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Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total.


