Cruces entre vida, muerte y maternidad
En su último libro Violeta Gorodischer se anima a indagar, desde la ficción y sin eludir la ternura, en el difícil territorio del duelo
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Sí, es cierto: Cruces es su nueva novela. La historia de Laura, una médica de hospital público que hace cuidados paliativos. Ni bien comienza el libro, despide a Juanchi, un nene de ocho años que, internado, habla con ella sobre la muerte. Pero también es cierto que este no es el primer libro con el que Violeta Gorodischer aborda el tema. Desmadres – uno anterior–, tiene la no ficción como ADN de género. Surgió a partir de una experiencia de la autora, la pérdida de un embarazo. Por este trabajo publicado en 2022, fue finalista del Premio Estímulo a la Escritura Todos los tiempos el tiempo. Con la maternidad como núcleo, partió de lo real para poner sobre la mesa los mandatos, el deseo, lo que gira en torno a cómo cada quien llega a ese lugar. Es una temática que pone en primer plano las dos puntas de cualquier existencia: la vida y la muerte. Es decir, que hay un libro que gestó al otro. En Cruces, publicado por el Fondo de Cultura Económica, la historia comienza con una escena de narrativa realista, pero aparecen variaciones hacia el fantástico. Hay una exploración sobre los límites de los géneros literarios, y lleva a pensar lo natural y lo sobrenatural. Como esto que dice Gorodischer sobre lo que le pasa a la gente con sus muertos: “En muchos relatos que fui encontrando, el denominador común es que todas las personas alguna vez se encuentran con algún muerto en sus sueños. Siempre. Es inevitable que suceda”. La médica, que es la protagonista, perdió un embarazo. Y suceden cosas con esa ausencia. Con el hijo no nacido.
“Para mí la literatura es el terreno del vale todo”
Esos pasajes entre lo real y lo inventado le son muy propios a Violeta Gorodischer. Para esta mujer de los ochenta (nació en Buenos Aires, en 1981) que es licenciada en Letras, la vida académica era su horizonte número uno. “Estaba segura de que iba a hacer carrera académica. Mi libreta universitaria es impecable. Una vez en un teórico [Beatriz] Sarlo nos dijo que si queríamos hacer carrera académica no había que bajar de 9”. A la par de la educación formal, empezó el taller de escritura de Guillermo Saccomanno. “Ahí escribí mi primera novela, Los años que vive un gato. Se publicó en 2011. Se agotó, desapareció, la publicó una editorial chica, Tamarisco”. Pero tampoco ese libro quedó solo ahí. Fue reeditado por El cuaderno azul: “Ya va por su tercera edición”, destaca. En 2008 empezó a trabajar en medios, y no paró.
-En el primer capítulo de Cruces se narran, en diálogos con su doctora, los últimos minutos de vida de un niño. En todo el libro, la muerte. ¿Cómo surgió esta historia, el tema?
–Antes de esto, escribí Desmadres. Iba a ser una novela, pero en el camino me di cuenta de que había tanta información y, a la vez, tanta desinformación, que le di forma de libro periodístico, aunque en realidad es un híbrido genérico. Todos los capítulos comienzan con una experiencia personal. Con un tono narrativo muy fuerte, de crónica íntima, esa experiencia se abre hacia los relatos de otras mujeres, testimonios de antropólogas, sociólogas, para darle una legitimidad periodística. Cuando hablaban conmigo, decían que hay que sacar la maternidad del “closet académico” y ponerla como un hecho social, colectivo. Mi idea era facilitar esta información para que las mujeres puedan estar advertidas de cuestiones como la culpa, los mandatos, los abusos de poder. ¿Qué pasa en los hospitales? O con los cuidados. Un montón de cuestiones relegadas al ámbito doméstico pero que son de incumbencia pública y, al no saberlo, al no tener información, terminamos padeciéndolas en soledad.

-¿Ya eras mamá cuando escribiste Desmadres?
