Adolfo Bioy Casares y la felicidad del día después

En sus novelas y cuentos el escritor argentino celebró el desencuentro amoroso como clave de la pasión, y también, en una de sus mejores intuiciones, la alegría de los equívocos
En sus novelas y cuentos el escritor argentino celebró el desencuentro amoroso como clave de la pasión, y también, en una de sus mejores intuiciones, la alegría de los equívocos
Alicia Borinsky
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12 de septiembre de 2014  

El Premio Cervantes fue importante tanto para Bioy Casares como para el perfil internacional de la literatura argentina. Hubo otra consecuencia menos esperada: un sutil cambio en el comportamiento habitual de Bioy Casares. Si bien no se manifestó en su escritura, fue notable en el quehacer diario durante esos días fuera de Argentina, en España. Allí Bioy depuso su permanente ironía antisolemne. "Don Adolfo", le requerían para que firmara autógrafos y el Bioy que siempre afectó ser joven, Adolfito, comparado con su mujer, Silvina Ocampo, con Borges y Victoria Ocampo, seductor hasta bien entrado en años, sonreía con satisfacción. Aceptó ser el escritor maduro, meritorio, el maestro de la lengua española, don Adolfo en el panteón. Se sacó fotos, fue centro de atención, cómodo con la imagen de maestro.

Claro que se merecía esos honores y más pero durante la mayor parte de los años de su carrera como escritor, la postura de su entorno en Buenos Aires implicaba otras reglas. Borges describe a Carlos Argentino Daneri en su cuento "El Aleph" como una caricatura del escritor premiado y, al hacerlo, expone en el personaje la desconfianza con respecto al reconocimiento institucional que compartía con su círculo cercano. A pesar de la implícita convicción de que lo europeo era fuente primordial de conocimiento, había algo en la lejanía de Argentina que permitía ofrecer una escala propia de valores artísticos y literarios. El lugar de Sur dependió de esa libertad. La distancia con respecto a Europa permitía ser único y libre. El poder de Sur se debió tanto a la calidad como a la energía con que la revista generó su propia autovalidación. Incorporó lo extranjero de un modo consecuente con la seguridad en su propia capacidad de elegir. No se trató de dependencia sino de lo opuesto.

La intimidad de sobreentendidos sobre aquello que valía y no valía la pena se expresa con gran claridad en el Borges de Bioy Casares, crónica hecha con una mirada paródica que destruye reputaciones, ilusiones de importancia, práctica exacerbada del privilegio de quien se cree más allá toda crítica. Hay quienes, olvidados de que el volumen recoge años de observaciones, sienten la claustrofobia de su tono hilarante y lo ejercen como un búmeran contra Bioy, porque advierten en sus páginas indicios de un ambiente de crítica incesante y despiadada. Las oposiciones de orden político, la intuición de que su mirada burlona se apoya en la costumbre de quien no tuvo que ganarse la vida como la mayor parte de los argentinos contribuyen en gran parte a la idea de que este autor no precisa ayuda de sus lectores, representa, más bien, un peligro.

El día después de la recepción del premio, en una mesa que compartimos con él un grupo de amigos, desayunamos con una pila de diarios del día para ver cómo se registró el evento. La noche anterior, de regreso de la cena al cabo de una caminata, Bioy reaccionó ante la sugerencia de que la felicidad era probablemente eso que estábamos viviendo en ese instante, con la siguiente frase: "Felicidad es lo que cada uno de nosotros va a experimentar mañana cuando recordemos este momento".

La lectura de los diarios al día siguiente trajo consigo una interpretación equivocada de un cuento de Bioy que había sido reproducido como muestra de su talento. En el cuento "Una puerta se abre", un hombre se somete a un tratamiento a manos de uno de esos médicos que aparecen frecuentemente en la obra de Bioy con proyectos de operaciones y trasplantes de órganos. Es encerrado en una caja donde permanecerá por varios años hasta el día en que pueda salir al mundo en circunstancias más favorables. Su objetivo es lograr escapar definitivamente de una mujer obsesionada con él. Es cursi, ruidosa, vulgar e intensa. El final nos presenta la apertura de la caja de al lado de la del protagonista, cuya puerta se abre como la suya para presentar a la alborozada mujer que con voz cariñosa celebra poder reunirse con su amado. De acuerdo con la publicación, el cuento demostraba que Bioy Casares creía en la eternidad del amor.

