
Guillermo Semeniuk: “Para una persona, el momento más difícil es cumplir 99 años. Parece que tuviera la obligación de llegar a los 100″
El médico, con 61 años de trayectoria y más de 30 atendiendo a Mirtha Legrand, habla de la recuperación de la conductora, los secretos de la longevidad y la prevención de enfermedades, y analiza cuánto influyen la genética y los hábitos y la prevención en la expectativa de vida

La foja de antecedentes del doctor Guillermo Semeniuk es abrumadora. Profesor emérito de Medicina de la UBA, se formó en el prestigioso Instituto de Investigaciones Médicas Alfredo Lanari. Allí, ya como docente, ha guiado en su desarrollo a varias generaciones de médicos. La neumología es una de sus especialidades. También presta atención a las claves para llegar a las edades más avanzadas de la mejor manera.
Hablando precisamente de este tema –la longevidad del ser humano cuyos límites se siguen extendiendo–, hay que decir que el doctor Semeniuk es el médico personal de Mirtha Legrand, quien en poco más de tres meses cumplirá cien años.
La actriz y conductora ha salido airosa recientemente de dos internaciones complicadas en el Mater Dei que llenaron de preocupación a su entorno más cercano. “La pasé mal”, trascendió que reconoció la diva. Una neumonía es una enfermedad de cuidado a cualquier edad, pero transitarla a los 99 años, y sufrir una recaída, fue motivo de una alarma mucho mayor también a nivel público por la enorme popularidad de la que goza Mirtha Legrand.
La estrella de las mesas más célebres de la TV argentina desde hace casi sesenta años tomó muy en serio esta advertencia que le dio su salud, para retomar su vida normal muy de a poco y prudentemente. Pasó el último Día de la Madre rodeada y en familia. Como ha ocurrido desde que empezó a ser conocida por el público cuando tenía tan solo 14 años, compartió ese momento con una foto que circuló hasta el cansancio en medios y redes. Luego se supo que volvió a sus célebres “tesazos” dominicales, en versión reducida, con sus amigos más cercanos y hasta hizo su primera salida a casa de su hija Marcela Tinayre, que cumplía años.
Como es lógico en un profesional de su talla, Semeniuk solo accedió a hablar de su paciente más famosa en forma prudente y acotada, sin vulnerar el secreto hipocrático, pero se extendió de manera muy interesante sobre todos los temas inherentes a la salud hasta una edad avanzada.
-La primera pregunta es inevitable: ¿cómo está Mirtha?
-Está muy bien, recuperándose extraordinariamente en su casa. Su evolución es muy buena.
-Tuvo dos internaciones relacionadas con una neumonía. ¿La edad agrava esta enfermedad?
-La neumonía puede ser complicada a cualquier edad. Es una infección que puede comprometer una parte del pulmón o una extensión importante. Antiguamente se decía que era el capitán de los jinetes de la muerte, que venía a llevarse a los viejos al otro mundo. Eso cambió con los antibióticos, la mejor alimentación y los cuidados médicos, pero el riesgo sigue aumentando con la edad. Por eso es tan importante la vacunación. Las vacunas antineumocócicas protegen contra distintas cepas de una bacteria, el neumococo. No evitan el ciento por ciento de los casos, pero reducen el riesgo y, especialmente, la gravedad de la enfermedad.
-Con el aumento de la expectativa de vida, ¿aparecen nuevas enfermedades? Pienso, por ejemplo, en el Alzheimer.
-Es una pregunta difícil. Hay que distinguir entre enfermedades verdaderamente nuevas y otras que ya existían, pero que antes no se diagnosticaban. Cuando la gente vivía 30 o 35 años, muchas mujeres no llegaban a la menopausia, los hombres no desarrollaban tantos tumores prostáticos y la osteoporosis tenía una presencia mucho menor. En cambio, enfermedades como la tuberculosis existen desde hace siglos: se encontraron bacilos de Koch incluso en momias. Con el Alzheimer también hay que ser cuidadosos. Muchas veces se utiliza ese diagnóstico para cuadros que corresponden a otras demencias o enfermedades degenerativas. Aunque pueden aparecer en personas jóvenes, estas patologías son más frecuentes después de los 60 años.