–Sí. Y también había atravesado una pérdida gestacional: muchos relatos cruzados. Lo interesante es que hablando con las investigadoras, encontré algo que me llamó la atención. Había muchas doulas, mujeres que acompañaban a otras mujeres en la gestación y el parto, que trabajaban tanto en los acompañamientos de los nacimientos como en los acompañamientos de las muertes. Hablaban de eso con mucha naturalidad, como si fuera una suerte de continuidad entre la vida y la muerte, procesos muy parecidos. Y entonces empecé a ver que hay no solo una similitud en los procesos de nacer y morir, sino que también hay una similitud en cómo se posiciona el sistema médico ante esos dos acontecimientos.
-Con respecto a la novela, Cruces, ¿podríamos decir que tiene su origen en todo lo que no formó parte del otro libro?
-Un poco sí. De alguna manera, llevé estos conceptos que mencionaba a este nuevo libro, trazando una suerte de circularidad entre la vida y la muerte. La protagonista es una médica que tiene la capacidad de hacer estos cruces metafóricos de los pacientes y otras personas al territorio de la muerte. Es una metáfora. ¿Y por qué empieza con un chico? No tengo una respuesta clara. Creo que tiene que ver con que es una médica que trabaja en cuidados paliativos, con lo frágil. Y el desafío fue que a este chico no lo ves morir. En el libro, la muerte del chico no se narra: no se lo ve morir ni hay una agonía. Implica un corrimiento de la expectativa que tenés como lector, que el registro cambia y este libro juega con el límite del realismo. Pasa rápidamente el umbral e ingresa en lo fantástico: lo que hace esta médica es llevar al chico al río, en un viaje metafórico, acompañándolo a morir.
“Fue un ‘vamos a fondo’: a los sueños, a lo siniestro, a la mujer que habla con los muertos. Esas oscuridades que se subliman artísticamente, algo que solo la literatura te da la oportunidad de hacer”
–Esto de lo fantástico, y lo que le pasa a Laura, tienen su raíz en cosas de su infancia. ¿Cómo lo trabajaste?
–Esa escena estaba más adelante y fue un trabajo con una de las editoras, llevarla hacia el inicio. El relato tiene un flashback y va a la infancia de la médica, y el momento en que adquiere este conocimiento familiar de cómo entablar una conexión entre los dos mundos, el de los vivos y el de los muertos. No sé si es provocador, no era la idea para nada. La literatura, muchas veces, te puede llevar a lugares más oscuros.
–¿En qué sentido oscuros?
–¿Qué es lo peor que podés imaginar? ¿Y qué herramientas te da la literatura para meterte con eso? Todas las limitaciones que yo tenía en Desmadres de: “esto no lo voy a contar, esto puede ser muy fuerte”, acá no estaban. Porque para mí la literatura es el terreno del vale todo. Lo que te diferencia como autor es cómo hacés valer todo en tu experiencia y en lo que querés contar. Me pareció que había algo como de cierta ternura, de cierto vínculo. Hablé con una chica que trabaja en paliativos pediátricos del Gutiérrez. Me impactó la desdramatización con la que me hablaba, una chica 10 años menor que yo, del proceso. Algunas cosas que yo tomé en el diálogo me las contó ella. Como la naturalidad con la que los chicos fantasean sobre lo que es la muerte, sabiendo que se van a morir. Estos diálogos de “me voy a morir, y vos qué pensás, y qué va pasar”. Hay que dejarlos hablar, porque quizá delante de los padres no se animan a hablar de estas cosas. Para mí, era una oportunidad como escritora de a ver adónde me podía llevar eso. Y hacerlo en una novela que no me resultara angustiante de escribir. No es que me maté de risa todo el proceso, pero había algo que me dejó satisfecha después de hacerlo. Quería explorar este territorio, ver cómo armarlo. Qué imagina esta novela que sucede en ese momento.