Con el texto ocurrió algo que experimentamos cuando salimos de nuestro círculo inmediato. Se pierden los sobreentendidos, los chistes no encuentran interlocutores. Acaso no haya nada más inquietante que la trasformación del sentido de las palabras familiares en el seno del propio idioma. El cuento era un chiste que no había logrado su destino. La felicidad del día siguiente no estuvo esta vez signada sólo por la memoria, incluyó comprobar que por la fama su literatura adquirió significados sorprendentes y perturbadores. El amor del público también produjo una versión parcialmente falsa de su versión del amor. Esas proyecciones, interpretaciones superpuestas fueron, así, a la vez circunstancia personal y materia literaria para Bioy Casares.

La distancia amorosa

Desde muy temprano Bioy dibujó las fronteras del desencuentro amoroso como representación clave de la pasión. Su novela La invención de Morel fue inspiración de películas que acuden a las numerosas invitaciones que suscita, acaso la más famosa sea El último año en Marienband de Alain Resnais, que privilegia el carácter elusivo del objeto amado. La novela sugiere el desencuentro parodiado en "Una puerta se abre". Mientras que ese relato, con su pintoresquismo y alusiones a prejuicios locales, borda los detalles de una sensibilidad restringida a un pequeño grupo de porteños, La invención de Morel adquiere universalidad por su carácter austero; su protagonista, un hombre en una isla desorientado e inseguro, es un tema clásico.

El encuentro de una mujer, Faustine, a quien se la desea desde lejos, motiva una reflexión sobre cómo abordarla. La novela revela más tarde que ella es una imagen proyectada por una máquina. Pero antes de que esto se haga patente, los titubeos del protagonista testimonian la desigualdad provocada frecuentemente por el amor. Se siente inferior, incapaz de lograr cumplir su deseo de proximidad. Elabora estrategias. Anhela el instante del encuentro. No sabe qué hacer ni tampoco cómo eludir la atracción que siente. Aquí Bioy trabaja un motivo que aparece una y otra vez en la cultura popular argentina en tantos versos de tango "decí por dios qué me has dado/ que estoy tan cambiao/ no sé más quien soy". Y como en el tango, el riesgo del amor es perder la propia voluntad, anularse.

El temor de ser rechazado, prueba del poder que la mujer tiene sobre el protagonista, lo motiva a temer el contacto y para vencer ese miedo, decide hablarle "desde un lugar más alto que permitiera mirar desde arriba". Así espera desdibujar las desigualdades que los separan. El momento de tomar la decisión de hablar se demora. La novela señala que, aun cuando los estertores de la decisión sean superados, la unión resultará imposible porque Faustine es proyectada por una máquina. Pero hay otro aspecto más importante para entender la dicción de Bioy Casares que la mera situación de un individuo separado de una imagen. Reside en el modo en el cual La invención de Morel representa la oscilación entre la delicadeza forjada por la distancia y el misterio, y la obscenidad de transgredir una frontera:

Señorita, quiero que me diga-dije con la esperanza de que no accediera a mi ruego, porque estaba tan emocionado que había olvidado lo que tenía que decirle. Me pareció que la palabra señorita sonaba ridículamente en la isla.

Ante la duda, opta por bajar la voz: "Le hablé con voz mesurada y baja, con una compostura que sugería obscenidades. Caí, de nuevo en señorita".

Vergüenza del declive que dirige las palabras hacia el habla del galán de la esquina, el piropo pringoso, obsceno, importuno. El silencio propone la virtualidad de un encuentro entre los personajes pero cuando se quiebra, "señorita" ilumina alusiones al levante callejero, al cargoso que hay que sacarse de encima. La novela nos conduce fuera de la universalidad de la isla a lo local y nos devuelve allí con un cambio de tono, un silencio producto de la abstracción.

Deslizarse hacia lo vulgar, hacia aquello que, desgastado, termine en el lugar común, el aire de familia, es sustituido por la alternativa de convertirse en otro. La novela otorga poder a la mujer porque es atractiva y en el proceso demuestra la pobreza de quien la desea, humilla a su observador y deja al descubierto su mediocridad porque las palabras que dice resultan inadecuadas.

La invención de Morel expone al amor en su carácter parentético con el deleite de la distancia insuperable que nos separa de quien amamos. Dar poder al otro nos pone en riesgo de perdernos y así sucede en la novela porque el protagonista no se siente visto, se sabe prescindible. Su sufrimiento ayuda a que como lectores reconozcamos nuestro propio tejido de proyecciones ya que tampoco somos vistos por quien escribe lo que leemos.

