El Perito Moreno, una niña y las delicias del gótico
En Historia natural, la escritora Marina Yuszczuk indaga, desde la ficción, en los inicios del Museo de Ciencias Naturales de La Plata
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Todo libro establece un contrato con su lector y, en el nuevo título de Marina Yuszczuk eso queda claro desde el principio. Después de la dedicatoria, se lee: “Lo que sigue es una obra de ficción basada libremente en hechos ocurridos en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata en los años que siguieron a su fundación”. Es una historia inventada, pero a partir de las investigaciones -históricas, científicas-, que la autora hizo sobre la vida del perito Francisco Moreno y su familia, en esa enorme espacialidad del Museo de La Plata que él y los suyos tuvieron por hogar.
Quien narra es la voz de la hija, Virginia Moreno -también ficcionada-, una chica de 12 años que ve esos mundos construyéndose: la suya, la materialidad del propio museo, la figura de su padre al frente de todo aquello
Por suyos: esposa, hijos, y los anaqueles y colecciones, huesos y especímenes. Quien narra es la voz de la hija, Virginia Moreno -también ficcionada-, una chica de 12 años que ve esos mundos construyéndose: la suya, la materialidad del propio museo, la figura de su padre al frente de todo aquello. Entonces, desde el primer capítulo, la narradora asegura cosas como estas: “Yo carecía de interés para mi padre, cuya pasión era coleccionar huesos de indígenas”. O en otro momento, confiesa espiar: “Primero que nada, a mi padre; de él me interesaba todo”. Y el día a día del museo en construcción, a la par del país de fines del siglo XIX. “Decir que la historia de mi familia es la historia del país parece un exceso, pero no lo es”. De manera que su casa, el museo, es territorio de pura exploración, y encierro. “Nuestros días transcurrían con sencillez, plegados al ritmo del trabajo de mi padre y sus ayudantes, que nunca eran los mismos, y a la evolución de las salas y sus colecciones”. Así, en Historia natural, editado por Blatt & Ríos, desde la contratapa del libro se muestra lo que da sustancia a esa subjetividad que cuenta la historia. “La señorita del gótico está allí para hacer girar su caleidoscopio y armar una taxonomía paralela en la que se ordenan, vivos y muertos, los seres domésticos y los otros”. Alguien a quien la autora relaciona con la figura de Jane Eyre, de Charlotte Brontë, por esto de la orfandad y la soledad; la capitalización de tremenda experiencia; la construcción de sí misma.

No es el primero libro en el que trabaja sobre elementos del gótico. También editada por Blatt & Ríos, La sed obtuvo el premio de novela Sara Gallardo (2021). Escritora, poeta. También editora, al frente del sello Rosa Iceberg, Marina Yuszczuk (Buenos Aires, 1978) es autora de Madre soltera y otros poemas (poesía reunida), La inocencia, Lo que la gente hace, entre otros títulos. De manera que no resulta extraño, al leerla, encontrar en la narración el trabajo de lo poético, el ajuste con praxis de editora sobre su propia producción.
-¿Cómo surgió Historia natural?
-Nunca es una sola cosa el origen de un libro, se va construyendo por dos o tres circunstancias; en este caso, ir al museo. Tengo un hijo adolescente, antes de la pandemia lo llevé y le encantó. Cuando empecé a escribir La sed, la idea inicial de la novela también tuvo que ver con ir primero al cementerio, por razones que no tenían que ver con la literatura. Ahí es como que in situ se me arman las escenas, las situaciones. Con el museo me quedó algo trabajando. Pensé en escribir un cuento que sucediera ahí, y me di cuenta de que tenía que escribir una novela. Visitar el lugar es como una especie de viaje en el tiempo. Es bastante antiguo, todo lo antiguo que puede ser nuestro país. Tiene una sala original, que está igual que cuando se inauguró el museo. Estás viendo esa ciencia y también un pasado de más de un siglo. Es un lugar muy cinematográfico. Creo que tengo una mirada cinematográfica; cuando estoy imaginándome las novelas, hay ciertos planos y movimientos de cámara y desplazamientos en el espacio que ya me los estoy imaginando [Ríe].