-¿Cuántos años lleva ejerciendo la Medicina?
-Sesenta y uno. Me recibí en noviembre de 1965, en el viejo Hospital de Clínicas, donde hoy está la plaza Bernardo Houssay.
-¿Y desde hace cuánto tiempo es el médico de Mirtha Legrand?
-No tengo el número exacto, pero diría que hace más de 30 años.
-¿Es una paciente que sigue las indicaciones médicas?
-Sí, extraordinariamente. Pero creo que la docilidad del paciente es buena hasta cierto punto. A veces alguien me dice: “Doctor, confío ciegamente en usted”. Y yo le respondo: “No confíe ciegamente, porque no soy un sabio ni una eminencia”. El médico no es dueño de toda la verdad. El paciente debe confiar, pero también preguntar, cuestionar y participar de las decisiones.
-Nadie conoce mejor lo que siente que la propia persona.
-Exactamente. Uno de los aspectos fundamentales de la medicina, que lamentablemente se está perdiendo, es la entrevista clínica. Hay que darle tiempo al paciente para que cuente qué le pasa. A veces alguien dice: “Me conozco como la palma de mi mano”. Entonces le pido que dibuje su palma sin mirarla. Nadie sabe hacerlo. Todos necesitamos cuestionar nuestras certezas. Cuando una persona se entrega ciegamente a su médico, cualquier error puede generar una desilusión enorme y destruir el vínculo.
-El médico también necesita tener cierta capacidad de comprensión psicológica, especialmente frente a enfermedades complejas.
-Sí. Lo primero que debe desarrollar es empatía. Tiene que preguntarse por qué eligió esta profesión y qué significa para él la vocación de servicio.
-Usted atendió tanto a pacientes anónimos como a celebridades y empresarios importantes. ¿La relevancia pública o el poder complican la relación con el médico?
-Las personas importantes que conozco no hacen gala de su dinero ni de su posición. Hay estudios sobre los riesgos de ser un paciente VIP. El problema muchas veces no está en el paciente, sino en las inhibiciones y los temores del médico. El médico tiene que tratar a todos absolutamente por igual. Si debe operar al Papa, tiene que hacerlo con el mismo criterio profesional que utilizaría con cualquier otra persona.
-Ya que menciona al Papa, y aunque no conoce su historia clínica, ¿le hubiese recomendado viajar?
-Preferiría no opinar sobre su caso particular. Depende de la magnitud de la operación y de muchos otros factores. En general, viajar en avión después de una intervención puede presentar riesgos porque la presión dentro de la cabina es menor que a nivel del mar. Eso modifica las condiciones del sistema respiratorio y, en determinadas circunstancias, puede complicar una recuperación. De todos modos, las técnicas quirúrgicas avanzaron muchísimo. Antes muchas operaciones requerían abrir el tórax; hoy pueden realizarse mediante procedimientos mínimamente invasivos, con recuperaciones mucho mejores.
-Dejemos de lado el vuelo. ¿Qué impacto puede tener una agenda intensa, con visitas a tres países y numerosas actividades, en una persona de más de 70 años?
-No necesariamente representa un problema. Cuando hablamos de 70 o 71 años nos referimos a la edad cronológica, pero cada vez importa más la edad biológica. Una persona puede tener 71 años y estar muy deteriorada, mientras otra de la misma edad puede hacer deporte, jugar con sus nietos y mantener una vida plenamente activa.
-La frontera de la longevidad se fue desplazando. Antes llegar a los 80 parecía algo extraordinario. Mi abuela vivió casi 103 años y, cuando cumplió 100, empezamos a sentir que iba a vivir para siempre.
-Llegar a los 100 tiene algo muy particular. En la tradición judía existe el deseo de vivir hasta los 120 años. Y hoy hay quienes consideran posible alcanzar esa edad.
-Incluso hay quienes imaginan que algún día podremos vencer a la muerte.
