La DJ y bajista que conjuga dos espacios distintos que comparten el pulso de la música en vivo
Manu Duca, se mueve entre la cabina y el escenario sin fetichizar el soporte
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Escuchar, mezclar, improvisar, tocar. Esos verbos organizan la práctica de Manuela Ducatenzeiler —Manu Duca—, DJ y bajista del grupo OK Pirámides. Su trabajo se despliega entre la cabina y el escenario: dos espacios distintos que, aunque comparten el pulso de la música en vivo, exigen posiciones opuestas. Como DJ está sola, frente a una pista que responde en tiempo real; como bajista integra un cuerpo colectivo donde la escucha es interna y la construcción del sonido es compartida.
Ese doble frente define su modo de trabajo. No hay especialización rígida, sino lectura del contexto: medir la energía, calibrar la intensidad, sostener el ritmo. En ambos casos se trata de administrar tiempo y expectativa, pero desde lugares diferentes. La cabina exige conducción; el escenario, engranaje.
En los últimos años, el debate sobre el impacto de los formatos tecnológicos en la producción y circulación musical volvió a ocupar el centro de la escena. Cambian las plataformas, cambian los soportes y con ellos los modos de escucha. Streaming, algoritmos, redes sociales: cada herramienta reordena jerarquías y modifica la relación entre artista, obra y público.
Es en ese marco donde Duca formula su posición. No se trata de nostalgia ni de entusiasmo automático frente a la novedad, sino de comprender que cada formato impone condiciones específicas de trabajo. La música no pierde estabilidad —nunca la tuvo—, pero sí cambia el entorno en el que se activa: hoy muchas decisiones pasan por la inmediatez, la circulación fragmentada y la lógica de la visibilidad constante.

Estas transformaciones no son inéditas. La radio alteró la centralidad de la prensa escrita; la televisión reorganizó el mapa de la radio; internet rediseñó el sistema completo. Cada tecnología incorporó nuevos soportes y, al mismo tiempo, modificó hábitos, jerarquías y modos de producción cultural. Duca interviene en esa discusión desde la práctica: no teoriza desde afuera, sino desde la experiencia concreta de trabajar en un ecosistema que se redefine de manera permanente.
En la música, los desplazamientos generan fricciones similares. En la Argentina quedó sintetizado en un episodio ya clásico: cuando Pappo cuestionó públicamente a DJ Deró por afirmar que tocaba como DJ y lo instó a buscar un trabajo digno. Más allá del exabrupto, la escena expuso una tensión más profunda: qué se considera ejecución legítima y qué lugar ocupan las prácticas que no pasan por el instrumento tradicional.
¿Pasar música con pistas digitales equivale a cortar una conversación apretando el botón rojo del celular? En la era analógica, el enojo tenía fricción: se golpeaba el tubo, se dejaba el auricular suspendido, el gesto tenía peso y resistencia. Hoy el corte es limpio, inmediato, casi sin resto físico. El soporte cambia la acción y también modifica su intensidad.
Duca entra en esa discusión desde la práctica concreta, no desde la teoría. “Admiro el acto de mezclar vinilos en estos tiempos. Manipular el material, tocar las portadas, todo eso es maravilloso. Hace poco vi a Tini de Haus, una DJ alemana que trabaja con vinilos y mezcla de manera impecable. Me impresiona cómo conduce la pista, cómo conecta con la gente, cómo eleva la energía del lugar. Para mí, llevar la pista es más importante que el formato o cualquier purismo ligado al vinilo”.
En su planteo, el centro no está en el soporte, sino en la capacidad de sostener una narrativa sonora en tiempo real. La técnica importa, pero subordinada a una pregunta más concreta: qué sucede en el cuerpo colectivo cuando la música circula. Ahí, más que en la herramienta, se juega el sentido.
Duca vs. Duka
El apellido Ducatenzeiler aparece como una nota al margen en su biografía, pero no es un dato menor. Manu es sobrina de Andrés “Duka” Ducatenzeiler, quien mantuvo la grafía original con K del apellido de raíz austrohúngara. Nacido en lo que hoy es territorio ucraniano, el nombre llegó a la Argentina con esa marca y, con el tiempo, se bifurcó.
