Una lección inolvidable

La autora de esta nota, que trabajó en la fundación del Premio Nobel de Literatura, recuerda la personalidad del escritor, sus consejos periodísticos y su eterna preocupación sobre cómo atrapar al lector desde la primera frase
Ingrid Bejerman
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25 de abril de 2014  

Sé que esto puede parecer absurdo, pero no es ninguna novedad para los que lo conocimos: Gabriel García Márquez tenía el poder de leerte los pensamientos. Jamás me he sentido tan transparente y vulnerable como en los momentos de mi vida que tuve la suerte de pasar en su compañía.

Mi primera charla con el maestro la mantuve por vía telefónica: una entrevista de trabajo sorpresa, armada por Jaime Abello Banfi, director de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), fundada y presidida por Gabo y cuya propuesta, en sus palabras, "es hacer una pausa en la formación académica, y volver al sistema primario de talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas y en su marco original de servicio público". Jaime me había conocido en uno de esos talleres -de narración periodística con otro maestro, Tomás Eloy Martínez- y me quería llevar para Cartagena de Indias, Colombia, donde queda la sede de la Fundación, para ser su coordinadora de programas. Yo era una piba de veintitrés años que acababa de ser contratada por el periódico O Estado en São Paulo y tenía un puesto que para mí era novedoso: escribir para NetEstado, que en aquellos tiempos era el suplemento online del diario. Para muchos periodistas al final del siglo XX, eso no era periodismo y esa cosa del diario web sólo era "una moda pasajera". Pero no para Gabo.

"Cuéntame cómo trabajan para producir las noticias en Internet", fue la primera pregunta que recuerdo después del shock inicial cuando se identificó, luego que Jaime me pasó el teléfono. Todo el tiempo me temblaban las rodillas. Hablamos por una media hora infinita sobre el hipertexto, sobre la pobreza de nuestros países, sobre la vida, sobre la Fundación. Colgué y le dije a Jaime: "¡Acepto!".

El año que siguió fue mágico. Gabo seguía sus inquietudes sobre cómo las nuevas tecnologías cambiarían nuestra manera de informar y ver la vida, en un proyecto que él llamó El Periódico Ideal. Parte de mi trabajo era coordinar las reuniones de Gabo y Jaime y el diseñador Roger Black con un dreamteam de diez periodistas en Cartagena y San Miguel de Allende, México. Mi editor cuenta que "los que tuvieron el privilegio de observarlo de cerca saben que Gabo vivía en un estado que excedía los parámetros comunes. Realidad e imaginación se completaban. Impresionaba la forma en que saltaba rápidamente de un tema complejo para posibilidades radicales, en un encadenamiento de palabras que mezclaban reflexiones profundas con chistes pueriles y burlas".

Organicé varios de sus talleres de narración periodística y dos seminarios, uno para editores y otro para jefes de suplementos dominicales y de fin de semana. A Gabo y a los participantes les debo casi todo lo que sé sobre lo que él llamaba "el mejor oficio del mundo". Las lecciones del maestro están y vivirán para siempre en todos nosotros. De la compulsión por la primicia, decía que "la mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor". De la pasión por vivir una vida contando historias, decía: "Hay que empezar con la voluntad de que aquello que escribimos va a ser lo mejor que se ha escrito jamás, porque luego siempre queda algo de esa voluntad". De la formación periodística: "hace falta una base cultural importante, mucha práctica, y también mucha ética". Y de la ética, que "no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón".

Su eterna preocupación era cómo atrapar el lector. Citaba de memoria la primera frase de La metamorfosis de Kafka: "Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto". "Ahí no hay lector que se te escape", explicaba. La clave era siempre escribir con pasión: "Cuando uno se aburre escribiendo, el lector se aburre leyendo".

Durante uno de los talleres que organizamos en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, fuimos invitados a la conferencia magistral del ex presidente colombiano Belisario Betancourt en la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, fundada por Gabo con su amigo Carlos Fuentes y bautizada con el nombre de "el Bolívar de la novela latinoamericana," como Fuentes llamó a Cortázar. Tenía mucha curiosidad por ver cómo eran las actividades universitarias de Gabo, porque en sus talleres no se esforzaba por disfrazar cierto desprecio por la mentalidad académica.

Seguía una cena de protocolo en la Casa Cortázar, sede de la Cátedra y donde se hospedan los catedráticos. Me enamoré de ella, amor a primera vista. Viendo eso, Raúl Padilla López, que además de presidente de la prestigiosa Feria del Libro tiene a su cargo el fideicomiso de la Cátedra Cortázar, me invitó a ser su directora operativa esa misma noche. Acepté de inmediato y al final de mi contrato en Cartagena, me marché a Guadalajara.

Durante los dos años que ocupé ese cargo, tuve la oportunidad de conocer a varios otros premios Nobel de Literatura -Nadine Gordimer, José Saramago, Toni Morrison, Derek Walcott- y a la crema y nata del pensamiento latinoamericano: Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Nelida Piñón. Para todos ellos, Gabo era el mejor, un mito. Siempre me preguntaban cómo era Gabo, el hombre. Tenía tanto por contestar que no sabía por dónde empezar. Tuve la oportunidad de participar de sus reuniones sociales y oírlo hablar sobre sus esfuerzos en acercar a Clinton y Fidel durante el incidente de Elián González, de su entrevista con Hugo Chávez para la revista Cambio y de cómo se dio cuenta de que Clinton había pasado una noche en vela leyendo la primera traducción al inglés de Noticia de un secuestro, que Gabo le había enviado y encuadernado especialmente. Recibió de Clinton un largo fax con comentarios a la mañana siguiente. "Ahora entiendo mucho más sobre el conflicto en Colombia", le dijo, agradecido.

De su familia, tuve una relación más cercana con su hermano Eligio, que como Gabo era escritor y periodista, y además, físico. Pasamos largos ratos charlando sobre literatura en la biblioteca de la Fundación; de él aprendí mucho de lo que sé sobre la idiosincrasia del caribe colombiano. Falleció joven, a los 53 años. Su esposa Mercedes tiene todo lo que admiro en una mujer: es fuerte, perceptiva, inteligente, además de bella. Su hijo Gonzalo, tipógrafo, es, como su hermano Rodrigo, director de cine y brilla fuerte con luz propia.

Gabo era muy supersticioso. Es verdad que no quería sobrevolar territorio argentino, porque decía que las cosas suelen terminar donde empiezan, y en Buenos Aires fue donde todo comenzó. Le gustaba sentarse entre las damas, porque decía que le traían suerte. Las que tuvimos suerte fuimos nosotras, a quienes nos tocó sentarnos a su lado.

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