El trabajo de campo que hizo con el libro de no ficción incluyó investigación bibliográfica que luego llegó a su novela. Morir en Occidente, de Philippe Ariès , A la salud de los muertos, de Vinciane Despret. Y un tercero, Vivir con nuestros muertos, de la rabina francesa liberal Delphine Horvilleur, sobre el que Gorodischer destaca: “Ella habla en los funerales, y dice que los muertos son como los generadores de los relatos que nos sostienen, máquinas de generar historias, y hay que tenerlos presentes. Eso cambia la concepción del duelo. Esa persona sigue presente y vos le tenés que dar un rol activo a ese muerto en tu vida, durante toda tu vida, para que no desaparezca”. Resignificar el duelo. En cada sociedad sucede de manera distinta. “Puede ser a través de objetos –señala–, donde vos entablás como un diálogo mudo con ese objeto que perteneció o representa a alguien. Hay sociedades donde sueñan con muertos y cuando se despiertan anotan lo soñado, eso un poco me inspiró”. Ese ir y venir entre la vida real y la ficción.
–En la novela tocás el tema de los no nacidos, ¿qué pasa con la forma de duelarlos?
–Es un duelo no legitimado socialmente; para mí son respetables todas las formas de vivirlo y de sentirlo. Hay mujeres que no lo viven como la pérdida de un hijo y es absolutamente respetable. Pero para las que sí, o incluso el duelo de lo que no fue, es difícil. La sociedad te construye como madre a partir del momento en que contás que estás embarazada y la sociedad misma no sabe en qué lugar ponerte después. Se apuran tanto en ubicarte en el rol de madre, que tu mente empieza a funcionar de esa manera, a ponerle una identidad a ese feto; algunos ya tienen hasta Instagram. Entonces, ese ser que está en formación gana una identidad social mucho antes de nacer. Si en el camino se pierde, ¿qué pasa con todo eso? La misma sociedad que le pone nombre, que está encima, después desaparece y te deja sola en un silencio atroz con ese duelo. Ahí es difícil y por eso se me ocurrió darle esta posibilidad al personaje de hacer el duelo de esta manera. Como yo también atravesé una pérdida gestacional, sé muy bien de qué hablo, más allá de haber hablado con otras mujeres y ver que los patrones se repetían. No quería que fuera un libro autorreferencial, por eso todo eso lo transformé y lo llevé al terreno de la literatura. Fue un “vamos a fondo”: a los sueños, a lo siniestro, a la mujer que habla con los muertos. Esas oscuridades que se subliman artísticamente, algo que solo la literatura te da la oportunidad de hacer.
–Sos editora. Coordinás talleres de lectura. Escribís. Mamá de una niña pequeña. ¿Cómo le hacés lugar a la escritura?
–Hay algo que nos atraviesa a todos los que trabajamos en cultura y a la vez me gusta mucho. A veces fantaseo con cómo sería la vida si tuviera 8 horas por día para escribir solo literatura. No sé si sería distinto o mejor. Como yo trabajo desde muy chica en medios, y desde muy chica escribo ficción, estoy ligada a este universo. Me acostumbré a que la escritura es así. Soy claramente más de la rama Arlt que de la rama Borges. Una obrera de la pluma [risas]. También la literatura es una gran vía de escape para un montón de cuestiones. El día a día es un poco abrumador, el trabajo periodístico se vuelve intenso. Todo está cambiando muy rápido en el medio, es mi medio de subsistencia, mi oficio, es algo en lo que trabajo hace mucho tiempo, pero hay que aggionarse. Cubrir muchos frentes.
–El famoso oficio.
–Claro. Trabajo editando textos ajenos: estoy todo el tiempo en contacto con el lenguaje. Eso me dio cierta práctica que aplico cuando escribo ficción. No tener miedo a cortar, a tirar. Esta novela ha tenido mucha reescritura. Escribo cuando puedo. En los ratos de espera en esta época del período vital de mi hija que tiene 7 años, la llevo a patín o al conservatorio de música y voy con la computadora a un bar y escribo, trabajo ideas. No tengo las rutinas de los escritores, en este momento por imposibilidad. Tal vez en algún momento. No soy el tipo de escritora que cuenta las horas para entregar el libro. Hay algo en este sumergirte, dejar reposar, volver. No me ganó la idea de que el libro tenga 280 páginas, por ejemplo: tiré todo lo que tiré y quedó en 150, que es lo que esta historia pedía. En definitiva, toda mi vida gira en torno a la escritura y sus distintas versiones. Pero bueno, la literatura tiene mi corazoncito.
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