Bares de verano
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Las mañanas de verano en Vicente López son espectaculares porque los vecinos se fueron de vacaciones. Los bares están desiertos. Siempre hay medialunas para desayunar. Hay silencio. ¿Por qué hablamos tan fuerte en público? No se escuchan videollamadas ni excusas ajenas. ¿Por qué entre los adultos no se adoptó aún esa práctica de los más jóvenes de usar auriculares? También se tiene asegurado el diario en papel. No hay competencia; casi no hay parroquianos. Hasta la acústica es distinta. Se escucha claro el silencio y refrescante el ventilador. Y se pueden seguir las conversaciones de mesas vecinas. No se mezclan las palabras, se pueden interpretar hasta las inflexiones de voz. Dos señoras mayores se encuentran y comparten sus novedades de la semana. “Te queda bien ese color de pelo”, le lanza una a la otra mientras se saludan. “Con lo que pagué, mejor que le guste a todos”, justifica la elogiada. Y sin mediar pregunta, revela: “Entre el color, el lavado, el corte, el peinado y la propina pagué $120.000. Se acabaron los caprichos del mes”. El consuelo de la amiga impacta: “Reabrió la granja de la vuelta de casa, andá ahí a comprar. Tiene el maple de huevos más barato del barrio”.