-Creo que, por ahora, eso es más un deseo que una posibilidad cercana. Hay personas que consumen una enorme cantidad de sustancias y realizan distintos procedimientos con la esperanza de vivir eternamente. Probablemente no lo consigan, aunque sus experiencias quizás sirvan para investigar. Lo cierto es que la expectativa de vida aumentó muchísimo. Pero también tenemos que preguntarnos por la calidad de esos años.
-¿Qué significa tener calidad de vida?
-Es una cuestión muy personal, incluso filosófica. No alcanza con preguntarnos cuánto vamos a vivir, sino cómo. Alguien puede llegar a los 80 años, pero haber pasado los últimos 20 con enfermedades que limitaron enormemente su vida. Desde el punto de vista individual, no podemos evaluar la existencia con un criterio utilitario. Pero, desde la perspectiva social, también hay que pensar cómo se distribuyen los recursos sanitarios.
-Hace más de 20 años, Carlos Rottemberg dijo que los argentinos debíamos plantearnos qué país íbamos a dejarle a Mirtha. Usted tiene 84 años, está por cumplir 85 y sigue trabajando. Sin embargo, cuando cumplió 80, Mirtha le sugirió que le recomendara un médico más joven. ¿Las personas muy longevas empiezan a preocuparse por sobrevivir a quienes velan por su salud?
-No creo que necesariamente sea eso. Los médicos, como los yogures, también tenemos fecha de vencimiento. No porque haya que descartarnos, sino porque llega un momento en que podemos decidir dejar de trabajar. Es lógico que un paciente quiera saber quién continuará su atención y cómo se transmitirá su historia clínica. Creo que la preocupación de Mirtha iba más por ese lado. Hay algo curioso: para una persona, quizás el momento más difícil sea cumplir 99 años. Parece que tuviera la obligación de llegar a los 100 para no decepcionar a todos los que esperan ese cumpleaños. Mi abuela, cuando cumplió 100, dijo: “¡Qué alivio! Ya está, ya cumplí”. Después vivió hasta los 102 y pico, pero consideró todo ese tiempo adicional como un regalo.
-¿Cambia la manera de enfrentar la muerte a medida que envejecemos?
-Cada persona lo vive de una manera distinta. Y hay que diferenciar el miedo a morir del miedo a cómo vamos a morir. Yo envidio profundamente a las personas que tienen una fe religiosa muy fuerte. Pueden pensar que van a reunirse con sus seres queridos. Los que somos más agnósticos no tenemos ese consuelo. Aparece el temor a la nada, a la posibilidad de que no exista ninguna trascendencia.
-¿Las mujeres siguen viviendo más que los hombres?
-Sí, aunque la diferencia se está acortando. Históricamente, las mujeres tuvieron una expectativa de vida entre cinco y diez años mayor. Una de las razones es que tienen una cultura del cuidado de la salud mucho más desarrollada. Los hombres solemos ir menos al médico. Muchas veces es una mujer quien nos lleva: la madre, la esposa, la hija o la nieta. También influyen las diferencias en determinadas actividades laborales de mayor riesgo físico. Fíjese que hace años existen campañas muy difundidas de prevención del cáncer de mama, mientras que las iniciativas para promover los controles del cáncer de próstata son mucho más recientes.
-¿La medicina también cambió su enfoque hacia la prevención?
-Antes la persona iba al consultorio cuando ya tenía síntomas. Se trataba la enfermedad. Hoy contamos con medicina predictiva, preventiva y personalizada. Por ejemplo, una mujer con antecedentes familiares de cáncer de mama puede realizarse estudios genéticos para identificar una mayor predisposición y establecer controles específicos. También podemos intervenir antes de que aparezcan complicaciones en personas con alteraciones del colesterol u otros factores de riesgo. Y gracias a la genómica se están desarrollando tratamientos cada vez más dirigidos a las características de cada paciente.
-¿Cuánto pesa la genética en la longevidad? Pienso en la familia Martínez Suárez: los dos hermanos de Mirtha murieron después de los 90 años y ella está cerca de cumplir 100.
