Cartas a Quehué

Marisa Rubio, como otros artistas jóvenes, realiza proyectos por fuera del sistema de museos y galerías; en su último trabajo buscó inquietar a un pueblo de La Pampa
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23 de febrero de 2008  

En la mañana del 29 de noviembre de 2007, 150 vecinos de Quehué -un pueblo de 570 habitantes a 75 km de Santa Rosa, La Pampa- recibieron una carta que no esperaban. Entre ellas había poemas, declaraciones de amor, máximas, invitaciones formales, suscripciones a un club de fans, problemáticas legales, reclamos por hijos no reconocidos, intrigas familiares y amorosas, insultos e imágenes. Algunas historias se cruzaban y complementaban, otras no, pero todas tenían algo en común: Marisa Rubio, el remitente, con dirección en Buenos Aires.

Marisa Rubio (31) vivió hasta los 18 años en Ushuaia, cuando la capital fueguina estaba más cerca de la gran aldea que de la pequeña ciudad austral. Al llegar a la adolescencia sucedió aquello que podía ocurrir: hay cuerpos que absorben la tranquila cotidianidad de la vida de pueblo como modorra rutinaria, restrictiva y peligrosa. Fue así como llegó a Buenos Aires, estudió Bellas Artes y se convirtió en artista.

Rubio trabajó en video. Se entrometía, exploraba y cuestionaba la vida de otros: familiares, la rutina ralentada de su padre en Ushuaia o las relaciones competitivas entre dos hermanas; como un voyeur registró, diseccionando y robando con la cámara, segundos del cotidiano de varias familias que viven con ventanas a la calle.

En el verano de 2007 comenzó a gestarse una idea distinta: desde Bolivia, junto a Marcelo Galindo, envió cartas firmadas con seudónimos a varias personalidades del arte en Buenos Aires. Ya en marzo, Rubio comenzó a trabajar en Quehué, un proyecto que le demandaría casi un año de actividad. El primer paso fue buscar un pueblo de 500 habitantes con alto porcentaje de alfabetización.

Así, llegó a un punto particular del mapa: la mayoría de las pequeñas empresas de Quehué está bajo control de la municipalidad y la población se autodenomina "Capital de la caza mayor", porque recibe a turistas extranjeros que llegan para capturar ciervos colorados, jabalíes y antílopes.

Marisa Rubio, bajo el álter ego de Clara Smart, asistente de Mario Severa, director de una revista apócrifa llamada Nuevo Turismo , consiguió que llegara a sus manos un padrón incompleto del pueblo, con la excusa de enviarles a los habitantes el número 1 de la revista, dedicado a la caza en Quehué. A partir de ese padrón y una investigación por Internet, comenzó a tejer un árbol genealógico: lazos familiares, relaciones de vecinos, profesiones, etc. Entonces encaró la escritura de las 150 cartas, variando de estilos. Estas no buscaban un efecto único sobre un grupo homogéneo y reducido, como suele ocurrir en el circuito de artes visuales, sino una variada gama de consecuencias que irrumpieran directamente en un día de la vida de un pueblo entero.

El tipo de proyecto que construyó, y que afronta un número reducido de artistas -a diferencia de Europa o Estados Unidos, donde fundaciones y políticas culturales del Estado miran más allá del formato galería/museo-, lucha contra su propia extinción, ya que no hay en la Argentina formas de financiamiento o garantías de una difusión posterior, como un libro o una película. Sin restricciones de salas rectangulares y tiempos de exhibición idénticos para todo tipo de obras, el trabajo de un año de Rubio se concentró en un solo día y fue realizado para un pueblo que no la conocía.

En la tarde del 29 de noviembre comenzaron a sentirse los primeros alcances. Algunos estaban fascinados con la carta; otros, tristes porque no habían recibido la suya. Pero varios vecinos se juntaron en la plaza, frente a la municipalidad, rodeando un monumento que había aparecido aquella mañana, dedicado a Peter Sarmiento: uno de los personajes más utilizados por Rubio en las cartas.

Una vecina se animó y dijo que la carta que recibió hablaba sobre sus problemas y que esta persona conocía exactamente lo que le sucedía. Se habló de otra que mencionaba al Conde Rubio y los ancestros de Marisa. Unos chicos googlearon su nombre y encontraron a una actriz homónima, que en alguna obra había protagonizado a una bruja. Sin vacilar, un grupo de cazadores enfurecidos se olvidó de los ciervos colorados e inició una cacería de brujas: fue a buscar a Marisa Rubio, quien había llegado al pueblo un día antes como Martina Sot, enviada especial de Nuevo Turismo para la Fiesta de la Caza.

Lo último que supo la artista, gracias a un informante local, fue que Peter Sarmiento fue adoptado como emblema por el equipo de fútbol de Quehué. Sin embargo, éste perdió el torneo y la escultura fue olvidada entre la basura de un pueblo donde, se dice, no suele verse un papel por el piso.

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