
Arte: blanco sobre blanco
Con curaduría de Victoria Noorthoorn y diseño de montaje de la brasileña Daniela Thomas, El círculo caminaba tranquilo demuestra que hay otra manera de colgar y de mirar las obras; una rara alquimia entre Felisberto Hernández y Kazimir Malevich
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¿Puede una obra de arte destinada a la pared estar suspendida en el aire, desafiando las convenciones y los cánones museológicos? Puede. El recurso sorprendente es una serpentina aérea de la que cuelgan trabajos sobre papel de las colecciones del Deutsche Bank y del Mamba. Un cruce cargado de sentidos que pone en valor el patrimonio del museo de la avenida San Juan y la selección alemana, con curaduría de Victoria Noorthoorn y diseño expositivo de la artista y cineasta Daniela Thomas.
En la serpentina están los grandes nombres del siglo XX, parte del fabuloso corpus de casi 70.000 obras, entre papeles y fotografías, propiedad del Deutsche Bank. Con breves intermitencias se suceden las imágenes de Piet Mondrian, Louise Bourgeois, Josef Albers, Laura Lima, Otto Dix, Max Beckmann, Erik Beltrán, Vik Muniz, más los "locales" León Ferrari, Alberto Greco, Deira, Yente (Eugenia Crenovich), Marina de Caro, Marta Minujín, Héctor Giuffre y Guillermo Kuitca, entre otros.
La exposición fue exhibida originalmente en el Deutsche Bank Kunsthalle, de Berlín, entre noviembre de 2013 y marzo de 2014, como parte del programa de difusión del acervo del banco. Hablamos de una de las mayores colecciones del mundo de obras sobre papel, iniciada en 1970 en la huella de la tradición establecida por el gran Durero.
En la versión porteña, el guión ha sumado los estupendos trabajos del Mamba y va como ejemplo el clásico Mondrian que ilustra este comentario, donación de Ignacio Pirovano, sin duda un generoso y sabio benefactor del museo fundado por Rafael Squirru cuando promediaba el siglo XX.
Flotan las imágenes contra el fondo blanco de la sala con piso blanco y luz cenital blanca, mágicamente dispuesta. No habrá elogios del japonés Tanizaki porque Daniela Thomas se las ingenió para que no hubiera sombras. El deleite es la recorrida por un espacio blanco impoluto, a lo Malevich. Ese sinuoso y bello camino sembrado de imágenes tiene núcleos narrativos, abstractos, expresionistas y geométricos.
Deriva con naturalidad de la figuración al minimalismo, del gesto a la expresión de color en las obras magnéticas de Katharina Grosse y Gerard Richter; del desborde grotesco de Lucian Freud a la seducción de la línea que define los trabajos de Anna Maria Maiolino.
El papel concede esa cualidad sensible y cercana al mismo tiempo, propia de un soporte frágil asociado con las palabras. No en vano escribimos sobre papel. Cita Noorthoorn que en la génesis del proyecto curatorial está la frase del escritor uruguayo Felisberto Hernández, "el círculo caminaba tranquilo", tomada del cuento "Genealogía".
El círculo es también una forma de recorrer la obra y envolverla con la mirada en su dimensión aérea. Un cuadrado suspendido sobre fondo blanco, como quería Malevich, resulta un recurso físico para cumplir con una de las tareas del curador: "Hacer hablar a las imágenes", según confiaba Jaume Vidal Olivares a propósito de la muestra consagrada a Malevich en la Caixa, Barcelona, en 2006.
Esa línea se despliega en el espacio, liberada del corsé de la arquitectura, y nos obliga a mirar de otra forma; a establecer una conversación que va y viene, a partir del iniciático "llamamiento a imaginar". Pero también, ese laberinto de apariencia frágil se convierte en un lugar de confort; un lugar para estar acompañado, por ejemplo, por el trazo inconfundible de Virginia Chihota, nacida en Zimbabwe en 1983. Prodigiosa.
Victoria Noorthoorn, directora y responsable de esta nueva era del Moderno, tras una ampliación demorada más allá de toda lógica, sigue atenta al valor inspirador de la palabra. Fue en la recordada Bienal de Lyon (2011) donde tomó como leitmotiv el verso de W. B. Yeats: "Una terrible belleza ha nacido", y lo ilustró con la imagen dual del mexicano Erik Beltrán. Beltrán ya es parte del "equipo", como Marina de Caro, una de las artistas preferidas de la curadora. Mención aparte para el trabajo del brasileño Artur Lescher (donado al museo), eficaz y provocativo prólogo de lo que vendrá. Y otra para el espacio expositivo del subsuelo. Las dimensiones son perfectas para una muestra que exige intimidad e invita al silencio.
El diálogo de obras de la colección del Deutsche Bank con la colección del Mamba confirma la calidad de nuestro patrimonio y la necesidad imperiosa de expandir los metros de exhibición para que la colección permanente ocupe su lugar, sin perder el programa de muestras temporarias, necesario imán para los visitantes nuevos y los de siempre.
Si se cumplen los planes previstos por la actual administración, en breve el Mamba contará con más salas sobre la esquina de la calle Defensa y estrenará su cafetería. Como todos los grandes museos del planeta tendrá una agenda de actividades de "tiempo completo".



