Daniel Rearte, el ingeniero agrónomo y ultramaratonista argentino que corre por el mundo
Aunque visitó más de 90 países, a los 76 años prefiere que lo reconozcan como un simple viajero ávido; cruzó desiertos, trotó en el hielo y su curiosidad hasta lo llevó a un particular encuentro juvenil con Perón
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“Soy un hombre ordinario que, a veces, hace cosas extraordinarias. ¿Cómo me defino? Una persona común que ama la vida”. Daniel Rearte suelta la frase con la calma de quien aprendió a medir el aire en las alturas del Himalaya y a caminar sin estridencias por sus propios desafíos. Rosarino de pura cepa y fanático de Newell’s Old Boys, su vida hoy transcurre en Mar del Plata, donde cursa el profesorado de Historia en la Universidad Nacional de Mar del Plata y se aleja de cualquier lógica sedentaria.
Ingeniero Agrónomo (UNR), Ph.D. en Pensilvania, fue referente del INTA durante cuatro décadas y construyó una trayectoria que lo llevó de laboratorios en Francia a consultorías en Kazajistán, Rusia, Argelia y otros países de América Latina.
Sin embargo, su verdadera brújula son los mapas que ha desandado mochileando, viajando con la gente del lugar: es el mismo hombre que allá por 1973 tocó el bandoneón en el metro de París para costearse un viaje de quince meses por África y Asia, y el que años más tarde llevaría a sus hijos a explorar la profundidad del Amazonas o la inmensidad del Sahara. Su perfil como ultramaratonista incluye hitos de supervivencia extrema, como los -53 °C del Polo Norte, el “nirvana” alcanzado en el valle del Khumbu o el rescate que sufrió en la selva brasileña tras una hipertermia severa.
Hoy, con 76 años y más de 90 países visitados, Daniel no corre contra un cronómetro, sino que disfruta de cada paso firme que da. Su actual desafío: hacer corriendo la Ruta 40 (desde Cabo Vírgenes hasta La Quiaca) sin asistencia y en solitario, con una mochila mínima, transformando cada kilómetro en un trabajo de campo donde los libros de historia se validen con el testimonio de la gente.


—¿En qué momento un hombre formado en la ciencia y técnica decide que su vocación está en el esfuerzo físico extremo y en la soledad de los desiertos?
—Siempre tuve ese espíritu viajero. A principios de los 70, antes de ser profesional, me calcé la mochila y recorrí Sudamérica con equipos que conseguíamos en las remontas del Ejército. Pero el viaje que me marcó fue al terminar la facultad, en 1973. Me fui a Europa con el bandoneón bajo el brazo para ganarme la vida tocando en el metro de París y en el Barrio Latino. Ese fuelle me permitió juntar fondos para cruzar al norte de África y luego internarme en Asia. Viajé como lo hace la gente del lugar, en ómnibus, tren, en camiones o a dedo, hasta llegar a Katmandú. Allí entendí que el mundo es uno solo y que las diferencias culturales son simples adaptaciones al ambiente. La ultramaratón vino después, como una herramienta para seguir explorando ese genoma humano único, pero desde el conocimiento, la gestión del esfuerzo y la atención plena.
Rearte no es un turista: es un viajero marcopoliano que cree que el conocimiento se adquiere a través del estudio y también por los poros. En ese recorrido vital, su biografía está poblada de encuentros, como cuando convivió con los massai, tribu pastoril seminómada del África oriental, al pie del Kilimanjaro, donde descubrió que la hospitalidad es el lenguaje universal del que no tiene nada.
Pero no todos esos aprendizajes llegaron desde la calma. Algunos quedaron grabados a fuego. “No puedo olvidar —recuerda— lo que me pasó en 1974, en África, durante ese gran viaje que me cambió la forma de mirar el mundo. Viajaba en tren desde Beira, ciudad portuaria del centro de Mozambique, hacia la actual Maputo, cuando el convoy fue emboscado en plena marcha; empezaron los disparos y me tiré al piso del vagón para salvar el pellejo". Era el contexto del conflicto armado del Frente de Liberación de Mozambique (Frelimo) contra el dominio colonial portugués, una situación límite, de esas que no se borran jamás, que le enseñó que viajar no es pasar por los lugares ni acumular paisajes, sino meterse en la historia real, con sus conflictos, sus heridas y sus riesgos.
—¿Cómo hacía un joven de Rosario recién recibido para recorrer el mundo?
