Sobre Marcelo Gallardo y los mitos posmodernos
Todo parece indicar que en la posmodernidad no solo se perdió la fe en la razón, sino que también se debilitó la noción de responsabilidad individual
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Entre idolatría y ceguera colectiva hay una relación directa, que el caso de Marcelo Gallardo y su renuncia a la dirección técnica de River puso una vez más en evidencia. Quizás sea necesario aclarar que el autor de esta columna es riverplatense desde la cuna y acompaña desde siempre a su equipo en todas las vicisitudes. No desconoce las entrañas del fútbol, también lo ha jugado. Regresemos a la idolatría. En el último partido de Gallardo en River se veía a hinchas llorando, a otros que, en la salida del estadio, decían cosas como “Me salvaste la vida” o “Me diste una razón para vivir” y también los que vaticinaban un inevitable regreso, como si se tratara del Mesías o de un dios que resucitará.
“Me diste una vida” o “Me diste una razón para vivir” significa que sin el ídolo no hay existencia propia o que hay una vida vacía de sentido
Pero el tema no es Gallardo, sino lo que este fenómeno significa. Ocurre también con la muerte de ídolos en otras actividades o tras la derrota electoral o el derrocamiento de líderes políticos generalmente populistas. La adoración del ídolo invade la consciencia colectiva y anula la responsabilidad individual, que es la única válida, ya que, según bien explicaron pensadores como Víktor Frankl, Carl Jung, Hannah Arendt y Erich Fromm, no hay tal cosa como una responsabilidad colectiva. La masa deposita en el ídolo sus frustraciones para que él las redima, lo hace dueño de sus esperanzas para que él las cumpla, le encomienda sus sentimientos para que él los gestione y direccione. Cada integrante de esa multitud anónima y sin rostro le encarece al ídolo que él viva y haga lo que su fanático no puede, no alcanza o no se atreve y a cambio le garantiza adoración eterna, sin cuestionamientos, con perdón anticipado y con rápido ocultamiento u olvido para cualquier desliz. “Me diste una vida” o “Me diste una razón para vivir” significa que sin el ídolo no hay existencia propia o que hay una vida vacía de sentido.
Estas adoraciones colectivas son disfuncionales para quienes las experimentan y peligrosas para quienes no se suman incondicionalmente a ellas. Como toda anulación del pensamiento crítico dan paso a la intolerancia, y quien no las comparte es blasfemo. El que cuestiona al ídolo cuestiona al fanático. En el plano religioso y en el político esta devoción provoca guerras, matanzas y tragedias. En el deportivo no llega a tanto, pero sí a episodios de violencia verbal cuando no física. Y cuando se trata de idolatrías en campos como el de la música y el espectáculo la caída o desaparición del ídolo suele inducir a suicidios entre sus fans.
A diferencia de los dioses de la mitología griega, en cuyos atributos se fundaron mitos que explican hasta hoy las complejidades de las conductas y del alma humana, los ídolos de la cultura contemporánea no tienen una naturaleza divina de origen, son simple e imperfectamente humanos endiosados, como bien explica Juan José Sebreli en su revelador ensayo Comediantes y mártires, por una industria cultural y mediática de masas que necesita crearlos para abastecerse y no repara en que el ídolo sea moral o éticamente desdeñable. La voracidad de la industria creadora de mitos contemporáneos, apunta Sebreli, certifica que en la posmodernidad se perdió la fe en la razón. Aunque, como sostenía por su parte Carl Jung, el ser humano necesita creer porque sus creencias alimentan su aspecto espiritual, los ídolos fabricados por modas o intereses pasajeros suelen producir un efecto contraproducente. Al ser perecederos y carecer de fundamentos ligados a la trascendencia, tras su caída o desaparición no queda en el seguidor una experiencia que le permita fortalecer sus recursos personales, enriquecer su pensamiento autónomo y entender su propia vida para independizarla. Sólo dejan una secuela de vacío interior que necesita ser llenado de inmediato por una nueva idolatría capaz de acallar los interrogantes que la vida plantea a cada persona, y que sólo puede responder ella misma, nunca su ídolo.
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