
“Blair ganará, pero perderá bancas”, dice Timothy Garton Ash
El análisis del periodista y catedrático,un día antes de las elecciones británicas
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OXFORD.– Tres señoritas muy pulposas en topless sostienen carteles que resumen, con obvios guiños al lector, las plataformas políticas de los tres principales partidos de Gran Bretaña. Nadie se escandaliza con esta página central ni con la promesa de ir poniendo en tapa a la que represente el partido que encabece las encuestas del día –después de todo, chicas con sólo la parte inferior del bikini son un clásico en el tabloide The Sun–, pero Timothy Garton Ash va un paso más allá. Para el director del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Oxford las tres chicas son “un comentario fiel” sobre las inminentes elecciones británicas.
“Allá en la década del 60, cuando había grandes diferencias ideológicas, algo así hubiera sido impensable. Pero ahora hay tan poco que elegir entre los partidos que este tipo de parodia es perfectamente aceptado. De hecho, la única decisión que importa para Gran Bretaña ni siquiera la tomarán los británicos en las urnas: ¡la tomarán los franceses, el 29 de este mes!”, dice a LA NACION este profesor y periodista, considerado uno de los cien personajes más importantes del mundo en 2005 por la revista Time. Garton Ash alude al referéndum sobre la Constitución Europea, que se hará en Francia a fin de este mes.
Es la hora de comer en St. Anthony´s, el college de la Universidad de Oxford. Allí Garton Ash ha organizado una conferencia internacional sobre europeización y americanización. El menú del comedor es "típicamente inglés, pero con toques europeos, para la ocasión", aclara en el brindis, obviamente, recién llegado de Bruselas. Con el mismo buen humor, invita luego a pasar a otro salón "a tomar lo que sólo los británicos llamamos café, aunque, por supuesto, siempre habrá más alcohol" y, en uno de sus pocos momentos libres, explica a LA NACION sus sorprendentes palabras.
"En estas elecciones, unos prometen subir los impuestos un poquito; otros, bajarlos un poquito; unos, limitar la inmigración un poquito; otros, un poquito más. Todos quieren más policías, mejores escuelas y un mejor servicio de salud. Que gane un partido u otro no cambia básicamente nada: el único tema importante en la política británica es si seguimos viéndonos con un lugar en la Unión Europea o no, sobre lo cual ningún político abre la boca", señala el autodenominado "historiador del presente", cuya estampa está siempre presente en los medios de prensa, con su barba inmaculada y su camisa rosa furioso.
"Si en su referéndum los franceses votan por un sí a la Constitución Europea, tendremos que tomar la misma decisión en nuestro país. Si votan que no, no vamos a tener que enfrentarnos con esa decisión y se abrirán las puertas para que Gran Bretaña vuelva a tener un papel de liderazgo en Europa", agrega el autor de "Mundo libre. Europa y Estados Unidos ante la crisis de Occidente", de flamante traducción al castellano (Tusquets).
-¿Y usted qué quisiera que votaran los franceses?
-¡Por el sí, definitivamente! La Constitución es un documento imperfecto, de muchas maneras, pero si no se la acepta nos esperan dos o tres años de una Europa dedicada exclusivamente a mirarse el ombligo. Justamente en un momento en que la administración de Bush por primera vez está tomando en cuenta seriamente la opinión de la Unión Europea, esto sería desastroso.
-¿En serio le parece que Bush está acercándose a Europa, o son gestos inconsecuentes?
-Sí; está absolutamente claro el giro de Bush en política exterior, en esta segunda presidencia. Su primer viaje, recién reelegido, fue a Bruselas, y el tono de su retórica hacia Europa cambió radicalmente. En mi libro, yo cuento un viaje que hice a Washington en mayo de 2001, invitado junto con un reducido número de personas para hablarle al entonces flamante presidente norteamericano sobre Europa. Una de las primeras cosas que hizo Bush entonces fue preguntarse en voz alta: "¿Pero nosotros realmente queremos que la Unión Europea salga adelante?" Y para varias personas de su entorno la respuesta era que no. Hoy todo su entorno le daría la respuesta contraria: se han dado cuenta de que no pueden manejar el mundo solos y que necesitan un compañero de ruta.
-¿Y qué hay del otro lado? ¿Los europeos quieren un mayor acercamiento o quieren construir una Europa como contrapeso al poder norteamericano?