—Fue una combinación de audacia y música. En 1973, con el título de ingeniero agrónomo recién estrenado, sentí que antes de buscar trabajo debía conocer el planeta donde estaba viviendo. Así que cargué la mochila y el bandoneón para ganarme la moneda en el camino; el “fuelle” rindió muy bien en el Barrio Latino y en el metro de París, y gracias a eso junté los fondos para seguir hacia África y Asia. Fueron quince meses intensos que me marcaron a fuego. Un viaje bisagra que me enseñó que el mundo es uno solo y que todos cabemos en él.
Esa misma concepción del viaje, basada en curiosidad, resistencia y adaptación, se proyecta años después en sus desafíos deportivos más extremos, donde cada carrera se convierte en una prueba de supervivencia y de atención plena.
—Competiste en la Marathon des Sables, en el Sahara, y en la Everest Trail Race, en el Himalaya. ¿Qué tiene el desierto que lo vuelve, según vos, el lugar “menos inhóspito” del planeta?
—En el desierto la hospitalidad abunda. He compartido té verde con beduinos en el Wadi Rum en Jordania, o con tuaregs en Mauritania que, sin saber quién soy, me recibieron en su jaima, tienda de campaña tradicional del desierto. En el Sahara mauritano, atravesando ciudades milenarias como Chinguetti, comprendí que el silencio es un espacio de encuentro. El desierto parece vacío pero está lleno de vida si te detenés a mirar: una flor en un espinillo perdido, un escarabajo que sale de la arena o un chico que aparece de la nada pidiendo un “caramel”. Allí la gente te ofrece todo antes de preguntarte el nombre.

—En tu libro Correr en el extremo relatás la maratón del Polo Norte, a –53 °C. ¿Cómo se mantiene la cordura en un lugar donde hasta el aliento se congela?
—El Polo Norte es el punto sin horario, donde cada paso es hacia el sur. Corrés en un circuito alrededor del Camp Barneo y la regla es no detenerse: a esa temperatura todo se petrifica. No podés comer ni beber porque el agua se convierte en hielo al instante; solo cuando pasás por la carpa climatizada, en un circuito repetido de 13 km, podés hidratarte y alimentarte. Es un ejercicio de introspección absoluta. Pero el frío también enseña límites. En Siberia, conviviendo con los nenets, pueblo nómade del Ártico ruso, a –40 °C, mi cuerpo empezó a metabolizar masa muscular para generar calor y tuve que retirarme. Saber volver sano es, sin duda, el mayor éxito.
—En tus travesías extremas, ¿hubo algún momento en el que sentiste que la vida dejaba de depender de vos mismo?
—Sí. Me pasó en 2017, en el Monte McKinley, en Alaska. El piso cedió y caí en una grieta profunda, oculta por el hielo. Quedé suspendido en el vacío y la caída se frenó solo por la cuerda que me unía a mi compañero, Pablo. Ahí entendés que, por más que hagas todo bien para reducir el riesgo, en la montaña nadie sobrevive solo. La verdadera fortaleza no está únicamente en las piernas, sino en la confianza absoluta en quien sostiene el otro extremo de la cuerda.
Viajar para aprender
—Implementaste una tradición singular con tus cuatro hijos: los “viajes de iniciación” al terminar la primaria. ¿Por qué llevar a un chico al Amazonas o al Sahara y no a un parque de diversiones?
—Porque quería que aprendieran a ser viajeros, no turistas. Buscaba que conocieran lugares naturales ricos en historia, fuera del circuito comercial, para integrarse y ver a la gente como parte del mismo mundo, no como extraños. Con Analía descendimos el río Amazonas desde Iquitos, en Perú, hasta su desembocadura en el Atlántico, con sus ríos y comunidades remotas, y años más tarde cruzamos el Sahara argelino hasta Tamanrasset, en la frontera con Níger; con Cecilia remontamos afluentes del Amazonas en Sudamérica; con Mimí exploramos la región de Madre de Dios, en el Amazonas peruano; y con Ramiro escalamos el Kilimanjaro en Tanzania, la cumbre más alta de África. Quería que entendieran que el mundo es uno solo y que las diferencias son solo adaptaciones al ambiente.
—En tu bitácora aparece Somalilandia, “el país que no existe”. ¿Cómo se gestiona la hospitalidad en un territorio que exige un custodio armado?