-Sin duda hay factores genéticos. Pero cada vez adquieren mayor importancia la epigenética, los hábitos y las condiciones de vida. Aunque siguen existiendo enormes desigualdades, hoy más personas tienen acceso al agua potable, a viviendas adecuadas, a servicios de salud y a una mejor alimentación. La genética importa, pero también el ambiente en el que vivimos.
-En los últimos años se puso de moda el mapeo genético para intentar predecir cuánto vamos a vivir o qué enfermedades podríamos desarrollar. ¿Para qué sirve realmente?
-Desde el punto de vista de la investigación, tiene una utilidad indudable. Pero otra cosa es su aplicación generalizada. Son estudios muy caros y muchas veces podemos obtener información valiosa de una manera mucho más económica: haciendo una buena historia clínica. Si mis dos padres tienen diabetes, sé que tengo una predisposición importante. Si ambos tienen obesidad mórbida, también existe un riesgo elevado. Ahí intervienen tanto los genes como el ambiente. Un chico cuyos padres tienen obesidad probablemente comparta sus hábitos alimentarios. Incluso vemos chicos con deficiencias nutricionales porque consumen las dietas restrictivas que siguen sus padres para adelgazar o mantenerse jóvenes.
-También están de moda los suplementos vitamínicos y los antioxidantes. ¿Sirven para prolongar la vida?
-No se demostró estadísticamente que sirvan para eso. Hoy se habla mucho del NAD+, de los omega y de otras sustancias. Hay investigaciones interesantes, pero debemos distinguir entre los descubrimientos científicos y sus aplicaciones clínicas comprobadas. Si una persona tiene una alimentación variada y completa, evita los excesos, no fuma y no consume alcohol en cantidades perjudiciales, tiene buenas posibilidades de vivir más años sin necesidad de agregar suplementos. Los suplementos deben utilizarse cuando existe una deficiencia demostrada, por ejemplo, por problemas de absorción de vitaminas o por determinadas condiciones médicas.
-También hay una enorme publicidad alrededor de estos productos…
-Un gran neumonólogo decía que el marketing era la habilidad de detenerle la inteligencia a una persona durante el tiempo suficiente para venderle algo. Muchas veces se utiliza una pequeña parte de verdad para sostener promesas que no están demostradas.
-Por un lado, cada vez vivimos más y hay más abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Pero, por otro, nacen cada vez menos chicos. Antes se hablaba de superpoblación mundial y hoy muchos países enfrentan el problema contrario.
-Vamos hacia sociedades más envejecidas, con menos nacimientos y, en algunos casos, con una población total más reducida. Antes las familias tenían muchos hijos. Hoy tienen menos y más tarde o directamente deciden no tenerlos. También hay más personas que eligen vivir solas. Si la pirámide poblacional se invierte y cada vez hay menos trabajadores formales que aportan, ¿cómo se sostiene el sistema previsional? Es uno de los grandes problemas que vamos a tener que resolver.
-¿La medicina y la gerontología también van a tener que adaptarse a una población cada vez mayor de adultos muy longevos?
-Sí. Pero hay una distinción fundamental: una cosa es la vejez, que es un proceso fisiológico, y otra es la enfermedad en una persona mayor. Confundirlas puede ser peligroso. Antes había límites de edad muy rígidos para determinados tratamientos. Hoy se operan aneurismas, se colocan stents y se evalúan trasplantes en personas de 90 años, siempre que sus condiciones generales lo permitan. Volvemos a la diferencia entre edad cronológica y edad biológica. Todo esto también plantea un desafío ético: la tecnología avanza mucho más rápido que la legislación y la reflexión sobre sus consecuencias.
-Y uno de esos debates es la eutanasia. ¿Dónde está el límite entre prolongar tratamientos, brindar cuidados paliativos y permitir que una persona decida sobre el final de su vida?
-Primero hay que distinguir los conceptos. Los cuidados paliativos consisten en atender las necesidades físicas, espirituales y sociales de una persona que está sufriendo. Y no necesariamente se trata de alguien que está por morir: hay pacientes que reciben cuidados paliativos durante muchos años. La eutanasia es una cuestión mucho más compleja. Puede plantearse como el derecho de una persona a decidir cuándo terminar con su vida, pero inmediatamente aparecen preguntas difíciles: ¿quién decide: el paciente, su familia, los médicos?
