Lecturas: un fragmento de Ardo como fuego
Publicamos aquí un extracto de la nueva novela de la autora escocesa Molly Aitken, finalista del prestigioso Premio Encore de la Royal Society of Literature y recientemente publicada por editorial Edhasa
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Enero, 1279
Una niña se hace mujer en las mandíbulas de la bestia. Tiene que aprender a domarla. A acariciar su pelaje plateado. A cantarle canciones de cuna. A alimentarla con carne cruda, y, aún así, verse hermosa mientras se escabulle, cada vez que la bestia se acerca demasiado.
Mi madre solo tenía catorce cuando se casó con mi padre. El día de su boda, su monedero estaba vacío salvo por un puñado de bayas brillantes arrancadas de un serbal. Su protección contra la muerte. Trajo con ella un tosco arcón de madera lleno de bolsas con semillas, bulbos brotados y frascos de remedios. Mi abuela le había enseñado que la luna roja creciente anuncia muchos lamentos al amanecer, y que una decocción de agujas de tejo detiene un corazón. Mi padre no sabía nada de esto, ni le importaba. Era una mujer, su esposa. Su propósito eran los hijos. Su propósito fui yo, y debería haber dado a luz a muchos más que a mí, pero cuando llegué a los nueve no tenía ni hermanos ni hermanas, y oí a Alma, la sirvienta de mi padre, decirle a la cocinera que la señora ya no sangraba. Incluso entonces supe lo que eso quería decir. Había perdido su valor. Incluso entonces, temí por ella.
Mi madre siempre fue callada. Cuando hablaba, sus palabras describían el sabor de la lluvia o el llamado penetrante del cuervo. Si me acercaba, olía a tierra fértil y húmeda, pero por lo general se mantenía a distancia, sacando maleza del jardín o parada junto a las profundas aguas negras del río Nore. Fue allí, la noche posterior a que yo me cruzara con mi lince, que fue estrangulada.
* * *
Ahora lleva muerta siete años, y desde entonces no vi a mi gata salvaje ni una vez.
Por estos días, cuando alguna mañana consigo alejarme del calor y del trajín del estudio de mi padre, voy en busca de recuerdos de ella o mejor aún, de mi gata salvaje, que presiento que tragó alguna parte de mi madre al morir, y que ahora deambula en el bosque buscando a la hija que perdió. Ahora es apenas después del amanecer, el cielo todavía está rosado. Arrastro mis pies por la nieve. Las ovejas se desparraman por ahí, balando con miedo. Debería apurarme antes de que mi padre envíe a alguien a buscarme. Pese a ello, me vuelvo solo una vez para ver de pasada una cabeza peluda observándome desde detrás de un arbusto o la concavidad de huellas de patas en la nieve, pero todo lo que veo son los árboles, silenciosos y fríos y distantes. Llego al sendero embarrado. Más allá, las murallas de la ciudad se alzan grises y húmedas de nieve, interrumpidas únicamente por la puerta abierta. Kilkenny tiene nueve, nueve puertas que permiten breves huidas durante el día, antes de que suene el toque de queda y debamos volver a casa a estar aparentemente seguros en nuestras camas. No hay redadas de gaélicos acechándonos a nosotros los habitantes desde antes de que yo naciera, pero da igual. Nos encierran cada noche.
Al entrar en Kilkenny pongo mi espalda rígida, mi mandíbula firme, y fijo la mirada hacia delante. Como la ciudad, debo armarme, no contra los filos de los enemigos, sino como protección de los murmullos de quienes observan. Tengo dieciséis años, y con cada estación que pasa su hambre de mí crece.
Paso el castillo, desagradablemente grande y bulboso, hogar de los Señores a los que debemos nuestra gratitud ciega por haber elevado Kilkenny de mera ciudad monástica al imponente lugar que es hoy, una llama que atrae a las polillas: los mercaderes, caballeros y todos aquellos que buscan oro y lana.
Esta es Kilkenny. Cada mañana, nuestro perro guardián se despierta a los golpes. Cada tarde, veo al vendedor de pescado arrastrar su carro de cuerpos plateados: el jurel a dos céntimos, el salmón a doce, un tiburón, tu alma.
“Más allá, las murallas de la ciudad se alzan grises y húmedas de nieve, interrumpidas únicamente por la puerta abierta. Kilkenny tiene nueve, nueve puertas que permiten breves huidas durante el día, antes de que suene el toque de queda y debamos volver a casa a estar aparentemente seguros en nuestras camas”
Parados frente al gremio de mercaderes de telas, los amigos de mi padre están envueltos en pieles. Para evitar su atención, alzo la vista hacia los techos que aquí, a diferencia de la mayor parte de la ciudad, están demasiado separados entre sí como para que un gato pueda saltar entre ellos. Los mercaderes fingen mansa devoción, pero cada uno de ellos, a su modo, intentó ya hacerse de mi carne, y yo escapé de todos ellos con una sonrisa, con un cumplido sobre sus prendas, o con una observación cruel, dependiendo de la debilidad particular de cada uno. Antes de que puedan detenerme con halagos balbuceantes sobre el color de mis mejillas en la nieve, doy la vuelta en un callejón, donde el olor a pescado podrido vuelve denso el aire. Apuro el paso y salgo al aire más límpido de la calle ancha del otro lado. Paso por la puerta principal del establecimiento de mi familia, la posada Kyteler. Por nuestras habitaciones pasan viajeros de todo el mundo. Cualquiera de ellos podría estar decidido a llevarme a vivir en una tierra en la que el aire sabe a cítricos y a pasas, pero mi padre los rechaza a todos.