—Es una paradoja maravillosa. Tiene bandera, moneda y gobierno, pero ningún país lo reconoce. Se autoproclamó independiente de Somalía en 1991. Para salir de Hargeisa, su capital, te asignan un soldado con su Kalashnikov como custodia personal. Y, aun así, es uno de los lugares más hospitalarios que conocí. Es pobre, pero sin mendigos. El visitante sigue siendo un par, no un cliente.
Rearte también colecciona cicatrices. En el monte Elbrus, el pico más alto de Europa, se rompió los ligamentos de la rodilla al final del descenso. Fueron cuatro meses de recuperación antes de volver a entrenar. Lo llama el “precio oculto” de la montaña.
“Siempre tuve ese espíritu viajero. A principios de los 70, antes de ser profesional, me calcé la mochila y recorrí Sudamérica con equipos que conseguíamos en las remontas del Ejército. Pero el viaje que me marcó fue al terminar la facultad, en 1973. Me fui a Europa con el bandoneón bajo el brazo para ganarme la vida tocando en el metro de París y en el Barrio Latino”
—Sos un hombre de ciencia, pero en Correr en el extremo aparece una veta casi espiritual. ¿Qué encontraste en Bután que te hizo cuestionar nuestra métrica de éxito?
—Bután, que es un pequeño reino budista en el Himalaya, entre India y China, reemplazó el PBI por el FBI (Felicidad Bruta Interna). Su Constitución prioriza el bienestar y el cuidado del ambiente. Correr allí, dormir en monasterios y jugar al fútbol con monjes a 3700 metros te cambia la mirada. Te reciben con una consigna clara: “Vengan, miren, observen, conozcan y partan sin alterar nada”.
—Después de seis intentos de ascenso al Aconcagua sin pisar la cumbre, ¿qué le decís a quienes hablan de fracaso?
—Que no entienden el montañismo. El éxito no es la cumbre, es andar la montaña y volver sano. Cada descenso me enseñó de humildad. La montaña siempre está, somos nosotros los que pasamos.
El cuerpo como frontera
A lo largo de sus viajes, Daniel Rearte aprendió que el límite no siempre es geográfico. A veces aparece de golpe, dentro del propio cuerpo. “El momento más frágil que viví fue en el Amazonas. Ocurrió en 2017, en plena selva. La humedad era tan extrema que mi organismo dejó de evaporar el sudor. No podía enfriarme. Empecé a desorientarme hasta que colapsé”. Lo rescataron en la espesura y pasó dos días internado en un hospital público de Santarém, en el estado de Pará, Brasil, con suero, durmiendo en una camilla entre pasillos saturados. “Ese fue el Amazonas real, el de los amazónicos, el que quería conocer”, resume, lejos de cualquier postal.
En Siberia, el riesgo fue el opuesto. Convivía con los nenets a 40° bajo cero cuando entendió que el entrenamiento también puede volverse en contra. “Tenía muy poca grasa corporal y el cuerpo empezó a generar calor como pudo: consumiendo músculo”. Cada día lo dejaba más debilitado y una necesidad básica se volvía impracticable en ese frío extremo. “Ahí aprendí algo clave: retirarse también es sobrevivir”.


Mucho antes de las ultramaratones, el instinto ya había marcado su camino. En 1979, en Níger —país del oeste de África—, protagonizó una escena que hoy recuerda sin épica: medianoche, aeropuerto de Niamey vacío, una orden de deportación por no tener visa (ni en Mali, ni en Burkina Faso, países limítrofes, había embajada de Níger donde sacarla). “Cuando vi la oportunidad, salí corriendo por la pista”, relata.
Los guardias detrás, el avión esperando. Logró que retiraran la escalerilla y ganó no ser embarcado. Al día siguiente lo embarcaron rumbo a Senegal: “Fue arriesgado, sin duda, pero era lo único que tenía: correr”. Rearte no romantiza esos episodios. “El riesgo no es valentía. Es gestión”.
La Ruta 40 como escuela
Actualmente, en su nuevo desafío: hacer corriendo la Ruta 40 de Ushuaia a La Quiaca, queda claro que su motor no es la competencia, sino el manejo del esfuerzo: esa capacidad de transformar el cansancio en atención. Para este ingeniero que alguna vez tocó el bandoneón en el metro de París para financiar un viaje a Katmandú, la verdadera agronomía de la vida consiste en sembrar encuentros y cosechar historias.
—¿Qué buscás al querer hacer la Ruta 40 en toda su extensión?
