El mito no se recrea, apenas se roza
“American Love Story”, la serie sobre el romance trágico entre John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette, enciende pasiones en torno a una estirpe marcada por el sex appeal, el poder y la tragedia
4 minutos de lectura'


NUEVA YORK.— Días atrás, comprando sandwichitos a las apuradas frente al mostrador de una pastelería italiana del Upper East Side, esta cronista tropezó y estuvo a punto de pisar, con sus pesadas botas de nieve, a John Bouvier Kennedy Schlossberg —Jack Schlossberg, como se lo conoce en redes al joven de 33 años que va por la ciudad recitando poesía en patineta y ha dejado entrever ambiciones políticas en Nueva York.
No está claro si fue un simple traspié o el impacto de, al levantar la vista de los especiales de mortadela y salame cortado finito, encontrarse con varias generaciones de sex appeal condensadas en una sola figura. Schlossberg es el único nieto de JFK, sobrino de John F. Kennedy Jr., y el carisma que irradiaba al preguntar por el especial del día tenía algo eléctrico (a las chicas que atendían —comprensiblemente— debió repetirles la consulta más de una vez).
Hay en el contacto personal una cualidad inasible, algo que ninguna recreación termina de capturar
Queda claro, una vez más, que los Kennedy son una familia particularmente difícil de trasladar a la pantalla. Hay en el contacto personal una cualidad inasible, algo que ninguna recreación termina de capturar. Pero nadie se da por vencido. La última iteración es Love Story: John Kennedy Jr. y Carolyn Bessette , la serie sobre el romance trágico entre John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette, hoy al aire en la televisión norteamericana y convertida en fenómeno. Conseguir al protagonista masculino —contenido, levemente vulnerable, con esa mezcla de privilegio y timidez que el personaje exige— fue, según explicó la productora ejecutiva Nina Jacobson a Town & Country, “increíblemente difícil”.
“Ese tipo de galán casi ya no existe”, admitió. Finalmente se decidieron por un actor prácticamente desconocido, Paul Anthony Kelly, y, en una industria propensa a reciclar siempre los mismos rostros, el revuelo fue, en sí mismo, un síntoma saludable.
Sin embargo, los verdaderos protagonistas de la serie no son él ni la tragedia anunciada. Son el guardarropa y el pelo de Carolyn Bessette-Kennedy. Y ahí empezó el problema.

Con el primer adelanto de Love Story: John Kennedy Jr. y Carolyn Bessette, que circuló meses atrás, hubo un escándalo respecto al pelo de Carolyn. El rubio era demasiado cálido. Demasiado dorado. No era el rubio frío, casi ceniza, que había convertido a Bessette en una silueta reconocible a distancia.Las redes hicieron lo suyo: ampliaciones quirúrgicas, fotos de archivo, diagnósticos cromáticos. The Guardian habló de “un asesinato estilístico”. Vogue rastreó y sacó de su jubilación al colorista original de Bessette, quien declaró horrorizado que el tono usado era “demasiado 2024”.
La producción reaccionó. Veinte especialistas en el estilo de Bessette-Kennedy fueron convocados como consultores y, a partir de entonces, la obsesión por replicar la imagen de Carolyn con exactitud —marcas, cortes, caída de la tela— rozó lo forense. Hubo que corregir otros deslices: inicialmente le hicieron llevar un modelo Birkin 35 de la famosa cartera de Hermès, cuando su preferida era la ligeramente más grande Birkin 40. Alguien lo notó y las escenas debieron rehacerse, pese al costo.
The Guardian explicó el fenómeno para el público británico: la mujer de John F. Kennedy Jr. —que murió con él en el accidente aéreo de 1999— es vista como la respuesta norteamericana a Diana, princesa de Gales. De ahí que su iconografía deba mantenerse intacta.
La historia de la pareja nunca fue un cuento de hadas. Fue breve, intensamente observada, atravesada por tensiones privadas y mediáticas. Y, sin embargo, quedó congelada antes de desgastarse. La muerte temprana, tan en clave Kennedy, convirtió la imagen en reliquia. No hubo decadencia pública, ni divorcio televisado, ni reinvención tardía. El mito no tuvo tiempo de volverse ordinario. Quizá por eso el debate sobre el rubio haya calado tanto: cuando el recuerdo se congela en juventud y tragedia, cada matiz cuenta. Y cada encuentro con quienes les sobreviven —aunque sea entre mortadela y salame— deja una evidencia incómoda: el mito no se recrea, apenas se roza.
- 1
Cómo será la futura Autopista Parque que va a cambiar el principal acceso sur a la ciudad
- 2
Nuevo triunfo del cine argentino en los Goya: Belén ganó como mejor película iberoamericana
- 3
Julián Alvarez le dio el triunfo a Atlético de Madrid sobre Oviedo con un gol en el último minuto
- 4
Quiénes podrían tomar el control en Irán tras la muerte de Khamenei



