
Claire Bretécher, la precursora
Ediciones del Zorzal publicó el álbum Los frustrados, obra de la historietista francesa que, en los años 70, irrumpió con una mirada tan femenina como irreverente; aquí, el prólogo de la autora argentina Isol
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En estos días, leí sobre la artista francesa Suzanne Valadon que, en la Francia de finales del siglo XIX, pasó del lugar casi obligado de modelo (posó para Lautrec y Cézanne, por ejemplo) al sitio de pintora, convirtiéndose finalmente en la primera mujer admitida en la Société Nationale des Beaux-Arts. Lo extraordinario en la obra de esta pintora, además de su línea y su paleta brillante, era que “sus desnudos no favorecían ni idealizaban. Eran sin complejos físicos, con los pies en la tierra y llenos de vida. Pintó a las mujeres con la honestidad que suele reservarse para los hombres. Invirtió la mirada. Los cuerpos que retrató no eran objetos de deseo; eran personas con una vida interior, con peso y presencia”. También pintó hombres desnudos, a los que le obligaron a taparles los genitales para exhibir los cuadros. Ella no tenía una mirada basada en ideas, ella pintaba personas. Al leer esto, pensé en Claire Bretécher, en la Francia de los años sesenta y setenta. Ella misma, una mujer que sus colegas hombres calificaban como hermosa, se desentiende del papel de musa de otros para mirar, enunciar, jugar y pensar a la par de los hombres, sin renunciar a su mirada y conocimiento del mundo femenino, que es el mundo de todos, por supuesto, tanto como el de los hombres.

Conocí las historietas de Bretécher en mi adolescencia temprana, a través de la revista Humor®, cuando lograba que mis padres me la prestaran. Me atraía mucho, era una mirada ácida y divertida creada por una mujer dibujante. Su gracia provenía de sus textos de un cotidiano reconocible y también de la expresión de los cuerpos que los emitían, de los ojos azorados o agotados de los personajes, que no variaban demasiado en su apariencia física en las diferentes situaciones, con un tono minimalista que potenciaba el chiste. En la época en que la leí, las mujeres que aparecían en las historietas eran o unas diosas tetonas o unas gordas viejas, definidas por la mirada de los hombres que dibujaban y de los personajes principales, hombres a los que les pasaban las cosas. Las mujeres eran definidas por su apariencia e influencia en la vida de los hombres, y esa era la mirada que me acostumbré a compartir.
Ella misma, una mujer que sus colegas hombres calificaban como hermosa, se desentiende del papel de musa de otros para mirar, enunciar, jugar y pensar a la par de los hombres, sin renunciar a su mirada y conocimiento del mundo femenino, que es el mundo de todos, por supuesto, tanto como el de los hombres
Claire trajo otro tipo de mujer a mi imaginario narrativo, una más parecida a las que yo conocía en mi ciudad. Una mina que hablaba, más que otra cosa, con amigos o parejas. En sus tiras, Bretécher mostraba qué pensaban esos personajes, sus charlas, sus devaneos, sus contradicciones, quiénes eran. Por momentos, la conversación intentaba ser elevada; por momentos se volvía ridícula sin quererlo, confrontativa, superada. Eso me resonaba; mis padres también eran del tipo intelectual, amantes de las artes, con amigos parecidos a los de esas historias, estudiantes de filosofía que escuchaban King Crimson y leían a Heidegger. Obviamente, no eran taaaan intelectuales y franceses como Los frustrados, pero ese era el modelo cool de la época y el mundillo al que su círculo se adscribía.

Las mujeres argentinas de mi entorno, sin embargo, no eran tan liberadas como las de Claire; ella estaba un paso más allá en la manera de mostrar la paridad de géneros, como algo bien natural. Pareciera que para Bretécher los humanos son todos parecidos pero lo que los define es su acción y pensamiento, lo cual es, por otro lado, bastante cierto. Por ejemplo, las caras de hombres y mujeres en Bretécher son casi iguales. Si no fuera por un par de líneas curvas en el pecho y el pelo largo, hombres y mujeres lucen similares en vestimenta, cuerpo y actitud. Aunque sus situaciones o roles en la sociedad sigan teniendo diferencias en cuanto a los hijos, la exigencia estética y las ideas del amor, esos roles no tienen por qué ser estancos y se ponen en cuestión. De todas formas, Claire decía comprender a las mujeres mucho mejor que a los hombres y que el feminismo era lo único que le interesaba (¡en 1975!). Lo que importa es qué piensan y sienten esos personajes; ahí está lo que le da gracia a Claire y lo que nos comparte. Dibuja mujeres grandotas. Mujeres que son como son, que llevan su cuerpo bien puesto. Mujeres igual de grandes y pesadas que sus compañeros hombres. ¡Son personas! Y piensan y conversan y son complejas y patéticas y graciosas esas personas.
En 1979, Roland Barthes dijo que era “la mejor socióloga del año”. Es que Bretécher analiza con sutileza y humor maneras de estructurar el pensamiento y formas de sentir bajo los dobleces de esas opiniones a veces tramposas en las que nos movemos
Con esa fuerza y seguridad acerca de su valía como autora, Claire se impuso en el mundo de la historieta, abrumadoramente masculino, con su mirada sin idealizaciones sobre sus contemporáneos, delatando miserias y rollos de un grupo de intelectuales de izquierda, que eran lo que ella más conocía. A mí me encanta oírlos conversar. Es como espiarlos en los años sesenta y setenta. ¡Era la época de Sartre, De Beauvoir, Foucault, Lacan! ¡Cuando las películas de Bergman se estrenaban antes en Argentina que en Europa!
Ser testigo de ese tipo de conversación cara a cara, con ciertos valores en común, que ahora en este tiempo de derechas y depreciación de la cultura se desdibuja, es delicioso, reconfortante y divertido.

En 1979, Roland Barthes dijo que era “la mejor socióloga del año”. Es que Bretécher analiza con sutileza y humor maneras de estructurar el pensamiento y formas de sentir bajo los dobleces de esas opiniones a veces tramposas en las que nos movemos (algo que Quino hacía también en su obra y es una capacidad del humor inteligente). Los frustrados de Bretécher tiene reflejos en muchos de nosotros, y por eso esta obra es tan genial. Y lo extraordinario, a partir de su llegada, fue verlo desde la perspectiva de una autora mujer, que nos amplía la mirada para reconocernos en la suya. Una sin solemnidad y cómplice de un lector agudo.

Esa mirada femenina abrió camino en nuestro país e inspiró a grandes creadoras como Maitena, Ale Lunik y las nuevas historietistas, como María Luque, Sole Otero, Jazmín Varela, entre otras, cada una con su mirada y estilo, que desde la experiencia de ser mujeres en este planeta crean, sienten y cuentan. ¡Qué fortuna para los lectores y las lectoras de hoy tener estos panoramas!
Será que la tarde está lluviosa y el cielo está encapotado, como en París, pero de pronto tengo ganas de ponerme un pulóver ancho y unos pantalones sueltos, agarrar este libro y hundirme en el sillón para conversar con Claire Bretécher, sobre la vida, la cultura, la filosofía y la celulitis, en una de esas charlas íntimas y cómplices que dan mucha risa. El sillón es grande: están todos invitados.
Los frustrados
Claire Bretécher
Ediciones del Zorzal
128 páginas
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