-Incluso Chirac y Schröder se han dado cuenta de que tener tan malas relaciones transatlánticas (recuerdo haber visto en los Estados Unidos calcomanías en los autos que decían: "Primero Irak, después Francia") va en su contra. Hay cierta voluntad de enmendar las cosas de este lado también. Si bien no es que nos besaremos y nos olvidaremos de todo lo pasado, al menos está la intención de trabajar juntos en una pequeña luna de miel transatlántica. Sin embargo, ciertos temas, como las distintas actitudes respecto de Irán y las armas nucleares y el fin del embargo de armas a China, son, literalmente, explosivos en potencia. Por eso hay buenas posibilidades de que la relación se amargue nuevamente con facilidad. La tesis de mi libro es que no hay razón por la que Estados Unidos y Europa tengan que divorciarse. No sólo el mundo los necesita juntos, sino que la mayoría silenciosa de los europeos lo siente así también.
-Sin embargo, en España, Rodríguez Zapatero no deja pasar oportunidad de hacer público su antinorteamericanismo.
-España es un caso interesante. Para empezar, demuestra lo absurdo de la distinción de Rumsfeld entre una nueva y una vieja Europa. ¡España pasó de ser Nueva Europa a Vieja Europa en sólo 24 horas! Creo que Zapatero no está siendo bien asesorado y que su actitud es contraria al interés español en el mediano y largo plazo. Mientras tanto, si bien no parece que Bush vaya a enmendar las cosas con Zapatero, siempre queda Javier Solana, el Señor Política Exterior Europea, que ha estado esperando diez años esta oportunidad de una manera bastante efectiva.
-Entonces, ¿no hay diferencias irreconciliables?
-Estamos en situaciones históricas y de poder distintas y, por eso, actuamos de manera diferente. Pero si uno mira los grandes problemas que enfrenta el mundo hoy, sean Medio Oriente, la China emergente, la división entre Norte y Sur, y luego mira cuáles son los intereses europeos al respecto y cuáles son los intereses norteamericanos, surge que, si bien no son idénticos, coinciden en lo fundamental. Si dejáramos de fijarnos en tonterías y analizáramos tranquilamente nuestros intereses, fácilmente actuaríamos en forma conjunta.
-Y en cuanto a Gran Bretaña, si pertenecer o no a la Unión Europea es el único tema realmente importante, ¿por qué ningún candidato habla de Europa en sus discursos?
-Porque a los tres principales partidos les aterra el tema. Los conservadores perdieron las últimas elecciones generales porque pusieron a Europa como uno de los ejes de su plataforma, con lo cual dividieron a su electorado. Los laboristas saben que hay muy pocos votos que puedan ganar tomando el tema de Europa para sí. Y los demócratas liberales saben que su visión muy abiertamente pro europea puede repeler a su ala más conservadora, al punto de hacerla abandonar el partido. Así que del único tema que importa nadie habla, y la decisión será de los franceses.
-¿Es bueno o malo que no haya grandes diferencias entre las plataformas de los tres principales partidos británicos?
-No se trata de una peculiaridad británica. Es una característica saliente de la mayor parte de las democracias europeas desde el fin de la Guerra Fría, y una de las razones por las cuales la cantidad de gente que vota está disminuyendo prácticamente en todos los países en los que el voto no es obligatorio. En esta era postideológica, la política no trata sobre sistemas alternativos de gobierno, sino sobre variaciones dentro del capitalismo democrático, a diferencia de lo que ocurría a lo largo de la mayor parte del siglo XX. Los apáticos, entonces, tienen cierta razón en su falta de interés. Ahora, cuando uno lo advierte no puede evitar preguntarse si es para esto que tantas generaciones de demócratas británicos lucharon desde el siglo XVII. ¿Para esto hacían campaña las sufragistas? Pero la respuesta es que, en cierta manera, sí. Una elección pacífica, aburrida y banal entre distintos candidatos, sin consecuencias dramáticas gane quien gane, sería precisamente el sueño de los habitantes de Zimbabwe o de Burma. Pero, a la vez, como esto implica que pocos se molestarán en ir a votar, la democracia británica está siendo víctima de su propio éxito.
-¿Cuál cree usted que será el resultado de estas elecciones en Gran Bretaña?