-¿Cómo es el cruce entre el museo y la figura de Moreno?
-La familia del perito Moreno vivió ahí mientras estaban construyendo el museo. El museo estaba relativamente separado de lo que es el centro de La Plata, que al principio fue como un pequeño pueblito. Y ahí ya se armó: yo me imaginaba a este personaje, sabía que iba a ser una chica recorriendo este lugar. Ya era Jane Eyre, todas esas heroínas góticas que esconden un secreto. El trayecto en este tipo de libros es ese: siempre tengo la sensación de que es como abrir una caja. Nunca tan simple, hay que trabajarlo. También sucede en La sed: a alguien le dan una llave y le dicen que no la use. Por supuesto, va y la usa. Es como abrir un lugar, develar un secreto. Como ese tipo de trama.
-La atmósfera de la novela, el museo, la narradora, llevan a respirar un gótico
-Hay algo del gótico que tiene que ver con la frontera y el encuentro entre dos culturas. Que ya está de alguna manera en la historia argentina, no lo estoy inventando. Por un lado, esta chica que explora un espacio, y otra línea que se abre en la novela, esto de los indígenas que van a vivir al museo, fue tal cual. Y el hecho de que los hayan tenido encerrados en el sótano, en un subsuelo, también es real. Había algo que estaba ahí, como servido, que tiene que ver con nuestra historia y me parece súper sugerente, porque es como congelar una imagen de la historia argentina bastante poco frecuentada. Después de la Conquista del desierto, quedó un relato medio prolijito armado con moño, de: bueno, desplazamos a los indígenas, después vinieron los inmigrantes, entonces nosotros venimos de los barcos. Listo. Así es como recibimos la historia argentina.

-Virginia, la hija del perito Moreno -ficcionada-, ¿por qué contarla en sus 12 años?
-No sé muy bien. Una siempre se inventa las razones después: de por qué escribió algo. En el momento, simplemente se te aparecen las imágenes de este tipo de heroínas. Es esta nena medio sobreadaptada, que tiene que arreglárselas para vivir en este lugar donde nadie la mira. También hay algo de la infancia ahí, donde a veces uno lamenta que no lo miren, pero al mismo tiempo es lo que más libertad te da. Todo lo que hacés en soledad, es un tema que a mí me encanta. Yo que crecí como mujer, es el momento en que se juegan muchas cosas, el momento en el que los adultos, la familia, la sociedad, más intentan intervenir para que seas de una manera y no de otra.
De lo real a crear ficción
Yuszczuk empezó escribiendo poesía. También diario íntimo. Un día, quemó diarios y cuadernos. A los 20, mientras estudiaba Letras, empezó un taller de poesía. Publicó recién 15 años después. “Me siento muy agradecida por ese proceso. En su momento, obviamente, debo haber tenido cierta ansiedad por publicar, pero me parece que está muy bien. Escribís igual, nunca vas a decir no, para qué voy a escribir si no me van a leer. Está el deseo de aprender; hasta el día de hoy, siento que todo el tiempo estoy aprendiendo”. Desde esa relación con el conocimiento, investigó sobre el perito Moreno, los contextos de época. Ese pasaje entre lo concreto -histórico- y el ficcionar, es algo que aparece en su obra. Lo mismo que la influencia del cine en su literatura. “Ahora estoy escribiendo la continuación de La sed. Que para mí también es una noción que viene muy del cine, esto de la saga”. Y en revés de la trama, siempre el oficio.
-Sos editora, ¿cómo hacés para que la escritora corra un poco a la editora?
-Los primeros capítulos de las novelas siempre son terribles de escribir. Después, fluye. En esta novela tenía que establecer todo un mundo: el museo, el espacio, la historia de la familia, el personaje, la voz. Fue como un poco más esforzada la escritura. Esta conciencia de querer estar haciendo todo eso a la vez y que, además, fluya. Que el lector no lo perciba como un esfuerzo, sino que sienta que está entrando a una historia donde la voz del narrador lo va llevando.
-Hay escritores que el primer capítulo lo escriben más bien cuando ya tienen todo.
