
Botiquín artístico para días grises
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En un tema de Kamikaze, de 1982, Luis Alberto Spinetta canta —permítase el verbo en presente; los artistas son eternos— que “la lluvia borra la maldad y lava todas las heridas de tu alma”. La canción se llama “Quedándote o yéndote”, y como el Flaco es el Flaco, siempre quise creer que eso era cierto. Así, por décadas, no hubo vez alguna en que me tomara un momento detrás de un vidrio para ver el agua caer en que no pensara en ese adagio, con la convicción profunda de que toda tormenta sería, inexorablemente, el preludio de cielos propicios.
Pero debo admitir que, en el último tiempo, a raíz de unas cuantas tempestades familiares, me cuesta sostener el maravilloso proverbio spinetteano. En su lugar escucho ahora en mi cabeza otras máximas artístico-climatológicas menos ilusionadas, más cercanas al “Llueve sobre mojado”, de la dupla Joaquín Sabina-Fito Páez (“todos los sábados son martes y 13”), o al ahogo de aquella “A mí la lluvia no me inspira”, de Antonio Birabent, que lejos del romanticismo describe por lo llano eso de sentirse “mojado, aburrido y amargado” cuando el agua (léase: el destino) se ensaña con uno.
Sin embargo, como todos los generación X crecimos con aquello de “retroceder nunca, rendirse jamás” —el nombre de una película de los 80 en la que un joven karateca descorazonado se enfrenta a un ruso maléfico encarnado por Jean Claude Van-Damme y triunfa gracias a la ayuda celestial de su ídolo, Bruce Lee—, rebusco de inmediato en la caja de herramientas emocionales y encuentro que, además de la inquebrantable gente cercana, además del psicoanálisis, el arte es la constante que permanece al rescate.
Así que me propuse un mínimo ejercicio distractivo —no sea cosa de caer sin fondo en el rol de víctima— y le pedí a un variopinto grupo de seres queridos que me cuenten a qué películas, o a qué discos, echan mano para sentirse a resguardo en medio de sus temporales. He aquí, algunos de los salvavidas artísticos que llegaron como respuesta: Xanadú (una obviedad. Cualquier film que tenga a Olivia Newton-John y Gene Kelly en su elenco hace bien al alma), Cuando Harry conoció a Sally (ah, el amor…), Laberinto (claro, David Bowie es patrimonio de la humanidad), la delirante sátira de Martin Scorsese After Hours (¿qué otra cosa le puede ocurrir a ese pobre oficinista en el transcurso de una noche?), West Side Story, Cuatro bodas y un funeral, Mi vecino Totoro, Cuenta conmigo (la fuerza de la amistad) y Forrest Gump (seguir siempre adelante… “¡Corre, Forrest… Corre!”).

Otros hablaron de series —Seinfeld y Friends a la delantera— y algunos de música: el disco Off The Wall, de Michael Jackson; “algo de Prince”, los temas “Sin disfraz”, de Virus, y “I Was Made for Lovin’ You”, de Kiss.
Comparto varios de estos salvamentos (Seinfeld, en especial. No hay forma de pensar en el falso emporio Vandelay Industries sin soltar una carcajada), pero tengo mi ayuda de cabecera. Mi botiquín emocional contiene un film que vi por primera vez a los nueve años, que amé entonces y sigo adorando hoy: Tootsie, de Sydney Pollack. Todo en él funciona como antídoto para días grises: la mirada cálida de Dustin Hoffman, el mundillo de los actores, Nueva York en los 80, la empatía de género en tiempos en los que nadie hablaba de ello, eso de “ponerse en la piel” de una mujer —dato maravilloso: Hoffman contó en varias entrevistas que, cuando se vio transformado en una chica, lloró por no sentirse “lo suficientemente hermosa” según los mandatos sociales—. Y, por si faltaba algo, ese leit motiv romántico de “It Might Be You” cantado por Stephen Bishop, que suena cuando el protagonista mira de lejos a Julie (Jessica Lange) y entiende que ya está, que la encontró, que no va a haber nadie como ella.
Son 116 minutos. Todo es ficción. Es apenas una película. Y sin embargo, cuán a resguardo puede sentirse uno por un rato. Bienvenido sea.