-Tendremos a Blair nuevamente, eso sí, con una mayoría reducida en el Parlamento. Pero creo que la cuestión interesante para observar será cuántos asientos consiguen sacarle los demócratas liberales al laborismo y a los conservadores. Porque si les sacan los suficientes, no en estas elecciones, pero sí en las próximas, podrán exigir un cambio en el sistema electoral, para que sea de representación proporcional, lo cual cambiaría la estructura de la política británica.
-¿Y cuál cree que será el resultado del referéndum en Francia?
-Creo que los franceses votarán por un "no" a la Constitución Europea. No puedo creer estar diciendo esto, ¡Francia, la pionera de la integración europea! Pero todas las encuestas de opinión serias apuntan en esa dirección y las figuras dinámicas de la política francesa parecen estar del lado del "no". No es lo que yo prefiero, pero va a ser mucho más fácil para Gran Bretaña jugar, entonces, un papel constructivo, e incluso existe un antecedente. Hubo un momento en la década del 50 en el cual el Comité de Defensa Europeo, creado por Francia y Alemania, no pudo ser acordado, y entonces Gran Bretaña se metió y dijo: esto y esto es lo que tenemos que hacer. Y salvó la situación. Esta es una oportunidad similar, porque si los franceses votan por un "no", pase lo que pase en el resto de los países, la Constitución está muerta y hará falta algo, alguna versión simplificada para que la cosa siga funcionando. En eso nosotros hemos probado que podemos ayudar.
-¿Hay un desencanto bastante generalizado con la idea de Europa?
-Yo creo que estamos viviendo un momento extraordinario en la historia de Europa. Nunca tuvimos un período en el que la mayor parte de los Estados del continente fueran democracias unidas en una alianza, conformando una comunidad económica y política. Si bien ahora todos tiramos abajo la idea y miramos con cierto cinismo a la Unión Europea, es realmente una situación extraordinaria que países que fueron a la guerra entre sí durante siglos hagan a un lado sus diferencias y miren al futuro juntos. ¡Imagine si lo mismo pasara en América latina, Africa o Asia! A pesar del pesimismo, la ocasional alarma y las continuas palpitaciones que nos trae, no debemos olvidar que, de hecho, Europa está viviendo un momento de un optimismo único en su historia.
-¿Qué papel juega América latina en este escenario mundial?
-Es una pregunta muy importante. Si uno mira el mapa de los países libres, lo que se ve son dos grandes bloques: Europa y las democracias anglohablantes (aquellas ligadas, de alguna manera, con Estados Unidos o Gran Bretaña, como Nueva Zelanda, Canadá e India). Luego hay otro gran bloque, conformado por la mayor parte de los países de América latina. Las democracias que están fuera de la concepción tradicional de Occidente, como las de América latina, son increíblemente importantes para lograr, por ejemplo, políticas efectivas respecto del Tercer Mundo. Me gustaría ver que esto que llamamos "la comunidad de democracias" alguna vez haga algo. Aunque sea, comportarse como un verdadero grupo en las Naciones Unidas.
-¿No teme que, dado el antinorteamericanismo de la región, propuestas loables sean descartadas sólo por ser norteamericanas?
-Eso bien puede ser cierto. Hay un problema serio, que es que como la administración Bush habla tanto sobre la democracia, se corre el riesgo de darle a la democracia un mal nombre por dejarla asociada exclusivamente con las políticas norteamericanas. Mi solución para eso es que todas las otras democracias del mundo deberíamos hablar de democracia también. La administración de Bush debería hablar un poco menos de democracia y un poco más de justicia social, cambio climático y demás.
-Una pregunta más personal: en vez de permanecer en la torre de marfil del mundo académico usted es una presencia constante en los medios de comunicación, algo bastante más francés que anglosajón. ¿Qué límites existen para el "intelectual público"?
-Yo siento apasionadamente que estar en los medios es algo que los intelectuales debemos hacer. Me llamo a mí mismo un spectateur engagé y, como Aron, no siento que deba pedirle disculpas a nadie por ser tan parte del mundo académico como del periodístico. El único límite que nunca cruzaría es el de la política partidaria, la cual corrompería mis opiniones, porque creo que sigue siendo válida la definición clásica del trabajo del intelectual público, que es cantar las verdades a aquellos que detentan el poder.


