Cantantes, más allá de la cintura cósmica
A veces los cantores, impulsados por la adhesión que despiertan en el público, se ven tentados a pasar del canto popular a la política. Pero el salto suele ser riesgoso
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Los cantantes y los políticos se parecen en algo: suben al escenario, se paran frente a los micrófonos y los reflectores apuntan hacia ellos. El público aplaude, corea sus nombres. Espera, anhela, ansía oír sus voces. Cuando los protagonistas abren por fin la boca, se escucha una ovación (si la corriente fluye bien; de lo contrario, en casos como éstos, el silencio es de hielo). Bombos, guitarras y trompetas acompañan a las estrellas. Aplausos, rugidos de entusiasmo interrumpen una y otra vez a los solistas. Al terminar el espectáculo, la gente se retira con la sensación de haber vivido un momento único, una revelación. Sin dudarlo, los asistentes se reconocerían como seguidores y aun como fanáticos del personaje que ha sabido estremecerlos.
Tal vez sea esa común capacidad de mover cuerpos -y, sobre todo, almas- lo que hace que tantas veces los cantores se animen a cruzar el Rubicón que separa el canto popular de la política, cosa que acaba de hacer en la Argentina Nacha Guevara, con la ayuda, en este caso particular, de su asombrosa caracterización de Evita.
Es un salto riesgoso. Basta con pensar en Ronald Reagan y en la propia Eva para decir que, en general, los actores suelen tener mejor suerte en su nuevo oficio. Los cantantes no se han destacado tanto como estadistas y siempre han quedado más ligados a sus creaciones que a sus decretos y a sus leyes. Que no calle el cantor, pero que siga siempre firme junto a sus negras, redondas y corcheas, porque le irá mejor con ellas. Ésa parece ser la regla.
Para cambiar el mundo no hacen falta una banca ni un sillón en la Casa de Gobierno. Lo demostró el folklorista César Isella, que nunca ambicionó cargos, con su "Canción con todos", compuesta en 1969. Pese a las bromas que se gastan al tomar en sentido literal los versos de Armando Tejada Gómez ("Salgo a caminar por la cintura cósmica del sur./ Piso en la región más vegetal del viento y de la luz./ Siento al caminar toda la piel de América en mi piel/ y anda en mi sangre un río que libera en mi voz su caudal"), Isella logró hacer de su canción un símbolo político que atraviesa los tiempos. En la Cumbre Iberoamericana de Punta Arenas, de 1995, fue coreada al unísono por Fidel Castro, el rey Juan Carlos, Felipe González y por Eduardo Frei, Fernando Henrique Cardoso y Carlos Menem, entre otros presidentes.
En el polo opuesto quedó, para la historia, la aventura del cantautor Palito Ortega. Aunque surgió a la fama a comienzos de los años 60 como un joven ajeno a la lucha política, las melodías de sus temas inocentes fueron usadas tanto como propaganda de la felicidad militar impuesta por la fuerza en el país de aquellos años como para la resistencia violenta. Por ejemplo, el estribillo que decía: "Esa flor que está naciendo/ ese sol que brilla más/ todo eso se parece/ a la sonrisa de mamá", se transformó en el siguiente himno de guerra: "Montoneros, montoneros/ son soldados de Perón./ Los gorilas tienen miedo/ tienen miedo al paredón". Ni diestro ni zurdo, Ortega se volvió menemista en los años 90, fue un discutido gobernador de su provincia, Tucumán, de 1991 a 1995 y llegó a ser candidato a vicepresidente de la Nación, acompañando a Eduardo Duhalde, en las elecciones de 1999. Perdió, tal vez por suerte para él, y volvió a lo que mejor sabe hacer. Todavía hoy se cantan sus canciones en las canchas de fútbol y en las manifestaciones, a veces sin saber a quién le pertenecen, lo que constituye el éxito más grande al que puede aspirar un artista.
La idea de conseguir votos gracias a la celebridad de un cantante especialmente querido, como Nacha, no es nueva ni original ni única en América latina. En la campaña de 2006 de El Salvador, el Partido Conciliación Nacional hizo que sus listas fueran algo así como el arte de combinar los sonidos con orden, equilibro y proporción dentro del tiempo. Allí estuvieron el autor de "Sin sangre en las venas", Francisco Meardi, Gustavo Larreynaga, segunda voz del grupo Los Vikins, y el cantante y saxofonista Manuel Velasco. En tanto, El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional lo puso a Martín Núñez, vocalista del grupo de rock Prueba de Sonido, como candidato a alcalde del puerto de La Libertad, y Cambio Democrático y el Movimiento Renovador les retrucaron, el primero con Tony Acosta y el segundo con Jhosse Lora.