Manu lo menciona sin épica ni distancia estratégica. “No lo conozco personalmente. Me gustaría cruzarlo, ir a su programa, hablar de música, pasar algunos discos”, dice. No hay cálculo mediático en la respuesta, sino curiosidad. Dos recorridos distintos bajo un mismo apellido: uno forjado en la dirigencia deportiva y la polémica pública; el otro, en cabinas y escenarios. El eventual cruce queda como posibilidad abierta, más ligada al intercambio que a la confrontación.
—¿Cómo fue tu relación con la música?
—Tuve una formación atípica en la infancia y la adolescencia. Isidro, mi papá, siempre tuvo vinilos. La música estuvo presente en mi casa a través de él.
—¿Qué escuchaba?
—Era fan de Robert Johnson. Fue de lo primero que escuché. Al principio me resultaba raro, pero me encantaba. Hoy sigue siendo uno de mis favoritos del blues. Después vino el jazz: Modern Jazz Quartet, Oscar Peterson, Lionel Hampton, y clásicos como Miles Davis. Esos vinilos todavía se conservan.
—¿Había espacio para el free jazz?
—Llegó más tarde. Empecé con John Coltrane, después con Alice Coltrane y Sun Ra. También Pharoah Sanders, que llevó el free jazz hacia estructuras rítmicas más marcadas.
—¿Qué edad tenías cuando empezaste a escuchar todo eso?
—Ocho o nueve. Era una música distinta a la que escuchaban los demás.
—¿Compartías esa música con amigos?
—Tenía amigos en la escuela, pero no encajaba del todo con lo que escuchaban. En la adolescencia me di cuenta de que me gustaban cosas todavía más raras. Escuchaba a Charles Manson. Sí, el líder mesiánico que terminó en un clan asesino. Mis compañeros se sorprendían. Yo era la friki junto con mi amiga Lu Salotto, que me mostró mucha música. Por Manson llegué a Psychic TV, que versionó Always Is Always en Dreams Less Sweet. Tenía dieciséis años y sentí que la cabeza me explotaba de novedad.
—¿Dónde te criaste?
—En Martínez, zona norte.
—¿Ibas a recitales en Martínez?
—Sí. Después de empezar a tocar empecé a ir a ver fechas de bandas de la zona norte. En Martínez había un bar que me encantaba, a seis cuadras de mi casa, que se llamaba Warhol. Tocaban bandas muy buenas, tanto de la zona como de otros lugares. Más adelante me fui moviendo con amigos de Capital. También frecuentaba un lugar en Villa Adelina llamado Club GBA, que todavía sigue funcionando: era casi un garaje, pero sonaba increíble. Y había fiestas en casas de gente que tocaba en bandas. En ese circuito conocí a músicos un poco más grandes, amigos que ya estaban en otra etapa: salían del ensayo y nos juntábamos a tocar. En ese ida y vuelta conocí al grupo Las Kellies; ahí fue cuando empecé a tocar en una banda posta. Fue en 2015, hace unos diez años. Me incorporé para la presentación del álbum Suck the mandarina, publicado en 2016. No participé de la grabación, pero sí de la gira. Fuimos a Estados Unidos, también estuvimos en media docena de países europeos; fue buenísimo haber participado de esa movida durante cinco años. Tocamos en lugares chicos, pero también en festivales.
—¿Compartieron grilla con algún músico notable?
—Compartimos espacios con varios. Tengo el recuerdo de saludar a Flea, bajista de Red Hot Chili Peppers, y a Liam Gallagher, de Oasis, pero con distancia y respeto. Tras ese paso estuve un tiempo tocando solo para amigos, sin un proyecto formal. En 2021 participé en Motor Mutante, un grupo de rock pesado, tipo The Scientist. Volver a tocar en un proyecto serio como el de OK Pirámides fue un buen cierre de 2025 para mí.
