¿Y por qué no hablar de bueyes perdidos?
Mientras el mundo está saturado de fines, el arte que no se convierte en mercancía, la amistad desinteresada y el pensamiento que no busca una utilidad inmediata son las últimas formas de belleza
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Hace tiempo, no demasiado aunque parezca mucho, se perdió la costumbre de hablar de bueyes perdidos. Según recuerda el historiador Daniel Balmaceda, en el siglo XIX esto era algo más que un simple dicho. Aludía a temas sin solución. Y a menudo ese tema era un buey que se escapaba y no volvía. El uso convirtió a la frase en algo metafórico. Hablar de temas baladíes, intrascendentes, irrelevantes. Simplemente charlar, deslizarse suave y lentamente sobre el tiempo sin la intención de resolver algo, de arribar a conclusiones, de encontrar soluciones a temas trascendentes. O de cerrar negocios, definir proyectos. Producir algo. Producir. Ese es el gran lema de la época. La rentabilidad, la productividad, la utilidad. Todo debe servir, incluso las palabras, la conversación. Ninguna de ellas debe perderse, como los bueyes de otrora. Se considera que una conversación no productiva es una pérdida de tiempo. Perder y ganar, las palabras que definen una era. Sin opción intermedia.
¿Qué hacemos hoy que no sirva para nada?, pregunta el escritor, docente y editor portugués Tiago Alves Costa en un breve ensayo publicado en la revista digital Ethic. Y a continuación reflexiona: “Todo debe servir para algo, generar un resultado, acumular méritos, likes o productividad. Hasta el ocio ha sido domesticado por la lógica del rendimiento: ya no descansamos, ahora nos recargamos”. Somos máquinas que no deben detenerse. Todo tiempo muerto es pérdida, números rojos en la contabilidad de la vida. El síndrome del cerebro frito (exhausto de ser sometido a trabajo extremo y ametrallado por imágenes e información que le llegan desde pantallas para que haga con ello algo “lucrativo”) remplaza a los bueyes perdidos. “En un mundo que exige eficiencia, rendimiento y capitalización de todo, incluso del afecto, dice Alves Costa, la conversación gratuita emerge como una reliquia de resistencia”. Sentarse con otro ser humano sin esperar nada y simplemente conversar es un acto de desobediencia.
Desde la perspectiva de lo “útil”, de lo eficiente, de lo remunerador, esto es algo ilógico, un derroche imperdonable. Pero en el arte que no se convierte en mercancía, en la amistad que no se mide en favores y retribuciones y en el pensamiento que no busca una utilidad inmediata se esconde posiblemente la última forma de belleza mientras el mundo está saturado de fines, piensa Alves Costa. Y tiene razón. Hace miles de años los filósofos chinos ponderaban el wu wei, termino que puede traducirse como “el hacer del no hacer”, o vacío fértil. Ese momento en el que, en apariencia no ocurre nada, como cuando la semilla, invisible a los ojos, germina bajo tierra o el bebé ya existe pero aún no se insinúa en la panza de la madre gestante. Perderse en conversaciones tranquilas, que no conducen a nada, más que al disfrute del encuentro, del estar ahí, de la palabra lenta, de la escucha hospitalaria, del silencio que acompasa. Eso es lo que vale la pena encontrar, mientras los bueyes perdidos pastan mansamente por ahí.
“Hay un tipo de gesto, pequeño, invisible, inútil, que escapa a las métricas: preparar una comida sin fotografiarla, cuidar a alguien sin publicarlo, hablar con un desconocido sin intercambiar contactos. Gestos que no dejan huella digital, pero sí humana”, escribe Alves Costa. Y afirma, con razón, que la lentitud, el silencio, los actos “improductivos”, así como la simple contemplación, nos devuelven la dignidad. A menudo el simple hecho de hablar de bueyes perdidos, con tiempo, sin horarios, plazos ni objetivos, puede ser la más bella y simple manera de encontrarse con el otro, el prójimo, el próximo. Ese es, dice el escritor portugués, el gesto más antiguo del mundo. Mirar a alguien, escucharlo y simplemente estar. Un intervalo sin codicia. Una presencia sin finalidad. Una cálida charla sobre bueyes perdidos. Sólo eso.
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