Así en la tierra como en el cielo
A los 66 años, Ernesto Pesce confiesa que ha vivido y sigue creando; da su testimonio en la muestra que cierra mañana en la sala Cronopios
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Hijo, nieto y bisnieto de artistas y artesanos piamonteses, Ernesto Pesce encarna, como pocos, esa noble estirpe que engendró el arte argentino. Fue mucho antes de las ínfulas esotéricas que hoy imperan y contribuyen a la confusión general en materia de cultura. Pesce, porteño de Villa Urquiza, nacido en 1943, sabe de la nobleza del oficio, sin la cual es imposible encarnar conceptos, emociones, certezas, utopías, sueños. Es, por lo tanto, un auténtico cronopio.
Amante de Buenos Aires, precoz consagrado en las vanguardias setentistas del Premio De Ridder, Pesce se hizo cargo de la herencia inmigrante que en su caso no ha sido óbice sino acicate del desarrollo personal. La muestra del pintor, grabador y escultor Pesce en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta fue curada por María Teresa Constantin y se ocupa de las vividurías (feliz término sobre Pesce acuñado por Antonio Requeni), de lo realizado en la última década.
Está compuesta por las series No podrás ocultar tu siembra , Círculos y circuitos , Algunos caminos que conducen a la fortaleza , La deriva , La muralla china , Pequeños paisajes apaisados , Ulises y Erótica . Cada serie está presidida por una obra de años anteriores que, a modo de fermento, alcanza en la nueva producción otras dimensiones a la vez que aplica nuevos recursos técnicos en función de la expresión plástica.
No se trata en modo alguno de citarse a sí mismo. Pesce es intuitivo y consciente, reflexivo al mismo tiempo que ejerce una bienvenida autoironía de porteño que "no se la cree", aunque se hace responsable de sus dichos, actos y obras.
Y es portentoso cuánto y qué produjo en estos años signados por la pérdida de Mariana Schapiro, su esposa y madre de Julián y Facundo, y por la alegría que aportó su nieto Vito, hijo de Malena, su primogénita del matrimonio de Pesce con Eloísa Marticorena. Toda la familia está imbricada en la trama de esta obra que se renueva, se expande sin perder su identidad. Los afectos son la constelación íntima de Ernesto Pesce, ese meollo desde el que organiza los derroteros vitales. Las obras son las singladuras de esa bitácora creadora consciente de la peripecia y el rumbo intuitivo que se templa en el andar.
Le sirve de guía la Cruz del Sur. Porque Ernesto Pesce es de aquí, del ahora y entre nosotros. Muy temprano advirtió esa trama autóctona, hecha de nostalgias de tierras lejanas, de mestizajes y mixturas contradictorias, fecundas, singulares. ¿A qué dar nombres que sólo se referirán a los insignes cuando el germen está abonado por miles de seres anónimos pero imprescindibles? De todo esto se apropia la identidad argentina, aún arisca al marbete clasificador que la clasifique y la sitúe en algún anaquel mientras acumula polvo.
Cada molécula de la obra y de la vida de Ernesto Pesce está viva, palpita, sufre, goza y sueña al mismo tiempo que opera en procura de concretar sus sueños. En 2001 mantuvo largos diálogos con Raúl Santana, crítico, curador y poeta. Fue su cómplice necesario para un libro que resume las afinidades y los matices de disenso que, tal vez, los unen aún más. A ese texto debe remitirse quien desee profundizar y conocer en detalle los antecedentes de la muestra actual en Recoleta.
La pluralidad de recursos incorporados a la batería técnica del artista exige pormenores y precisiones farragosas para el público no necesariamente informado de la cocina de autor. Para los avezados, sería una lata innecesaria y pedante, uno de los pocos pecados irredimibles. Hay quienes que, ante una sonrisa, discriminan los músculos puestos en juego en un gesto de complacencia y gozo, pero al término de la erudición anátomica, fisiológica y psicológica, decía Antoine de Saint-Exupéry, la sonrisa ya se desvaneció.
Conviene, pues, acercarse a este diario de viaje con espíritu abierto y sin preconceptos. Ernesto Pesce hizo lo suyo y al público -del que formo parte- corresponde mirar y mirarse en este espejo que nos ofrece compartir, según nuestra medida y capacidad empática.
La exacta curaduría de María Teresa Constantin, el aporte del crítico Julio Sánchez al catálogo impecable diseñado por Marius Riveiro Villar y la labor de los equipos del Centro Cultural Recoleta aseguran provecho y gozo que se deben agradecer.
© LA NACION
FICHA. La Deriva , pinturas de Ernesto Pesce , en el C. C. Recoleta (Junín 1930). Mañana, día de cierre de la muestra, el artista dirigirá una visita guiada a las 17
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