La ira es mucho más que una emoción
No dejarse dominar por la rabia es, hoy, un imperativo ético; lo opuesto es abrazarse al odio, y quien así lo hace nunca odiará lo suficiente (y así lo proclamará, como se escucha en estos días)
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Vivimos tiempos rabiosos, de insultos a flor de labios, de violencia simbólica y física, de palabras que se usan como dardos venenosos y se distribuyen como virus a través de las mal llamadas redes sociales, que lejos de socializar aíslan, enfrentan, encapsulan, son refugio de tribus de iguales que odian a los diferentes. La ira es más que una emoción. Como tal sería normal, puesto que las emociones lo son, y no las hay negativas en sí. Lo negativo de una emoción suele ser el modo en que se la gestiona. Pero la ira es también, y especialmente hoy, una cuestión moral.
Ninguna venganza restaura lo herido, sólo crea nuevas heridas que, a su vez, buscarán desquite, creando así una espiral que desemboca en el odio
Así lo plantea, con su habitual lucidez y sensibilidad, la filósofa estadounidense Martha Nussbaum, una pensadora humanista cuyos puntos de preocupación y reflexión van desde la política a los derechos de los animales, desde la educación a las emociones, desde el derecho a la equidad social. Autora de una treintena de libros, en uno de ellos, De la ira y el perdón, Nussbaum dice: “Somos propensos a la ira en la medida en que nos sentimos inseguros o sin control en relación con el aspecto de nuestras metas que se han atacado y en la medida en que esperamos o deseamos tener control. La ira busca restaurar el control perdido y, por lo regular, logra al menos generar la ilusión de que así fue”. Esta emoción tiene dos caras, muestra Nussbaum. Una mira hacia atrás, haca lo que la motivó, y otra hacia adelante, hacia la venganza, la represalia.
Mientras la ira es una emoción desatada por un solo acto y enfocada en él, el odio trasciende una circunstancia específica y se extiende como un manto oscuro que no reconoce límites ni reparación
Pero ninguna venganza restaura lo herido, sólo crea nuevas heridas que, a su vez, buscarán desquite, creando así una espiral que desemboca en el odio.
Y mientras la ira es una emoción desatada por un solo acto y enfocada en él, el odio trasciende una circunstancia específica y se extiende como un manto oscuro que no reconoce límites ni reparación. Quien se abraza al odio nunca odia lo suficiente (y así lo proclama, como se escucha en estos días).

El odio es global, afirma Nissbaum, y en tanto la ira puede ceder y desaparecer ante una acción reparatoria, el odio no admite ni reconoce reparación. Es ciego y se alimenta de sí mismo. “Las personas que desean socavar a los otros suelen desear que esto dure”, indica la filósofa, autora también de La fragilidad del bien, Las fronteras de la justicia, El cultivo de la humanidad, Justicia para los animales y Envejecer con sentido entre otras obras muy recomendables.
Ni la ira ni el odio, cada uno con sus características, pueden hacer que el tiempo retroceda y que aquello que los disparó desaparezca, como si no hubiera existido u ocurrido. “Encarnan una idea de venganza o de retribución que es primitiva, y que no tiene sentido más allá del pensamiento mágico o del error narcisista “, considera Nissbaum. Agrega que “la ira pública contiene no solo protesta por errores -una reacción que es saludable para la democracia cuando la protesta está bien fundada-, sino también un ardiente deseo de venganza, como si el sufrimiento de otras personas pudiera resolver los problemas del grupo o de la nación”.
Allí es donde la ira se convierte en cuestión moral, porque aparece en ella la voluntad explícita de dañar a otro u otros. Y si la voluntad de mal es siempre un tema moral, ya que los humanos somos las únicas criaturas que tenemos consciencia del bien y del mal y así construimos nuestros valores y guías éticas, cuando esa voluntad se hace pública y es impulsada desde sectores de poder, excede el campo de las emociones.
Nussbaum cree que una actitud posible cuando surge la ira es la transición. En lugar de buscar represalia pensar cómo se pueden mejorar las cosas para que el disparador de la emoción no se repita. Esto exige un grado de consciencia que muchos iracundos (independientemente de sus funciones, poder, cargos o títulos) no tienen. No hay ira “justa”, aclara la filósofa. Quienes la justifican así sólo actuarán injustamente. En tiempos rabiosos, se impone la templanza, ante todo.
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