Algunas notas sobre el público en el arte contemporáneo

Lola Arias
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29 de marzo de 2015  

Me gusta mirar al público: en los museos, en los teatros, en los conciertos, en los cines; siempre hay un momento en que dejo de ver la obra para mirar a los espectadores. Experiencia Infinita, la muestra de arte vivo que inauguró hace unos días en el Malba, era una oportunidad perfecta para saciar mi sed. Viejos, jóvenes, niños, bebes en cochecitos se paseaban entre los performers un poco desconcertados, sin saber bien cuáles eran exactamente las obras ni cómo comportarse frente a ellas.

En la sala de Elmgreen & Dragset, dos pintores de brocha gorda pintaban la sala una y otra vez, blanco sobre blanco. La mayoría de los visitantes seguían de largo pensando que la sala estaba en refacción; excepto una chica que decidió tomar prestado el pincel y ponerse a dibujar en el piso unos signos de pregunta. Los pintores, lejos de frenar su osadía, empezaron a filmarla. La situación era rara: estábamos viendo algo que no debíamos ver: performers y público se habían salido del pacto de la obra.

No muy lejos de allí, en la obra de Dora García, un texto en una pantalla iba describiendo a cada uno de los que estaba en la sala: "un bebe balbucea", "una mujer saluda a otra mujer", "un hombre tiene un bolso con la palabra DJ". Al verse descriptos, los espectadores miraban incómodos a su alrededor hasta descubrir a la persona que estaba escribiendo sobre ellos. Algunos le sonreían y luego seguían su curso. Otros comenzaban a sacarle fotos a la pantalla como diciendo: el arte hablaba de mí.

La obra de Diego Bianchi, una de las más geniales de la muestra, era un hombre de cuya boca, pene y demás partes del cuerpo emergían ganchos con cuerdas que los unían a todo tipo de artefactos: anteojos, ramas, pedazos de autos. Como una marioneta invertida, que en vez de ser movida, hacía que el mundo se moviera. La pequeñez del espacio y el sadismo de la escena hacía que el público no supiera bien dónde ponerse ni qué mirar. Agachados, retorcidos, en cuclillas, los espectadores eran cómplices involuntarios de un extraño ritual.

Mientras intentaba salir a través de la obra de Allora & Calzadilla (unas puertas giratorias hechas con bailarines en movimiento), pensé en ese contrato implícito que suponían estas situaciones construidas. Definitivamente, una serie de reglas invisibles regían el comportamiento de los performers y el público. A veces las reglas eran claras, pero algunos espectadores se sentían tentados a romperlas; otras veces, los mismos performers parecían olvidarlas. Todas las obras se apoyaban en algo muy frágil: algo que podía quebrarse en cualquier momento. Y esa fragilidad era la fuerza que hacía de la experiencia algo único.

Compartí un viaje en el ascensor con dos bailarines que acababan de terminar su turno. Mientras los escuchaba hablar sobre la pausa del almuerzo, pensé en qué rápido las obras de arte habían sido reemplazadas por los nuevos obreros del arte contemporáneo: los performers. Y qué rápido los performers se desvanecen para que sólo veamos al público.

La autora es escritora, dramaturga y directora de teatro

Por: Lola Arias
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