Como en una novela posterior, Plan de evasión, hay un puente con el lector a través de una conversación implícita encarnada por el pretexto de que leemos un informe. Bioy anticipó en esas páginas la unión entre reflexión acerca de la literatura y práctica literaria que tendría auge en años posteriores. Aunque sentía una profunda aversión personal a la teoría literaria, estas dos obras exigen una lectura que es, desde su inicio, crítica. Se trata de una ida y vuelta de la evaluación de lo leído que elude un solo sentido y se repliega en sí para que el lector se pregunte, igual que el protagonista: ¿qué veo?, ¿soy visto por lo que veo?, ¿soy interpretado por las páginas que quiero entender? La respuesta reside en la concepción de la distancia amorosa. Lector unido al texto, separado de él, y protagonista separado de Faustine porque cada uno está en otro nivel de representación.

Hay una cortina musical para esta aventura de supervivencia de imágenes que cuestionan su procedencia, se trata de "Tea for two" y "Valencia", guiño autocrítico de Bioy Casares para burlarse de la pesadez relativa de la dimensión teórica de la novela con la propuesta de música al estilo comedia de Hollywood, "Tea for two", o fiesta familiar con una tía que canta "Valencia" o "Granada".

Violencia y lugares comunes

Lector y narrador en La invención de Morel constituyen una pareja que celebra su repetida desunión. Como en Escher, las imágenes se repiten sin que podamos decidir la lógica que las organiza en orden de importancia. El recato y la timidez con que se representa el fallido acercamiento a Faustine se desdibujan en la obra posterior de Bioy Casares para ceder el lugar a lugares comunes y evocaciones de barrios porteños.

¿Qué es el sentimiento de lo fantástico?, le pregunté en una entrevista. No lo pensó ni un segundo. Respondió inmediatamente que era ver el odio por un instante en los ojos de un ser amado que a su vez nos ama. Bioy construye una sensibilidad que duda de los datos unívocos porque juega a diferenciar planos de relación que permiten reconocer la energía inquietante que nos une y separa casi al mismo tiempo.

Su novela Dormir al sol narra posibilidades concretas de metamorfosis y representa una zona de su obra que sale a la calle, al encuentro de la vida cotidiana. Como en La invención de Morel, juega con la idea del informe e intensifica de este modo la impresión de que uno lee evidencias, algo a la vez concreto e inasible. La novela esta dividida en dos partes, una que abarca casi toda la obra, redactada por Lucio Bordenave, y otra por Félix Ramos. Ramos es una suerte de mellizo del lector ya que Bordenave intenta persuadirlo con su relato, como hace un autor con su público. Autor y lector son de este modo transfigurados en Bordenave y Ramos; Bordenave es desconfiable porque escribe desde un presunto manicomio y Ramos, un crítico del relato que adolece de la complicidad de ser su amigo.

Bordenave tiene una obsesión amorosa. Quiere saber qué ama en su esposa, Diana, si es el cuerpo o el alma. La percibe en forma detallada pero fragmentaria: "Yo me muero por su forma y su tamaño, por su piel rosada, por su pelo rubio, por sus manos finas, por su olor, y sobre todo, por sus ojos incomparables". Si Diana no es ella en unidad indisoluble, es posible pensar que cada uno de sus detalles pueden integrarse en sistema distinto de organización.

Un sanatorio Frenopático es evocado como el sitio donde tienen lugar operaciones que intercambian cuerpos y almas entre personas y perros. Esta modesta incursión en la ciencia ficción sugiere que luego de cuidadosas manipulaciones es posible trasplantar partes inasibles como el alma de un animal y cambiarlas por las de una persona. Las confusiones se multiplican de manera barroca: Diana tiene dos dobles, su hermana María y una perra portadora de su alma original que le trasplantaron en el Frenopático. María tiene un color de pelo diferente pero el narrador dice que si no fuera por este detalle, las confundiría; la perra tiene su alma y de vez en cuando Bordenave cree que es lo que verdaderamente ama. Diana, con un alma sana y ajena, sale del sanatorio. Bordenave la ve alternativamente curada o simplemente otra, transformada al punto de resultar una extraña.

La vida de barrio en Buenos Aires repite el desasimiento de La invención de Morel y ofrece tecnología transformadora como posibilidad de ver y apartarse del ser amado. No es suficiente estar en el mismo plano de la realidad para eliminar la distancia que nos separa del objeto deseado. Es posible apartarse sin saberlo, dentro de la relación más íntima. Con un guiño, la novela nombra al médico del Frenopático: es el doctor Samaniego, pero no nos regala una moraleja. Al contrario, nos deja el giro paranoico que hace Bordenave:

Tuve una corazonada por demás ingrata: la señora que hablaba con Samaniego era mi señora. El doctor le decía que para favorecerme no iba a perjudicarla. Como en una pesadilla Diana está contra mí.

Ver algo oblicuo, inesperado, al día siguiente es clave para la felicidad con que Bioy celebró la posibilidad del equívoco y una de las intuiciones más importantes de su obra.

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