Al rescate de la pintura de caballete
Llegó a la Argentina el crítico italiano que enfrentó la teoría del arte conceptual y volvió a lo clásico
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Impulsor del movimiento italiano de la Transvanguardia, que revalorizó la pintura en el mundo del arte, el crítico Achille Bonito Oliva dominó en los últimos 25 años la escena internacional.
El hombre que está parado frente a la pintura de Francesco Clemente en las salas de la Fundación Proa, en el barrio de La Boca, es uno de los críticos de arte más conocidos del planeta. Voló a Buenos Aires para montar la muestra de la Transvanguardia con obras de cinco integrantes del grupo, procedentes de colecciones privadas y públicas que llegan por primera vez a la Argentina. La exposición se inaugurará mañana, a las 13, en la Vuelta de Rocha.
Bonito Oliva es un provocador. Lo sabe. Y, además, le gusta. Siempre se habla de él, para bien o para mal.
Fue director de las bienales de Venecia y de Valencia, y desde las páginas de sus libros ha defendido sus teorías sin pelos en la lengua, sin temor a enfrentarse al "sistema del arte", como llama a esa conjunción de factores específicos representados por la crítica, el mercado, el coleccionismo, el museo y el público.
Pintura al estrellato
La Transvanguardia catapultó a Bonito Oliva al estrellato, y con él, a la pintura italiana, desafiando la gravitación de Nueva York como ombligo del arte planetario desde la Segunda Guerra Mundial.
-¿Por qué la Transvanguardia copó de manera inmediata la escena internacional?
-Fue el primer movimiento que rompió el eje de poder de Estados Unidos, marcó el regreso de la pintura de caballete e instaló la idea del hedonismo cromático, del regreso a la subjetividad y al placer de pintar en medio de un ambiente determinado por los principios del arte conceptual.
Además, lo hizo con una propuesta nacional, individual, ecléctica, en la que convivían la figuración y la abstracción. Chia, Clemente, Cucchi, De Maria y Paladino integraron este movimiento no global, no minimalista, no imperial.
-¿Cuál fue la repercusión fuera de Italia? ¿En la Argentina, por ejemplo?
-Admitir que la pintura de caballete no había muerto alentó a los artistas que querían pintar, que estaban en la misma búsqueda estética. En mi libro sobre la Transvanguardia incluí una obra de Guillermo Kuitca, entonces l´enfant prodigio : en ese momento tenía veinte años. Yo venía mucho a Buenos Aires invitado por Jorge Glusberg, al CAYC. Fueron Adriana Rosenberg y Renato Rita los responsables de la edición de mi libro sobre la Transvanguardia, con traducción de Carlos Espartaco y prólogo de Jorge Romero Brest.
-Hubo entonces, y la sigue habiendo, cierta resistencia hacia su posición estética.
-Es lógico que la hubiera porque estaba rompiendo el esquema dominante. La Transvanguardia era la última vanguardia posible y, al mismo tiempo, recuperaba el placer de la manualidad, de pintar. El movimiento estuvo signado por el nomadismo cultural que terminaba con la noción de fronteras, países, esa idea recurrente de centro y periferia.
-De hecho, Nueva York adoptó a Francesco Clemente como un artista de culto, actitud confirmada por la gran muestra que le dedicó el Guggenheim tres años atrás.
-Sí, pero mucho antes de eso el mercado enloqueció por la libertad creadora, por la recuperación de la subjetividad y del color que llegaba después de los sesenta, austeros y conceptuales.
-Algunos ácidos observadores han dicho que usted promovió el estrellato del crítico por encima del propio artista.
-(Se ríe) Bueno, crítico se nace y el artista se hace. Me parece justo haberles dado notoriedad a los críticos.
-Ahora hay una nueva figura, en franco ascenso, la del curador.
-(Más risas) No, el curador es un tipo de otro nivel, es trendy , sigue una tendencia, pero no la crea; trabaja para el público, mientras que el crítico lo hace para la historia del arte.
-¿Cómo imagina el arte que viene?
-Europa vuelve a ser muy importante, es un mercado de 300 millones con un potencial enorme, Estados Unidos tiene el poder económico y la tecnología... pero un gran vacío cultural. La señal más fuerte del futuro llegará del arte en relación con las ciudades, espacios provocadores por excelencia; ésta es la hipótesis con la que trabajé en "La ciudad radiante", mi proyecto para la II Bienal de Valencia.