Martínez vía Temperley
Si el rock de la zona sur pudiera leerse como un tendido ferroviario, no tendría una estación central sino ramales que se abren y se cruzan. La metáfora no simplifica: ordena. Uno de esos ramales es la vía Quilmes, asociada a un rock barrial de tracción directa, construido con materiales inmediatos y una identidad frontal. Kapanga, La Mancha de Rolando, Rockas Viejas, Vicente y los Curiosos integran ese paisaje: canción física, pulso urgente, vínculo franco con la calle. Un rock sostenido más en la presencia que en la elaboración conceptual.
En otro punto del mapa aparece la vía Temperley. Durante los 80 y 90 emergió allí un conjunto de bandas que trabajó en otra frecuencia. Algunas densas, muchas sensibles, irónicas, por momentos abúlicas, levantaron una épica de la fragilidad. No buscaban representar el barrio, sino explorar climas ambiguos, zonas de incomodidad, introspección sin énfasis. Más que una escena compacta, fue una formación inestable. Cruces breves, trayectorias erráticas, reconocimientos tardíos. El caso de Copiloto Pilato es ilustrativo: su único disco, La misma tierra, permaneció durante décadas como pieza casi secreta hasta que en 2024 fue remasterizado en vinilo por un sello suizo y luego subido a Spotify. Lo que era incunable pasó a archivo disponible.

Antes de que existiera el bar Tío Bizarro —que más tarde funcionaría como punto de irradiación y coronación, una suerte de CBGB de la zona sur—, el periodista, letrita y crítico Pablo Schanton había detectado ese movimiento disperso: lo nombró Adrogué Sound. La etiqueta no describía una escuela ni un manifiesto, sino una sensibilidad compartida. Dado que muchas de esas bandas orbitaban el límite geográfico entre Adrogué y Turdera, podría pensarse también en un Turdera Sound, pero esa ampliación corre por cuenta de quien mira el mapa con perspectiva.
Entre Lanús y Burzaco, lo que unía —y a la vez dispersaba— a esos músicos era una formación volátil: trayectorias irregulares, vidas movedizas, una pulsión creativa constante, pero sin programa común. Los Corrosivos, pioneros de la movida desde Banfield, Los Brujos, Esteban Castels, Perdedoras Pop, DChampions, El Otro Yo, Travesti, Estupendo, Leandro Viernes, Los Reyes del Falsete, Viva Elástico forman parte de ese entramado necesariamente incompleto.
En esa línea se inscribe Julián Della Paolera, cantante y guitarrista de OK Pirámides y exvoz y guitarra de Victoria Mil. Oriundo de Adrogué, su recorrido condensa esa lógica de tránsito permanente entre proyectos, sin apego a una identidad fija. Sin embargo, Della Paolera nunca terminó de acomodarse a la (anti)épica de la escena. Su decisión fue correrse de cualquier zona, avanzar con una ambición explícita, incluso a riesgo de quedar expuesto. “No voy a ser yo el que diga que no quiere ser una estrella de rock”, dijo alguna vez, sin ironía.
Diez años al frente de OK Pirámides confirman ese desplazamiento. En vivo trabaja un brillo seco: un equilibrio preciso entre control y exposición. Hay carisma, pero administrado. No se entrega por completo ni exagera el gesto. En contraste con una escena saturada de fórmulas y estribillos que invaden incluso los riffs, esa contención se vuelve una rareza en el rock argentino.
Hace días la banda presentó Premio, segundo adelanto de su próximo álbum Cualquier cosa no, después de Es casi transparente.
Es ahí donde aparece Manu. Su incorporación a OK Pirámides no respondió a un plan. En 2018 fue a ver a la banda y le quedó resonando Explota en tu cabeza, uno de los álbumes del grupo. Tiempo después, Loló Gasparini —cantante del grupo, DJ central de la escena electrónica y ex corista de Gustavo Cerati— le escribió para probarla como bajista. Se conocían de compartir cabinas. Hubo ensayo. Afinidad inmediata. Quedó.