-Yo necesito tener establecido el espacio; si no, no puedo. Ahí hay algo que tiene que ver con entrar de alguna manera, como un ejercicio mental que hacés, ¿no? Entrar a un lugar, mirarlo, ver sus características. Y al mismo tiempo lo estás reconstruyendo. Una persona después de leer la novela, va a ir al museo y va a ver otra cosa. Entonces tenés que reconstruir un lugar con algunos elementos, pero también a partir de tu imaginación. Para este primer capítulo había leído y buscado algunas fotos, eso sí me ayudó muchísimo sobre el museo en esos primeros años. Aparecen salas que no existen más. Por ejemplo, esa sala que eran todos restos humanos, esqueletos en fila, uno detrás de otro y después estanterías repletas de cráneos. Como una sensación rarísima al verlos serializados uno al lado del otro y prolijamente puestos. Hay un efecto estético. Por momentos, tenés la sensación de que estás viendo restos humanos y por momentos, no. Esa sala se desarmó hace mucho tiempo y nunca la vamos a ver, pero creo que nos resultaría shockeante.
-¿Ficcionaste basado en lo real?
-Está mezclado. La familia nuclear de Moreno no es como aparece en la novela. La relación de Moreno con su mujer es inventada; Virginia, igual. A mí me interesa escribir literatura, no me interesa escribir historia. Incluso leyendo a Moreno, decía: “qué hermosa esta figura del aventurero”, pero a medida que leía, me pareció medio aburrido [ríe]. Como cierta decepción: no me parece un escritor brillante. Como sí lo es Mansilla, que te morís de la risa leyéndolo. O Sarmiento, que es una figura tan carismática, una energía que te imaginás que se lleva puesto todo, con una pasión muy desmesurada. Moreno, en cambio, era como alguien que trataba de ser un buen alumno, esforzándose por agradar. No era particularmente brillante, más bien muy hábil para hacer contactos o conseguir cosas. Y siempre ese perfil es medio decepcionante para uno como escritor. Moreno tenía esta familia que le permitió ciertos contactos y se ve que era muy hábil para negociar. Había una gran parte en el naturalismo y el coleccionismo que era negociar, porque vos estabas todo el tiempo traficando fósiles, cambiando, ofreciendo. Gestionar una institución es muy de la negociación: hacerte un lugar en el estado, conseguir que te nombren director vitalicio, como en el caso de él, armar tu personal como vos querés. Y dentro de todo eso lo que entra también es que se murieran tantos indígenas adentro de ese museo y que nadie interviniera ni que pasara nada.
-La sed recibió el premio Sara Gallardo: ¿un premio significa que te lean más?
-No sé si me doy cuenta de eso. A la novela le había ido muy bien antes de ganarse el premio. No sé qué influencia pudo haber tenido el premio. Yo veo que es un poco obligatorio ganarse un premio. Es algo como que sí o sí tiene que estar en tu CV: ciertos premios, cierto camino. A veces no me parece muy interesante. Hablo de la época en que estamos viviendo y de la importancia que tiene en este momento el éxito: me parece brutal y totalmente desmedida. En la historia del arte, durante siglos, era medio frecuente que la gente triunfara después de muerta. Escritores en el siglo XX, te diría; pintores, también. Me parece un tema muy significativo que existan estas carreras. Es loco pensar en términos de carrera la escritura, porque lo que hacés en tu casa con la escritura no tiene nada que ver con una carrera. Y todo esto viene de mano de la industria. Yo me pregunto mucho a partir de La sed, antes no me lo preguntaba para nada, ¿cómo ubicarse en este panorama de un exitismo feroz? De que de repente tenga tanto peso que un libro se venda mucho, cuando en realidad antes lo más prestigioso era que fuera de culto, ese libro. Cómo fueron cambiando esos parámetros. Y que a veces uno ve, efectivamente, cómo se va transformando la obra de los escritores a medida que tienen éxito y van para peor. No sé qué pienso todavía sobe todo esto, pero me hago preguntas. En este momento los escritores nos tenemos que enfrentar con ese tema: de cómo hacer tu obra y al mismo tiempo asegurarte las condiciones de poder seguir escribiendo, que es ganar cierta plata. Si no, la alternativa es tener un millón de trabajos y nada de tiempo para escribir. Me parece un momento muy extraño.
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