
Aquel río que fluye
BODA EN EL DELTA Por Eudora Welty-(Alfaguara)-Trad.: César A. Gómez-363 páginas-($39)
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Inevitablemente, Eudora Welty (Jackson, Mississippi, 1909-2001) ha sido asociada con el "renacimiento sureño" norteamericano y la Nueva Crítica de Allen Tate, Robert Penn Warren o John Crowe Ransom, con el peculiar gótico devocional de Flannery O´Connor o con la trágica intensidad del ambiente represivo que William Faulkner convirtió en la cúspide de su arte. También se la ha vinculado con Carson McCullers o con Truman Capote, sureños de una generación posterior. Sin embargo, desde Boda en el Delta, Welty, en sus cuentos y novelas comenzó a diferenciarse de los demás narradores sureños por el honesto orgullo con que tematizó las costumbres de su zona, por la sutileza con que ciñó el trazado de los sentimientos, por la entrañable ingenuidad con que un puñado de espíritus precarios, sus personajes, enfrenta la impunidad del paso del tiempo. Sus ficciones (El corazón de los Ponder, Una cortina de follaje, Las manzanas doradas, entre otros) recrean y revisan el paisaje físico y anímico del Sur Profundo, en historias de seres excéntricos, a veces grotescos, tratados con simpatía, cariño y humor, en una radiografía madura y consciente de la mentalidad de los sureños. Las manzanas doradas, por ejemplo, a través de una serie de relatos, cuenta la relación de los habitantes de Morgana -una rara variante del faulkneriano condado de Yoknapatawpha- y sus extrañas paradojas, como si se tratara de una familia, anacrónica y venal, pero exenta de lazos de sangre.
Como en otros textos de la autora, los protagonistas de Boda en el Delta, los Fairchild, constituyen la gran familia que acepta su destino, que sobrevive en la medianía, que se desliza entre las sombras de sus propios proyectos vencidos y los reflejos del sol sobre el río. Pero no todo es languidez o decepción. Laura McRaven, una pequeña de nueve años, viaja en tren hasta la plantación de su familia en Shellmound, Mississippi, para participar de la gran boda que están preparando los Fairchild. Su prima, Dabney, de diecisiete años, se casará con el joven capataz, Troy Flavin. Para Laura, todo es un gran descubrimiento. Lo sencillo y lo cotidiano se hacen especiales y la profunda -casi sórdida- relación de los personajes con ese delta enigmático y fatídico es vista desde la mirada ingenua y fascinada de una chica que todavía no comprende que su destino también está trazado y que su futuro será similar al de su querida prima que se va a casar.
En Boda en el Delta, Eudora Welty demuestra una extraordinaria capacidad para describir lo recóndito y lo sutil de las emociones, en una narración con trazos poéticos y luminosos, cuyo lenguaje valora el silencio, las memorias íntimas, las distancias entre el pensamiento y el hecho. Sin embargo, no se trata simplemente del análisis sentimental de un grupo de personajes en las vísperas de una boda y en la boda misma. También es un examen de los recuerdos de un pasado marcado por una guerra perdida, una conflagración fantasmal de la que quedan lápidas gastadas, anécdotas repetidas y frustraciones susurradas a media voz.
Verdadero gran protagonista, el Delta del Mississippi es la exaltación de una naturaleza casi salvaje, pero permisiva a la hora de albergar a sus hijos dilectos. Casi como un dios, el río y su delta amparan a los personajes y protegen sus secretos, demarcan el territorio de la leyenda trivial, pero también de la poesía inesperada. Lo insignificante de la vida cotidiana, lo terrible del paso del tiempo sin cambios y sin perspectivas encuentra su gran metáfora en el fluir permanente del río. La familia Fairchild respira su decadencia, goza su rutina, es la beneficiaria y la víctima de su propio ambiente, de su propia concepción del mundo. Su provincianismo oscila entre un suave grotesco y una marcada melancolía. El odio y la ternura, la sorpresa y el hastío son las dos máscaras de un mismo rostro que rara vez asoma a la luz, oculto también por el sosiego de la tradición. Esa futilidad de la vida salva a los Fairchild de íntimas incertidumbres, que la pequeña Laura comienza torpemente a intuir.
Laura percibe con inquietud el amor entre Dabney y Troy, un amor hecho de momentos sensibles, de promesas de futuro, de breves encantos y fugaces caricias, pero que no puede disimular la angustia -o la sospecha- de la previsible monotonía.
En ese edén artificial existen, no obstante, la conciencia de la vida y del porvenir, la búsqueda primaria de la felicidad. Laura vislumbra de a ratos que incluso su propia mirada inocente y curativa no es suficiente para teñir de dulzura o amenidad la compleja y feroz simplicidad metódica del mundo de sus primos y sus tíos. El de Laura es un viaje hacia la experiencia, hacia la responsabilidad de comprender el mundo y soportar su horror. La figura del tío George, un individualista que quiere destacar lo mejor de los seres que lo rodean, aun contra su propia naturaleza escéptica, convalida y auspicia la inminente toma de conciencia de la muchacha. También decisiva para este aprendizaje es la tía Ellen, personaje central de la trama, la única que entiende que la boda de Dabney con el pobre Troy no es necesariamente un error, la única que puede confiar -siempre en silencio- en que el amor humano está capacitado para modificar el trazado insensible del destino.
Episódica pero dotada de sólida armonía narrativa, claramente influida por el mundo visual de la autora -Welty también era una excelente fotógrafa-, Boda en el Delta revela el deslumbrante talento de la escritora sureña para leer el trasfondo de las palabras y los hechos. Su dominio magistral del lenguaje es el que, en verdad, transforma ese delta suspendido en el tiempo en un espacio compasivo y sutil, tan lejos del infierno como del paraíso.