Un cantante llamado Aladino fue carta fuerte de la Alianza País, en Ecuador, y en la República Dominicana, Milly Quezada y Johnny Ventura, conocidos como la reina y el rey del merengue, respectivamente, fueron en su momento designados embajadores para asuntos culturales por el presidente Leonel Fernández Reyna. Ventura (1940), a quien también llaman con admiración y cariño El Caballo Mayor, alcanzó el rango de embajador después de haber pasado a las filas del oficialista Partido de la Liberación Dominicana (PLD) desde el opositor Partido Revolucionario Dominicano (PRD).
En las elecciones comunales de 2008, en Chile, fue candidato a concejal el destacado Patricio Renán, a pesar de que el hit con que se lo identifica en todo el mundo, "Soy culpable", suena casi como una confesión: "Recuerda que el tiempo ha transcurrido./ La gente nada sabe qué pasó./ Yo, yo me lo he buscado./ Culpable soy de vivir así".
Detrás de su presente estable, Chile tiene una historia de muy fuertes pasiones y compromisos políticos, en la que están inscriptos sus cantores. Entre ellos, hubo uno que fue símbolo: Víctor Jara, nacido en San Ignacio en 1932 y torturado hasta la muerte en el Estadio Nacional de Santiago, en 1973. Jara fue director artístico del grupo Quilapayún, hombre de teatro y autor de muchas canciones bellas. La última la escribió en prisión: "Somos cinco mil/ en esta pequeña parte de la ciudad./ Somos cinco mil./ ¿Cuántos seremos en total/ en las ciudades y en todo el país?"
La bolerista Patricia Maldonado, candidata a diputada en 1997, se encuentra en la vereda opuesta. El general Augusto Pinochet Ugarte fue padrino de bautismo de su hija, y Patricia lo llamó siempre "mi compadre". Mujer de declaraciones frontales y, en cierta medida, intemperantes, perdió parte de la simpatía popular con la llegada de la democracia. Ella insistió: le siguió cantando a la dictadura y en 1998 viajó repetidas veces a Londres para visitar al detenido senador vitalicio Pinochet. Después se recicló como panelista y conductora de programas televisivos dedicados, básicamente, a la mujer.
Con una mano en el corazón, habrá que confesar que esta fidelidad a una divisa, aun funesta, no es moneda frecuente entre los cantantes-políticos. La propia Nacha, hoy kirchnerista, participó en actos de signo radical cuando volvió al país, en 1983. Eso no fue tan incoherente, por supuesto, como el rapto de inspiración franquista que asaltó en 1966 al cantautor español Víctor Manuel cuando escribió "Un gran hombre": "Ese país/ que la guerra marcó sin piedad./ Ese país/ de cenizas logró resurgir./ Años costó/ su tributo a la guerra pagar./ Hoy consiguió/ que se admire y respete su paz./ No conocí/ el azote de aquella invasión./ Vivo feliz/ en la tierra que aquél levantó./ Gracias le doy/ al gran hombre que supo alejar/ esa invasión/ que la senda venía a cambiar". En los años 70, Víctor Manuel se afilió al comunismo, y hoy integra la Plataforma de Apoyo a Zapatero, junto con su mujer, la cantante y actriz Ana Belén, Miguel Bosé, Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat.
Para honrar la verdad, es preciso añadir que hubo otros intérpretes españoles de nota que exaltaron a Franco. "Lo digo muchas veces. Diez veces seguidas: fue un gran español, un gran español, un gran español", dijo Nati Mistral. Y tampoco tuvo pelos en la lengua Raphael: "Soy un fanático de Franco".
Todos ellos siguieron la norma: la gente los disfruta más cantando. Hay casos, sin embargo, en los que una convicción muy firme o la decisión de poner el cuerpo en pos de una causa particular justifica a los cantantes populares que se animan a dar el salto. En artistas como el brasileño Gilberto Gil lo social no es una fiebre de verano que se va tan ligero como aparece. Encerrado como subversivo por el régimen militar que depuso a João Goulart en 1964, las cuestiones políticas no dejaron de preocuparlo ni en su exilio de Londres ni unos años después, a su regreso. En la década del 90, fue concejal en Salvador, su ciudad natal, y no resultó extraño que aceptara, en 2003, la oferta de ocupar el Ministerio de Cultura que le hizo el presidente Lula. Aunque renunció en 2008 para volver a la música -nunca la había dejado del todo-, Gil sigue militando en el Partido Verde y desde allí despliega cada vez que puede, en vivo y en directo o por escrito, su defensa del software libre, basada en lo que llama una "democratización de la cultura".