-¿Por qué sigue siendo tan difícil alcanzar un acuerdo sobre la eutanasia?
-Porque intervienen perspectivas religiosas, legales, médicas, sociales y familiares muy diferentes. En Holanda, uno de los primeros países en legalizarla, se establecieron condiciones estrictas y la intervención de profesionales que no tuvieran un vínculo previo con el paciente. Eso es importante porque los médicos también podemos equivocarnos por el afecto que sentimos hacia una persona. A veces minimizamos su situación y otras indicamos tratamientos excesivos. También puede haber desacuerdos familiares. Imagine tres hijos: uno está de acuerdo con determinada decisión, otro se opone y el tercero dice que hagan lo que quieran. En esos casos intento que puedan llegar a un acuerdo, porque una decisión médica no debería terminar generando un conflicto familiar que agregue todavía más sufrimiento.
-Mientras aumenta la cantidad de personas que llegan a los 100 años, también nos impresionan las muertes de figuras conocidas de poco más de 50, como Jorge “Locomotora” Castro, Fernando Confessore o Gastón Leturia. Hoy las percibimos como muertes prematuras.
-El término “prematuro” tiene un componente emocional importante. Por estadística, lamentablemente, todavía hay muchas personas que mueren a esas edades. Pero estos casos nos recuerdan la importancia de la prevención y los controles. No conocí personalmente a las personas que menciona, así que no puedo opinar sobre sus situaciones particulares. En general, hay que prestar atención a enfermedades como la diabetes, a los factores de riesgo cardiovascular y también a las posibles consecuencias de determinadas actividades, como los deportes de contacto. Muchas veces se ignoran señales que después los familiares recuerdan: dolor en el pecho al subir escaleras, palpitaciones o dificultades para realizar esfuerzos. Prestar atención a esos síntomas podría ayudar a evitar algunas muertes.
-Otro riesgo importante para las personas mayores son las caídas. Alguien puede estar muy bien de salud y sufrir un golpe que tenga consecuencias graves. ¿Cómo se pueden prevenir?
-Intervienen muchos factores: la fuerza muscular, el equilibrio, la visión, la audición y el funcionamiento neurológico. Con los años pueden deteriorarse varios de esos mecanismos. Por eso es tan importante mantener la actividad física. El ejercicio ayuda a conservar los músculos y los huesos. Cuando comenzaron las misiones espaciales prolongadas, se observó que astronautas jóvenes y atléticos regresaban con una pérdida importante de masa ósea. La falta de gravedad y de esfuerzo físico debilitaba sus huesos. En nuestra vida cotidiana ocurre algo parecido, aunque en menor escala. Caminamos menos, usamos el ascensor para subir pocos pisos y pedimos delivery en lugar de salir a hacer las compras. Todo eso reduce el esfuerzo que realizamos diariamente.
-Mirtha me contó que, como no puede caminar por la calle sin que la detengan para saludarla, recorre su casa varias veces al día. ¿Es así?
-Sí, camina varias veces al día dentro de su casa.
-También me contó que hace ejercicios con pesas en las piernas.
-No los hace de vez en cuando. Los hace todos los días.
-Es muy disciplinada. ¿Qué beneficio tiene agregar peso a las piernas durante el ejercicio?
-Absolutamente disciplinada. Y el beneficio está en aumentar el esfuerzo. Caminar es muy bueno, pero podemos mejorar la exigencia de una caminata subiendo una pendiente, utilizando escaleras o incorporando una carga pequeña. No se trata de utilizar pesos enormes. A veces alcanza con 500 gramos, siempre que sea adecuado para la condición de la persona. El objetivo es mantener la capacidad física y fortalecer los músculos.
-Otra recomendación para las personas mayores es conservar los vínculos sociales. Mirtha tiene una vida social intensísima: va al teatro, sale a comer y participa de numerosos encuentros. Pero también se expone a infecciones, especialmente en invierno. ¿Como médico, no le preocupa?
