después con entusiasmo. Vogue fue una de las primeras en anunciar su regreso, vinculándolo con la ola de nostalgia por los 80 y 90. Teen Vogue luego observó que el accesorio no solo apelaba a la memoria de quienes crecieron en esa época. También respondía a una preocupación muy contemporánea: cuidar el pelo, porque reduce el quiebre y el frizz.

La moda hizo entonces lo que mejor sabe hacer: tomó un objeto casi de farmacia y lo transformó en un objeto de lujo. El accesorio que Carrie Bradshaw consideraba prueba irrefutable de falta de sofisticación pasó a exhibirse en vitrinas impecablemente iluminadas y a costar decenas —a veces varios cientos— de dólares. Balenciaga ofrece versiones de cuero con algún tinte sadomasoquistas a 422 dólares; Prada lo vende de nylon de colores a 750 dólares, aunque vienen de a dos unidades y con una bolsita para guardarlos. Y no hace falta preocuparse por el medio ambiente, porque aclaran que ese nylon proviene de plástico reciclado y purificado, recolectado en el océano, en redes de pesca y en fibras textiles descartadas. Ferragamo, a 260 dólares, parece celebrar los 250 años de Estados Unidos con una versión de género estampado tipo bandana roja, bien estilo cowboy. En Le Bon Marché lideraban en popularidad las pulseras elásticas bañadas en perlas que luego se pasan al pelo cuando hay que atarlo en un apuro: todo por menos de 50 dólares y look parisino garantizado.
Quizás por eso el verdadero protagonista de esta historia no sea el scrunchie. Es, una vez más, la extraordinaria capacidad de la moda para rehabilitar aquello de lo que antes se burlaba. Lo que en 2000 bastaba para desenmascarar a una forastera, en 2026 puede encontrarse en el departamento de accesorios de un grand magasin parisino. Y probablemente Carrie Bradshaw, aunque jamás lo admitiría, en el verano boreal de 2026 saldría de la tienda con uno en la bolsa.
Otras noticias de Conversaciones
1Maru Botana y el momento más difícil que vivió como madre: “Podés vivir con la pérdida de un hijo, pero no la entendés nunca”
2Kast llega a su semana más dura: la peor encuesta de su gobierno coincide con la votación clave de su reforma estrella
3Quién era Jayden Adams, el futbolista sudafricano que murió a pocos días del Mundial 2026
- 4
Inglaterra dio vuelta el resultado, le ganó 2-1 a Noruega y ahora espera por Argentina o Suiza en semifinales del Mundial