También ha sido consecuente el cubano Silvio Rodríguez, que nació en 1946 y estuvo al lado del régimen castrista desde los 14 años, cuando se anotó en la Asociación de Jóvenes Rebeldes. Participó en las campañas de alfabetización y a los 22 años, en 1968, grabó sus temas "La era está pariendo un corazón" y "Fusil contra fusil" en el disco colectivo Hasta la victoria siempre , en honor del Che Guevara. Revolución y poesía, términos con frecuencia antagónicos, se acoplaron en las 62 canciones que compuso a bordo del barco pesquero Playa Girón, donde se había enrolado como trabajador, en 1969. En 1976, se alistó como combatiente en la insólita expedición cubana a la guerra de Angola, y todavía después de muchas décadas, cuando casi nadie se explica cómo es posible que siga defendiendo un régimen que maduró tan mal, sigue siendo diputado de la Asamblea del Poder Popular de Cuba.
Él intenta explicarlo con canciones: "Puede que algún machete/ se enrede en la maleza;/ puede que algunas noches/ las estrellas no quieran salir;/ puede que con los brazos/ haya que abrir la selva,/ pero a pesar de los pesares,/ como sea,/ ¡Cuba va!". Dada su belleza innegable, esas canciones serán siempre la parte sustancial de su legado.
Es que, desde La Marsellesa en adelante, son las canciones lo que va al frente. Cuando el reverendo Charles Tindley compuso en Filadelfia "We shall overcome" ("Venceremos") para su iglesia metodista, en 1901, seguramente no llegó a imaginar el largo camino que recorrería hasta ser recogida y transformada en himno del movimiento hippie por el baladista neoyorquino Pete Seeger y todavía después, mucho después. Casi no hay acto por los derechos humanos y en contra de la persecución política en el mundo entero en que no se entonen estas estrofas emocionantes: "We´ll walk hand in hand, some day./ Deep in my heart I do believe./ We shall overcome some day".
Las canciones pueden más que la política: ya lo dijo el poeta argentino Raúl González Tuñón en las coplas de su álter ego, Juancito Caminador: "Terminada la función/ canción, paloma y baraja/ todo cabe en una caja./ Todo, menos la canción".
Coherentes o incoherentes, buenos o malos, honestos o sospechosos de no serlo tanto, los cantantes políticos y sus destinos quedan siempre ligados a sus canciones. Sin ir más lejos, Francis Albert Sinatra, el tío Frank, será eternamente La Voz, aunque con razón se hayan levantado tantas voces para acusarlo por sus sinuosas vinculaciones con los políticos y los mafiosos.
Sinatra ya era Sinatra en 1959, cuando aceptó participar de lleno en la campaña presidencial de John Fitzgerald Kennedy. Creía en Kennedy sinceramente, y con sus actuaciones le aportó millones de dólares, que sirvieron para llevarlo a la Casa Blanca. Pero pocos años después saltó del Partido Demócrata al Republicano, empujado en buena medida porque los demócratas comenzaron a impulsar investigaciones sobre su amistad con grandes capomafias, como Lucky Luciano, Sam Giancana y Angelo DeCarlo.
El presidente republicano Richard Nixon fue considerablemente más indulgente respecto de las relaciones entre Frankie y estos "buenos muchachos". Nixon pagó el apoyo de Sinatra liberando a DeCarlo, que había sido apresado y condenado a doce años de cárcel. Lo hizo cuando llevaba apenas 24 meses a la sombra, como suele decirse. Sobre el grado de ferocidad de DeCarlo, cabe remitirse a la descripción que de él hizo el FBI: "Es un asesino metódico".
El viento sopló, pasó el tiempo e incluso las sospechas sobre el lado mafioso de Sinatra llegaron a convertirse en un simpático clisé. Encima de todo aquello siguen sonando los matices de aquella garganta privilegiada: "El final se acerca ya./ Lo esperaré serenamente./ Tú ya lo ves, yo he sido así,/ te lo diré sinceramente./ Viví la inmensidad/ sin conocer jamás fronteras./ Jugué sin descansar/ y siempre, siempre, a mi manera".





