
Belleza de la fragilidad
TOKIO BLUES Por Haruki Murakami-(Tusquets)-Trad.: Lourdes Porta-384 páginas($ 38)
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Existen dos grupos de obras bien diferenciadas en la narrativa del japonés Haruki Murakami (Kyoto, 1949): por un lado, las narraciones ligeras, cuya lectura fluye con facilidad (Sputnik, mi amor o muchos de los cuentos de The Elephant Vanishes); por el otro, las narraciones densas, extensas, de estructura compleja, como es el caso de la monumental Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.
Tokio Blues (cuyo título original, Norwegian Wood, copia el de una celebrada canción de The Beatles) pertenece al primero de esos grupos. El tono en apariencia gratuito del comienzo (Toru Watanabe, un hombre de 37 años, acaba de llegar en avión a Hamburgo y al escuchar casualmente una melodía se retrotrae al pasado) va adquiriendo espesor, sin embargo, conforme descubrimos la historia de su primera juventud. Watanabe, estudiante universitario a fines de la década del sesenta, quedó marcado por el suicidio de Kizuki, su único amigo de la adolescencia. Esa experiencia le otorga al narrador una lucidez que lo vuelve extremadamente vulnerable, como si hubiera sido proyectado a otra dimensión en la que percibe, con claridad deslumbrante, el dolor propio y el ajeno.
Años después del suicidio incomprensible del amigo, Watanabe comienza a mantener una culpable y tortuosa -aunque de apariencia serena- historia de amor con Naoko, novia de aquél y aquejada por una frágil salud mental que la obliga a internarse. Este núcleo narrativo se desdoblará en otros dos: la relación con Midori, más rebelde y liberada (pero no por ello menos compleja), que como Watanabe ha logrado sobrevivir a la muerte de su madre y el supuesto abandono de su padre. Y por último, la aparición de Reiko, que por propia voluntad toma a su cargo el cuidado de Naoko en la singular clínica en las montañas donde ambas se encuentran buscando su cura. Reiko, mayor que el resto de los personajes, con su perturbadora historia personal a cuestas, funciona como efectivo contrapunto de la ansiosa inexperiencia juvenil ejemplificada por Naoko y Midori, mujeres hermosas por hipersensibles, inadaptadas y freaks.
Watanabe y las dos muchachas son adolescentes tardíos, fragilizados por experiencias dolorosas. Todos ellos se encuentran al final de una etapa, el momento en que deben decidir qué clase de vida habrán de llevar en el futuro. Se plantea entonces esta disyuntiva: vivir una vida normal, es decir, trabajar en una transnacional japonesa, construir una familia y empeñar su vida en aras del ascenso empresarial o encarnar eternamente la figura del outsider. El tema de la muerte de los seres queridos y la fugacidad de la vida, que en las otras novelas de Murakami no es tan relevante, se despliega aquí con una intensidad ensordecedora que contagia el estado anímico del lector. Tokio Blues no solamente narra el paso a la edad adulta, sino a la madurez que se adquiere cuando uno se enfrenta de cerca con la muerte -ya sea de un hermano o de la pareja- con la pérdida y la imposibilidad del permanecer. En esta novela, Murakami describe los hechos cotidianos -incluida la naturaleza- con una sensibilidad que los hace parecer excepcionales, como si tuvieran conciencia de su inminente desaparición.
Después de un largo periplo a través de más de un escenario -en los que la música pop opera como perpetuo telón de fondo-, Watanabe llega a la conclusión de que ni la verdad ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar ese dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva de nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso. Tokio Blues, novela triste y lacerante, fría y al mismo tiempo emotiva, recurre a un tipo de belleza que no se ve en las revistas de moda o en los avisos comerciales: la belleza de la fragilidad humana, de las cicatrices emocionales.