Me olvido de lo imposible y me dirijo hacia la entrada lateral, a la que se accede cruzando un canal de desechos. La puerta del jardín parece cerrada, pero la dejé sin traba cuando me escapé antes del amanecer. Los tablones que cruzan la zanja se pudrieron durante el invierno y crujen bajo mi paso. Observo el riachuelo de orina evaluando la posible caída y veo una masa de pelos a medio cubrir por la nieve. Me arrodillo y busco algún movimiento, aunque sea mínimo. Hay cuatro, no, cinco gatitos. Los ojos de la madre son grises, vidriosos.
—Alice Kyteler—. Una voz resonante y violenta hace esta-llar el aire helado.
El aire sobre mí se transformó para dar lugar a algo nuevo. Despacio, me pongo de pie. Un monje con una túnica de lana gris espera junto al arco de la pared y la puerta hacia el jardín está abierta detrás de él. Tiene el extraño aspecto salvaje de un sonámbulo, y como a todos aquellos que habitan los sueños, siento que no debería asustarlo.
—No pareces una asesina —dice.
Se refiere a los gatos.
—Bueno, no me conoces —digo, y lo miro.

Su actitud relajada me indica que sabe que es agradable a la vista. Sospecho que es tres o cuatro años mayor que yo. Su piel es inusualmente tersa, sin marcas de viruela grabadas en las mejillas; tampoco se ven arrugas de hambre enmarcando su boca. Tiene el rostro de alguien rico. Lo conozco de alguna parte. Solo que no logro ubicarlo todavía. Pero conozco su tipo. Lidié con hombres que adoran sus propios altares durante toda mi vida y como la mayoría de ellos, él también quiere ser mirado con adoración, así que fijo mi vista en los gatos muertos. En breve, algún perro les arrancará los ojos y las lenguas y las entrañas brillantes y gelatinosas bajo su piel suave.
—Justo acabo de hablar con tu padre sobre ti —dice el hombre vestido como monje.
La mitad de los hombres solteros de Irlanda se arrodillaron ya ante mi padre, rogando por mi mano como si yo fuera el paraíso y él fuera el sacerdote al que se puede sobornar para comprar la salvación.
—Siempre supe que soy capaz de transformar a un hombre de Dios en Satanás.
—Cuánta vanidad —dice—. Fue tu padre quien te mencionó. No yo. Asumes que me rebajaría a las de tu tipo.
A los prestamistas siempre nos odian, pero aun así. No puedo sino mirarlo con furia, y, por supuesto, se ríe.
—Como si quisiera casarme con alguien de tu familia —digo—. Oh, sí. Sé quién eres.
—Un hombre de Dios.
Señalo sus zapatos, delicadamente bordados. Ningún monje llevaría un par así. Su sonrisa se ensancha y odio no ser capaz de apartar mi mirada, y es entonces cuando los rostros de su familia aparecen ante mis ojos.
—Tu nombre es Le Poer —digo.
—Me descubriste.
Es John, el hijo de un barón con tierras en Waterford.
—No me importa cuál de ellos eres —digo—. Criminal o barón. Son todos iguales. Asesinos y ladrones, todos ustedes.
Ahora soy yo quien sonríe.
Anticipo que su rostro se pondrá rojo de furia, pero solo se frota la frente y de repente veo en él al niño, un chico intentando convencer a su padre de su mente rápida y de su fuerza, acordes a su título.
—Quieres saber por qué estoy vestido como un monje —dice.
—La verdad es que no —digo—. Ahora muévete, así puedo entrar al jardín y no tengo que seguir mirándote.
Se ilumina. Sus dientes están inusualmente limpios.
—¿Nunca quisiste saber cómo es ser ordinario, invisible?
—No, y seguramente nunca lo haré.
Doy un paso al frente para obligarlo a retroceder o a moverse hacia un lado, pero no hace ninguna de las dos cosas y entonces estamos los dos de pie, cara a cara, dentro del estrecho umbral. Apoya su mano sobre la pared justo por encima de mi cabeza. Su aliento es tibio y huele a cerveza y a clavo, y estoy casi tentada de tomar su mano, correr ya mismo hacia la iglesia y nunca más volver junto a mi padre. Pero no me muevo. Es él quien rebusca dentro de su túnica y saca una torta negra y pequeña. Antes de que pueda negarme, la pone en mi mano.
—Muerde —dice, y lo hago.
Es arenosa y dulce y empalagosa. Sus labios se suavizan en una sonrisa, la boca casi vulnerable, y pienso que podría poner la punta de mi cuchillo contra sus costillas y me dejaría deslizarlo por entre sus huesos.
—Algún día —dice, apartándose del umbral—, Alice Kyteler.
No puedo evitarlo. Lo observo mientras se arrodilla sobre los tablones, la mano perdida en la pila de piel muerta. Lo observo sacar un gatito del color de las llamas, que está maullando. Lo observo mientras da grandes zancadas hacia el río, silbando, sosteniendo al gatito contra el pecho con una mano.
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