Acortar las distancias
Cambre y Becú unen con sus obras dos generaciones y dos galerías en Retiro
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La buena relación que tienen Juan Becú y Juan José Cambre hubiera sido impensable en el Diario de la guerra del cerdo . La novela de Adolfo Bioy Casares contaba la forma en que una banda de jóvenes se dedicaba a perseguir y maltratar a personas mayores. Juan y Juan parecen entenderse tan bien, tener tantas afinidades, que desaparecen los 32 años de diferencia entre ambos.
Uno nació en 1948, tres años después de terminada la Segunda Guerra Mundial; el otro, tres años antes de que se reiniciara el período democrático en la Argentina. Días atrás, Cambre debutó como abuelo con su primer nieto; Becú se casó hace pocos meses con la artista Amaya Bouquet. Esas diferencias se nivelan con las afinidades en el arte, que no necesariamente son formales si se comparan los monocromos verdes de uno con las explosiones gestuales del otro.
Las asociaciones no terminan entre los artistas: Leopoldo Estol, curador de la muestra, logró aunar los esfuerzos de tres galeristas, Lauren Bate y Marina Pellegrini por un lado, y Alberto Sendrós por el otro, que ofrecieron sus espacios para que los dos expusieran sus obras.
Un mapa dibujado a mano alzada por Estol conduce al espectador desde Esmeralda 1347 (galería Vasari) hasta Tres Sargentos 359 (galería Alberto Sendrós). Más desorienta que orienta, pero no importa; el dibujito del gaitero sonando junto al monumento de Plaza San Martín, el ladronzuelo escondido en un árbol y otros detalles urbanos de esta cartografía imprecisa bien valen la pena.
Cambre tiene su "libro rojo" (no precisamente el de Carl Jung), publicado en 2008, en el que se puede recorrer su producción, del rabioso expresionismo de los años ochenta a la quietud de las obsesivas vasijas. Desde hace un tiempo que este arquitecto nacido en Ramos Mejía explora una y otra vez la tradición del monocromo, que se vuelve cada vez más austera.
Esa tradición en el arte contemporáneo arranca con el célebre Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Kasimir Malevich, sigue con los azules de Yves Klein, los acromos de Piero Manzoni y llega a la experimentación político-conceptual de Cildo Meireles con su espeluznante Desvio para o vermelho (el living de una casa con todos sus muebles pintados de rojo furioso).
Esta vez Cambre profundizó sus experimentaciones con el color verde, que había iniciado con sus 45 verdes en 2005, en la galería Wussmann. Su fuente de inspiración es la tapicería Verdure Aubusson; indicios de ello ya asomaron en sus grandes telas -también monocromas- de follajes tamizados por el sol. Las propiedades simbólicas del color verde son variadas, pero básicamente parten de la clorofila que abunda en el reino vegetal. El renacimiento de las hojas en cada primavera crea la asociación con la esperanza. Si bien la tradicional zamba ha glorificado el "paisaje de Catamarca con mil distintos tonos de verde", con veladuras y técnicas diversas Cambre explora minuciosamente un número importante aunque indefinido de verdes.
Automarginación y explosiones
El joven Becú se presenta de esta manera: "Hijo de padres psicólogos, uno proveniente de la aristocracia venida a menos, el otro oriundo de una familia judía pobre del barrio de Mataderos con aspiraciones de ascenso. Salí pelirrojo y ésta fue mi primer cualidad distintiva y de automarginación".
También él explora el mundo vegetal, no desde el monotono, sino desde la explosión de colores. Su inspiración es la naturaleza muerta del siglo XVI, particularmente las ilustraciones de pretensiones científicas que resultaron de las expediciones europeas al Nuevo Mundo y la India.
Quizá sin proponérselo, Becú está haciendo un planteo de género: la pintura de flores -un motivo pequeño y adorable- ha sido asociada culturalmente a lo femenino; sin embargo, nuestro artista pinta ramos dignos de un gigante enamorado, con las cualidades masculinas del gran formato, fuerza en el gesto y en la mancha, tal como lo plantearon los pintores expresionistas de posguerra.
A golpe de vista, cuesta reconocer en el espesor de la pintura la fragilidad de un pétalo o las curvas de un tallo. Él dice que la serie se llama "de los universos quemados" porque trató de generar un efecto similar a una explosión, como si estuviera volando en un universo que se prendía fuego. Cuesta creer que estos bouquets no sean un sincero homenaje de amor a su flamante esposa, Amaya Bouquet.
La buena alianza de Juan y Juan y de dos galerías hace pensar que es hora de empezar a dialogar en todos los sentidos, y que los enfrentamientos generacionales suelen ser más impuestos que reales.
<b> Ficha. </b>



