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¡Hombre al agua! El grito de alarma que teme oír cualquiera que suba a un barco no se escucha por ningún lado. Ni a proa ni a popa, ni a babor ni a estribor. ¿Cuánto tardarán en darse cuenta de que Henry Preston Standish, un digno corredor de bolsa neoyorquino de la década del 30, cayó por la borda del Arabella, el buque al que subió para escapar de la rutina y recuperar cierta alegría de vivir?




