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Cuando tenía unos trece años, empecé a salir con un grupo de chicos que se reunían habitualmente para hacer largas excursiones por las montañas cercanas a Seattle. Nos conocimos siendo boy scouts. Hacíamos mucho senderismo y muchas acampadas con nuestra tropa, pero muy poco después formamos una especie de grupo separado con el que salíamos a hacer nuestras propias expediciones —y así es como las considerábamos, expediciones—. Queríamos más libertad y más riesgos que en las excursiones que nos ofrecían los Scouts.