-Es una cuestión de equilibrio. Hay que evaluar cuánto aumenta el riesgo de realizar una actividad, pero también cuánto sufrimiento podría provocar dejar de hacerla. Hace poco escuché un chiste. Le preguntaban a una señora si una dieta muy estricta había dado resultado y ella contestaba: “Sí, soy un 40% menos feliz”. Eso también importa. El exceso de protección puede perjudicar la calidad de vida. No podemos vivir dentro de una burbuja. Cada decisión debe adaptarse a la persona.
-¿Quién debería aconsejarle a Mirtha si puede retomar sus programas? ¿Es una decisión médica, personal o familiar?
-No me metería en una decisión tan particular de ella. Lo primero sería escucharla, saber qué desea y permitir que lo converse con su entorno. Es una cuestión que trasciende la medicina. El médico puede aconsejar y explicar los riesgos, pero debe respetar la libertad del paciente. Si alguien tuvo un infarto hace dos días y quiere correr una maratón, tengo que advertirle que el riesgo es enorme. Pero no le diría: “Si corre, no lo atiendo más”. Le explicaría las consecuencias y le aseguraría que, si necesita atención, voy a seguir estando.
-Mirtha lleva casi sesenta años frente a las cámaras. ¿Esa experiencia podría hacer que volver a trabajar le genere menos estrés?
-No necesariamente. Y no hablo específicamente de ella. La experiencia aporta profesionalismo, pero también aumenta el sentido de la responsabilidad. Yo siento mucha más responsabilidad cuando hablo de medicina que cuando opino sobre qué jugador debería ocupar un puesto en un equipo de fútbol. Cuanto mayor es la responsabilidad, también pueden aumentar la tensión y el temor a equivocarse. Es difícil determinar si sufre más estrés alguien que recién comienza o alguien que lleva décadas ejerciendo una actividad.
-¿La neumonía de Mirtha está completamente curada o pueden quedar consecuencias?
-La neumonía se cura, pero eso no significa que una enfermedad no pueda dejar secuelas. Una infección o un infarto pueden afectar distintos procesos del organismo, incluso después de que se resuelve el problema principal. Lo vemos en deportistas de alto rendimiento que sufren lesiones y nunca recuperan por completo su capacidad para competir. Quizás puedan llevar una vida cotidiana normal, pero ya no rendir al máximo nivel. Son las cicatrices que van quedando.
-¿Es cierto ese dicho de que los cementerios están llenos de cuerpos sanos? ¿O siempre nos morimos por alguna patología?
-Siempre morimos por alguna causa. A veces se dice que alguien murió porque dejó de respirar, pero generalmente es al revés: dejó de respirar porque murió. El organismo es extraordinariamente complejo. Permanentemente regula la coagulación, combate infecciones, elimina células anormales y mantiene el equilibrio entre numerosos sistemas. Tengo un amigo investigador que dice que todos los días se sorprende de que sigamos vivos. Y tiene razón. Todo depende de mecanismos que deben funcionar de manera coordinada. Incluso nuestras defensas necesitan un equilibrio: si son insuficientes, aparecen enfermedades; si reaccionan excesivamente, pueden producir trastornos autoinmunes.
-Le voy a hacer la última pregunta. Ninguno de nosotros sabe si va a estar vivo dentro de un minuto. Pero, dejando de lado esa incertidumbre inevitable, voy directamente al punto: ¿hay Mirtha para rato?
-No sé. Se lo digo con absoluta sinceridad. Si me preguntara si hay Semeniuk para rato, también le diría que no lo sé. Pero, si intentamos ser objetivos, puedo decir que actualmente no existe ningún elemento clínico que indique un riesgo particular para Mirtha en el futuro próximo. En definitiva, todos estamos en el mismo barco. Esperemos que siga navegando, como en Y la nave va, de Fellini.
-Y que la travesía sea placentera.
-Esperemos. Aunque también tenemos que comprender que la travesía no siempre es placentera. Creo que los seres humanos pasamos de una actitud más estoica a otra cada vez más hedonista. Antes la gente soportaba más el malestar. Hoy alguien tose dos veces y va a la guardia. Así no hay servicio de emergencias que alcance.

