Las sombras en el fondo de la caverna
El gran desafío, en estos tiempos de IA, es tener la capacidad para diferenciar lo falso de lo real
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Es posible visitar, en distintos lugares del planeta, las tumbas de Karl Marx, José Ortega y Gasset, Emmanuel Kant, Oscar Wilde, Dante Alighieri, Honorato de Balzac, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Marguerite Duras, León Tolstoi y muchos otros grandes escritores y pensadores. De algún modo ellas dan cuenta de la existencia de aquellos cuyos restos guardan. Pero nunca se podrá visitar la tumba de Jianwei Xun, filósofo y crítico cultural nacido en Hong Kong y convertido en best seller y pensador estrella hacia fines de 2024, cuando se conoció su libro Hipnocracia y se lo buscó en vano para entrevistas. La imposibilidad no se debe a que Xun sea inmortal, sino a que no existe. Es una criatura virtual creada por el filósofo y editor italiano Andrea Colamedici, quien, según su propia confesión, recibió todo tipo de calificativos por esta travesura, desde “genio y visionario” hasta “charlatán y estafador”.
Probablemente el segundo par de adjetivos sea el que mejor le cuadra, pese a que Colamedici procura justificar su chiste llamándolo “experimento”. Hipnocracia plantea la idea de que el poder (así, en abstracto) hoy no necesita reprimir para dominar. Le basta con los algoritmos que nos mantienen hipnóticamente atados a pantallas hasta el punto en que realidad y falsedad son imposibles de diferenciar. El libro en sí es, para lectores incautos, una prueba de esa manipulación. Sin embargo, no es necesario avanzar demasiado en su lectura para advertir que, detrás de su argumentación en apariencia consistente, algo no funciona. Pese a su brevedad las explicaciones empiezan a repetirse monótonamente, y cuando propone salidas para el fenómeno que describe estas son vagas, indeterminadas y hay algo en el lenguaje que suena artificioso, una especie de bla, bla, bla pseudo filosófico carente de sustancia. El texto gira en el vacío, mordiéndose la cola.
Comprender, sentir, imaginar, soñar son complejas operaciones de la psiquis humana, pese a que, en su fanatismo, los tecno-eufóricos pretendan atribuírselas también a la inteligencia artificial
Es que, como los loros, la inteligencia artificial puede repetir términos, hipótesis, frases, datos con los que fue cargada, e incluso puede jugar con ellos armando nuevos textos, pero sin comprender la sustancia del material con el que está maniobrando. Comprender, sentir, imaginar, soñar son complejas operaciones de la psiquis humana, pese a que, en su fanatismo, los tecno-eufóricos pretendan atribuírselas también a la inteligencia artificial. El propio Colamedici, que ya “creó” un segundo libro de Juanwei Xun titulado Pensar en prompts, cree que el lector tiene derecho a saber si el que escribe existe o no, porque, según advierte, la proliferación de creaciones algorítmicas puede hacer imposible de distinguir lo verdadero de lo falso e iría en contra de lo que es verdaderamente creativo. Acaso deba escribir ahora sobre la hipocresía de su propuesta.
Otro fanático de la inteligencia artificial, Martín Puchner, profesor de teatro y de literatura inglesa y comparada en la Universidad de Harvard, no ignora ciertos peligros. “Las empresas de IA, señala, han entrenado sus modelos no solo con libros de dominio público (como las obras de Plutarco, Milton y Goethe), sino también con enormes repositorios de obras protegidas (incluidas varias mías). Escritores y artistas se han indignado porque las empresas privadas primero roban nuestro trabajo y luego nos lo ofrecen a precios muy reducidos”. El problema se agrava cuando se convierte a cierta expresión de la tecnología en una nueva religión de estos tiempos, y cuando se remplaza el pensamiento crítico por la fe ciega. En ese caso, tan presente hoy, desaparecen los límites entre lo verdadero y lo falso. Como en la alegoría de la caverna, de Platón, los prisioneros, encadenados de espaldas a la entrada y a la luz, confunden a las sombras proyectadas en el fondo de la gruta con la realidad. Entonces se producen fenómenos como el del inexistente Jianwei Xun y su Hipnocracia. Pero no habrá tumba para él.
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