Apurate nostalgia que sos tendencia
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La frase “2026 es el nuevo 2016” suena parecida a aquella otra que sentencia cada temporada que tal color is the new black, es decir: un latiguillo de moda. Comenzó a circular los últimos días en redes sociales y en conversaciones de todo el mundo (porque, mientras sigamos en enero, estaremos habilitados para creer que todavía el año recién empieza) y tanto los grandes como los chicos (con más de una década de vida al menos, claro) hurgaron en sus carpetas digitales (ya no álbumes) para compartir sus fotografías de entonces. Ay, la imagen.
Desde el plano del sonido, Spotify certificó también que la tendencia no es una simple percepción, como la sensación térmica, y se escudó en números para demostrar que realmente existe un flashback. En un comunicado, informó que desde el 1° de enero las playlists creadas con temática 2016 crecieron más de un 790% a nivel global, marcando un regreso masivo a los sonidos que definieron “una de las eras más icónicas del pop internacional”. ¿No será mucho? ¿Son suficientes diez años de distancia para declarar que una era es “icónica”? Tal vez, después de haber convertido a la nostalgia en un ítem trendy que atraviesa todas las esferas (no vamos a enumerar otra vez todo lo que pasó con la cultura vintage en lo que va del milenio), estamos ahora también asistiendo a la imposibilidad de esperar el paso del tiempo necesario para que se produzca una huella, para que cobren forma los recuerdos cálidos que generan añoranza o las ásperas melancolías. ¿Y si la “nostalgia cercana” es the new black?
Hasta hace un siglo largo, la nostalgia era cosa seria: podía provocar la muerte. Fue justamente con el paso al 1900 que el significado comenzó a cambiar, sintonizó con un imaginario de anhelo por las cosas del pasado y empezó a bastar con un olor, una imagen o una música para alcanzar ese estado. En exceso –advierte Tiffany Watt Smith, autora del Atlas de las emociones humanas, un volumen al que vuelvo cada vez que busco una explicación lisa y llana para cuestiones de los sentimientos, tan difíciles de asir–, la nostalgia puede inducirnos a ver un presente como insatisfactorio o un pasado idealizado que ya no está disponible, como esas historias de Instagram que se esfuman justo cuando queremos volver a ver. Sin embargo, “experimentar esa conexión repentina con un recuerdo crea un sentimiento de pertenencia, de identidad”. En estudios recientes, incluso, se sugiere casi como una suerte de terapia leer cartas o mirar fotos viejas, un talismán contra la soledad, la ansiedad, el desarraigo.
¿A qué olía 2016? No me acuerdo. No tenía Instagram, ergo no estoy en condiciones de romantizar como los millennials. Sí, en cambio, podría hacer memoria y cotejar con diversas fuentes que ese año pasaron cosas que nos dejaron marcas: un magnate bravucón ganaba por primera vez la presidencia del país más poderoso del mundo, los Panamá Papers acaparaban la atención periodística, surgía la mayor leyenda de la historia olímpica en el cuerpo de un nadador flacucho conocido desde entonces como el Tiburón de Baltimore, el Brexit localizaba al Reino Unido afuera de la Comunidad Europea. Recuerdo que mientras todos estaban atónitos con Patria, la novela de un vasco que se destapaba como gran revelación, yo no podía soltar la última entrega de la tetralogía de la enigmática Elena Ferrante, que discutíamos si estaba bien o mal que Bob Dylan ganara el Nobel, pero a las dos bandos nos conmovía que Patti Smith se pusiera nerviosa y se olvidara la letra “A Hard Rain’s a Gonna Fall” al recibirlo. Ese año morían David Bowie, Umberto Eco, Fidel Castro, Prince, Ettore Scola y Carrie Fisher, la Princesa Leia de Star Wars.
En lo personal, atesoro viñetas de un viaje a España y a Nueva York; de mi cumpleaños de 40 (con todas las mujeres de mi familia reversionando en el living de casa un humorístico Lago de los cisnes en mi honor); de los preparativos para la primera vez que mi hija fue una “egresadita”. Además, para noviembre, moría mi madre, por lo que nunca más ningún año podrá ser “el nuevo 2016″. Optimistas, agoreros, entonces, ¿para qué servía la nostalgia?








