Arte: La Mona Lisa en la Villa 31

El autor de esta nota relata la experiencia en el barrio de Retiro que vive en estado de construcción permanente; su testimonio alumbra la idea de una transformación a través de la enseñanza, y la posibilidad de compartir tiempo y sueños a partir de un primer mate; vivir la creación como la capacidad plena de libertad
Leopoldo Estol
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29 de noviembre de 2013  

Muchas veces me encontré hablando con mis padres acerca de las actividades cotidianas y me topé con la siguiente situación: "¡Hola, pa! Sí, todo bien. Acá ando. ¿Qué hago hoy? En un rato voy a la villa". Como respuesta, obtenía una mezcla de extrañeza y estupor. Porque para una buena parte de la sociedad los barrios humildes siguen asociados a lugares que no se quiere conocer. Sea por miedo, por indiferencia o porque uno no encuentra qué hacer allí. Ése es el caso de mis padres.

En mi acercamiento a estos barrios mucho tuvo que ver el arte. Fue una invitación por partida doble la que me hicieron en 2009. Carlota Beltrame me propuso dar un taller en Tucumán; la actividad consistía en pensar ejercicios para niños y luego planear una acción colectiva que lograra fusionar el espíritu del taller con un espacio público. Más precisamente, un cruce de calles de tierra del barrio Trula.

Unas semanas después, mientras me encontraba cursando un taller en el Centro de Investigaciones Artísticas, apareció un urbanista nacido en Guatemala que, al ver el distrito de las galerías, señaló los terrenos aledaños a Retiro donde se encuentra emplazada la famosa Villa 31. "¿Cómo no conocen este sitio, si ustedes andan permanentemente por esta zona?", preguntó. Y el taller rápidamente se montó en un subte para superar esa deuda. Teddy Cruz, nuestro guía, era esencialmente un turista. Así y todo, marcó nuestro camino.

Armamos un equipo espontáneo que tuvo como principales reincidentes a Laura Códega, Paula Massarutti, Dudú Quintanilla, Osías Yanov y Renata Lozupone. Al principio caminábamos por la villa sin una misión definida, con un espíritu más situacionista, pero esa deriva sí tenía un horizonte cierto. Ese horizonte era la calidez de los vecinos que narraban sus propias historias, a través de las cuales empezábamos a construir la historia más grande, la de todo un barrio.

Dos cosas nos llamaron la atención de inmediato: una fue la precariedad, la ausencia de cemento en las calles. Un orden instituido sin institución, en un estado de construcción permanente. Eso generaba situaciones de yuxtaposición excitantes en lo edilicio; en lo micro, se reflejaba en el collage abundante e inesperado de texturas y olores. La segunda fue la profunda hidalguía de la gente de la villa para forjarse a puro esfuerzo su propio destino.

Empecé a dar clases para niños cuando sentí que necesitaba conocer más a la gente. No me alcanzaba con compartir un mate. Entonces abrí mi intimidad creativa con sus euforias y sus tristes vacíos. Y si bien no fue fácil (más bien fue la experiencia más extenuante de mi vida), al final del día me iba satisfecho, ya fuera por la chispa genial que abunda en algunos niños o por sentirme realizado al completar mi periplo y poder devolver algo de todo lo que a mí me dio el arte.

Carlos y su hermano eran demonios y lo constataba cada vez que los miraba. Pintaban con vehemencia y frenesí un papel tras otro hasta que por fin, para mi indignación, mezclaban todos los colores de la paleta en un marrón agrisado francamente repudiable. Casandra encontraba en el taller un rato en el cual plasmar sus fantasías de niña con acrílicos y probar nuevas técnicas, sin el apuro del colegio.

Como profesor tuve días más inspirados que otros. Una vez llevé la colección de billetes de mi familia y les pedí que los examinaran, que los miraran muy bien. Había billetes de varias épocas y países del globo. Les sugerí que inventaran su propia moneda. Otro día la pregunta apuntó a los colores: a liberarlos de los objetos, las ropas y las personas que los portan. El ejercicio trataba de sumergirlos en el rojo y ver cuán profundo era. Un día trajimos a La Mona Lisa a clase y, previa presentación y cuento, nos pusimos a retratarla.

Nos dimos cuenta con los otros profes (Valeria, Chicha y Nina) de que los niños son felices en su pequeño espacio dentro de la ciudad, aunque ellos no sepan aún que están siendo estigmatizados. Su potencia creativa permanece intacta.

Uno de los postulados de Joseph Beuys era que en la naturaleza humana está el arte como una capacidad plena de cada individuo, y que son saberes que no se deben guardar como un trofeo en una repisa. Se descubren y redescubren con intensidad, frescura. Y también agotamiento.

Estoy esperando que mis padres me pregunten: "¿Cómo es ir a la villa?" Es hermoso, es muy movilizante y, sobre todo, es una deuda de la ciudadanía conocer estos espacios que han tenido una suerte social diferente y que gozan de una cultura y un sabor propios.

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