—Serán cinco etapas de unos mil kilómetros, cada una para hacer en febrero-marzo antes de comenzar las clases en la facultad. Ya hice tres, y en unas semanas será la cuarta. Cuando corrés durante semanas la Ruta 40, el tiempo deja de ser enemigo y pasa a ser compañero. Me llevo lo que no entra en la mochila: historias, rostros y gestos que enseñan tanto como cualquier mapa. Cada pueblo, cada escuela rural o puesto de estancia tiene su propio pulso. Escuchar a la gente recuerda que no se trata de marcar kilómetros, sino de comprender que lo colectivo siempre debe primar sobre lo individual, rompiendo la otredad. Caminando quiero aprender a valorar lo sencillo: una charla compartida, un mate, una sonrisa que aparece de la nada. Las experiencias más profundas no se guardan en fotos ni se marcan en coordenadas: se quedan en la memoria, en la mirada y en la atención plena que uno logra cuando decide ir despacio… que el camino enseñe.
La charla con Daniel Rearte es, en sí misma, una travesía. Sus cuentos —como Felicitaciones Ingeniero— son el testimonio de un hombre que entiende que la identidad se construye con memoria y esfuerzo.
Y casi al pasar recuerda un episodio que vivió al azar. Enero de 1973, Puerta de Hierro, Madrid. Caminando, vio a Juan Domingo Perón en el jardín, lo saludó y terminaron charlando dos horas en la cocina de la Quinta 17 de Octubre. “Una cocina común, sin nada solemne: mesa familiar, el comedor ahí nomás, un canario en una jaula cerca de la puerta y Juanita, que era la única persona en la casa. Todo muy de entrecasa”, recuerda Rearte.

—¿De qué hablaron?
—De todo. Él arrancó preguntándome qué hacía, por dónde andaba —yo tenía 24 años, venía viajando por Europa— y enseguida la charla se volvió muy natural. A los pocos minutos era como hablar con alguien conocido. Yo incluso me animaba a preguntarle cosas y a discutirle desde mi propio lugar, desde lo que uno trae de su mundo —mi familia, todos ferroviarios, peronistas—. No había distancia.
—¿Por qué decís que es un episodio que condensa tu filosofía vital?
—Porque tiene eso que a mí me pasó muchas veces: ir, acercarme sin demasiadas vueltas y dejar que las cosas ocurran. Yo iba caminando, vi movimiento, me animé a saludarlo y terminé tomando un café con él. Y después, ya en la charla, esa cosa de hablar de igual a igual, sin solemnidad, con curiosidad genuina. También está lo otro, lo que aparece con el tiempo: años más tarde, comprando un libro —Conociendo a Perón, de Abal Medina— me encuentro con la cronología de esos días y termino de entender el momento en que había ocurrido todo. Ese cruce, medio inesperado, fue como un regalo. Esa mezcla de impulso, apertura y cierta confianza en lo que aparece creo que lo define bastante bien.
“Ese primer viaje largo por Europa, Asia y África fue un viaje bisagra en mi vida. El mundo se abrió a mis pies y a mi mente —dice—. Era el viajero puro, marcopoliano, descubriendo historias que no se borran y dejan huella. Vivir a pleno no es ir rápido, sino aprovechar el tiempo, que siempre es limitado”.
Para Rearte, el esfuerzo físico es apenas una lente: una forma de mirar el mundo con mayor atención. Al final de cada camino, su certeza permanece intacta: el mundo es uno solo y cabemos todos.
—No podemos obviar tu pasión por Newell’s. Incluso escribiste el cuento Felicitaciones Ingeniero, leído por Alejandro Apo. ¿Qué sentiste al escuchar tu propia nostalgia futbolera en la radio?
—Un orgullo enorme. Ese cuento es un pedazo de mi identidad rosarina. Newell’s Old Boys siempre estuvo presente en mi vida, y en mi camino por el mundo esa pasión se vuelve puente: en la travesía por la Ruta 40 visito escuelas rurales para generar vínculos con el club y gestionar apoyo material. La travesía debe dejar algo más que huellas. Cada paso, cada charla con un maestro, un alumno o un vecino es un recordatorio de que lo que hacemos trasciende el deporte o la carrera. Al final, el viaje se mide en encuentros, en historias compartidas y en cómo aprendemos a valorar lo simple y lo colectivo. Esa es la manera de dejar algo real, de devolver al mundo un poco de lo que nos da.
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