Asumió Bellucci en el Museo de Bellas Artes
Dirigirá la etapa de transición
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Aplausos, sonrisas y abrazos dieron marco ayer a la asunción de Alberto Bellucci como director provisional del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA).
Unas cien personas se dieron cita en la sede de la institución, en Recoleta, para acompañar a Bellucci en el acto de la toma de posesión. No hubo lágrimas ni emociones desmedidas, pero la alegría se colaba por todos lados, pese a la formalidad del asunto.
A las 19.10, el flamante director, que desde ayer reemplaza al polémico Jorge Glusberg, ocupó su lugar en un improvisado escenario, flanqueado por el secretario de Cultura, Torcuato Di Tella; la subsecretaria, Magdalena Faillace; el director de Patrimonio y Museos, Américo Castilla, y la presidenta de la Asociación de Amigos del MNBA, Nelly Arrieta de Blaquier.
Detrás de los cuatro, la Tierra y la Luna, de Rodin, jugaban su eterno juego de mármol, ajenos a la importancia de un acto que no se repetía desde hace casi una década en el museo de color salmón, cuando asumió el último -ahora penúltimo- director.
Aplausos
Primero, un locutor leyó las notas de renuncia y designación, resaltando los nombres de Di Tella y Bellucci, que arrancaron fuertes aplausos, y del saliente Glusberg, que hizo agitar insistentemente las palmas a una señora de pelo teñido. Luego, la subsecretaria de Cultura dijo sentirse conmovida por lo que estaba ocurriendo, antes de destacar las condiciones éticas y el buen trato con el prójimo del director entrante.
"Alberto [Bellucci] no va a destruir nada de lo bueno que se hizo", dijo. E hizo votos por la transparencia del próximo concurso para elegir al director definitivo.
A su turno, el secretario Di Tella, tras advertir que su discurso sería breve, tuvo un reconocimiento para Glusberg al destacar: "Acá hubo diez años de creatividad y grandes exposiciones". Enseguida se lanzó a relatar un mito del antiguo Egipto, con Osiris y balanza de la Justicia incluidos, para explicar de qué manera serían evaluadas las gestiones saliente y entrante, y abogó por un rápido llamado a concurso para elegir un nuevo director. "Me encantaría que se presentara Bellucci, pero no quiere", se lamentó.
Por último habló el personaje central del acto. "Este museo es un barco muy difícil de pilotear, navegando en medio de una tormenta con vientos encontrados", dijo Bellucci, antes de aclarar que no es interventor ni sumariante: "Simplemente, alguien que manejará la transición para llegar a buen puerto". Prometió revalorizar el patrimonio del museo, organizando exposiciones rotativas, y dedicar las mejores salas -la 29 y la Hirsch- al arte argentino, lo que desató los aplausos más entusiastas de la noche. Además, pidió a las autoridades que lo designaron que su gestión fuera corta y que no lo atosigaran.
Para cuando llegó la hora del brindis, Bellucci ya estaba subido a la grupa de "ese potro difícil de domar", como definió recientemente al museo que ahora dirige.



