
Caballos en su paisaje
Adriana Zaefferer ha llegado a pasar largas temporadas en el extranjero, así Europa como los Estados Unidos, solicitada por su excepcional capacidad de inmortalizar la imagen de los más famosos caballos y yeguas de carrera
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Es larga la tradición simbólica del caballo en el continente euroasiático y luego en América. A los caballos con nombre propio como el Bucéfalo de Alejandro Magno o el más real que la realidad misma, el Rocinante que acompañó en aventuras y desventuras al caballero andante Don Quijote, el caballo capturó la imaginación humana desde la remota antigüedad. La simbiosis llegó a producir al centauro cuya sabiduría aconsejó al héroe Aquiles, a quien su Alazán con don de lenguas le anunciaría su muerte.
Fueron yeguas las sacrificadas en el funeral de Patroclo, como ocurriría en el de Calfucurá, a cuya muerte fueron sacrificados los mejores pingos. La idea sin duda de estos cultos primitivos es que serían necesarias esas cabalgaduras en el más allá.
También el sexo trepó a la inspiración del poeta cuando Lorca, en su célebre Casada Infiel nos dice: "Aquella noche corrí / el mejor de los caminos,/ montado en potra de nácar/ sin bridas y sin estribos." Instinto que ayuda al ser humano cuando a éste le flaquea y que ha sido captado en toda su prestancia por Adriana Zaefferer con sus pinceles y con sus modelados.
Sabemos que, aunque autodidacta, no ha despreciado el estudio de la anatomía caballar, ni al arte de los impresionistas desde los caballos de Degas a los hallazgos lumínicos de Monet, que no alcanzan en su influencia a llevarla a descomponer la forma.
Sabemos también de su admiración por Munnings, todo ello supeditado a una capacidad de observación que supo poner en práctica desde su más temprana adolescencia, a través de un ojo de rara capacidad de observación. Ya madurado su estilo, fue convocada por famosos dueños y cuidadores de caballos para que registrase de manera perdurable la belleza rítmica del noble animal.
En esta oportunidad, al protagonismo caballar habrá de añadirse la belleza del paisaje sureño en la zona de San Martín de los Andes; a menudo asoma el lago Lácar, al que conservamos prístino en nuestra memoria.
Adriana Zaefferer ha llegado a pasar largas temporadas en el extranjero, así en Europa como los Estados Unidos, solicitada por su excepcional capacidad de inmortalizar la imagen de los más famosos caballos y yeguas de carrera.
Lo que surge de todo esto es un gran amor, unido a la nobleza del animal. Aquí todo es amor traducido en belleza.
(En el Caesar Park, Posadas 1232, hasta el 31 de diciembre.)
Lo nariguil como denuncia
Me gustaría pensar que Andrea Castro me daría su aprobación si yo ubicase a la obra del pintor Fermín Eguía en la categoría que ella otorga con su pensamiento analítico al "fantástico ambiguo" en la literatura. Se trata de traducir un mundo donde lo cotidiano es invadido por elementos que escapan lo normal y nos introducen a una dimensión fantástica que a la vez se mantiene dentro de lo inteligible y, por otro lado, escapa las dimensiones de lo real; de allí su ambigüedad.
En el caso del pintor Fermín Eguía, él mismo ensaya lo que podríamos aceptar como explicación: "Lo que en solfa llamo período nariguil es renuente y perdura en estas láminas. Es una especie de idiotismo porque no siempre lleva la razón cuando se asoma. Nariz para el aire, respirar, expirar, espíritu, alma, psique, liberación, evocación, olor, perfume, distinción (huele a esto o aquello); no sé si me siguen, pero puede amontonarse un buen número de palabras sobre la nariz así como insinuaciones tanto procaces como inocentes.
Agrego que en los idiotismos puede yacer un estilo. Hay idiotez leve, pertinaz y consumada. ¿Cuál es la tolerancia del otro a la idiotez ajena?..."
En los "Episodios Nacionales" que ha decidido plasmar Eguía en gouaches sobre papel en tamaños más o menos uniformes, de unos 30 por 40 cm, el artista va narrando con humor nariguil una serie de imágenes que son de rara sofisticación y de reconocible cotidianeidad para el caminante porteño. En tal sentido, hay un cierto parentesco entre estas pinturas y el "Cambalache" de Discépolo. En uno de los trabajos "Juan de Garay presencia el raje", sobrevolando en una suerte de helicóptero la Casa Rosada; en "Saqueo y supercaro" un narigón se abraza a un manequí en traje de baño mientras otros huyen con sus cajas.
Hay un par de trabajos notables en que Eguía evoca algunos clásicos de nuestra pintura como el "Lever de la bonne", de Sívori, mientras un hombre pura nariz por cabeza se pone los pantalones. En todas y cada una de las pinturas, Eguía hace alarde de su envidiable oficio de pintor y de dibujante.
Frente a tanto macaneo que pretende ser original, Fermín Eguía nos enseña cómo desde la pintura el verdadero creador puede instalar al presente efímero para transformarlo en presente eterno.
(En Sara García Uriburu, Uruguay 1223, hasta el 31 de diciembre.)