De la mano de Manu
Espigada como un junco, con una sonrisa que invita a acercarse, el recorrido artístico de Manu Duca es breve e intenso. A pesar de los vinilos acumulados, de las horas frente a la consola ejerciendo el dominio sobre géneros, tempos y texturas, hay algo en sus gestos que no termina de alinearse con la certeza.
Es un desasosiego que se cuela en ella: la sensación de que todo podría caerse o de que siempre hay algo innombrable. No se manifiesta con ruido, sino como una presión tenue que gana terreno, un vacío que obliga a replantearse los pasos, los aciertos, las expectativas.
Mientras la música fluye —en la pista, en la banda, en los loops y en los ecos de sus sets—, dentro de Manu hay un terreno movedizo: inseguridades, dudas y tensiones que no desaparecen con la técnica ni con el reconocimiento. Y, paradójicamente, es ese mismo vacío el que le da fuerza: la empuja a probar, a equivocarse, a recomenzar, a trazar un territorio propio que no se mide en instrumentos ni discos, sino en la intensidad de convivir con la incertidumbre mientras se deja llevar por el sonido.
—¿Es difícil el trabajo de DJ?
—No termino de considerarme DJ.
—¿Por qué? Tocás en muchas fiestas, compartís fechas con otros colegas y tus sets son muy celebrados.
—Tal vez porque fue algo que se fue dando. Dejé de tocar en bandas por un tiempo y empecé musicalizando shows de bandas amigas. Después, por amigos que sí eran DJs, me fui metiendo más. Estás en una fiesta, suena un tema y pensás: “Qué bajón, ¿por qué no estoy escuchando otra música ahora mismo?”. De ahí nace todo.
—Visto en retrospectiva, ¿cuándo empezó ese recorrido?
—A los 15 años ya compraba discos, pero no pensaba en ser DJ. Muchos de los discos que tengo me los dio mi viejo y otros los fui sumando para musicalizar fechas de bandas o para escuchar en casa.
—¿Cómo funcionaba mezclar antes y cómo funciona ahora?
—Antes era con CDs o vinilos. Usábamos el cue, el punto donde empieza el tema, generalmente un bombo o un beat. Con vinilo lo hacés a mano, girando hacia adelante o atrás para cuadrar los golpes. Hoy se puede hacer de forma digital, imitando el vinilo, pero igual requiere práctica. Los BPM, las pulsaciones por minuto, son la referencia para empatar los temas; eso es el beatmatching. Con el tiempo se aprende, pero con vinilo es mucho más desafiante.
—¿Ensayabas mucho en tu casa?
—Sí, fueron años de práctica. Te acostumbrás a mezclar, a escuchar la pista, a ajustar los golpes. Al principio es un trabajo muy minucioso, después se vuelve natural. Incluso mezclando frente a gente, a veces la mezcla se va, y está bien: es parte del proceso.
—¿Qué DJs te gustan?—De acá me gustan Violenta1a, Julia Said y Facu Warrior, uno de los pocos DJs que puede pasar música y al mismo tiempo estar bailando en la pista (risas).
—¿Cómo elegís qué tocar en una fiesta?
—Depende del tipo de fiesta, de la gente y del horario. De día puede funcionar algo más chill out; de noche, techno o house. Siempre llevo backups y conozco bien los temas, sus subidas y bajadas, para saber dónde ubicarlos dentro del set.
—¿Hiciste producción musical o edits?
—No soy productora, pero sí hice algunos edits: cortar partes de canciones, agregar loops, sacar voces, preparar temas para mezclar mejor. Lo importante es la curiosidad por desarmar y volver a armar la música.
—¿Referentes internacionales?
—Daft Punk es fundamental. También Cosmo Vitelli, productor francés, que hace cosas increíbles reinterpretando temas disco.
—¿Qué diferencia hay entre tocar en vivo y ser DJ?
—Con músicos es distinto. Al principio da nervios, pero es más seguro porque estás acompañada. El DJ está solo frente a la pista, es otro tipo de exposición. Llevar la pista sola es un desafío grande.
—¿Cuáles son los próximos pasos?
—Seguir tocando en fiestas, colaborar con amigos DJs y continuar con OK Pirámides.
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