
Cenizas y diamantes
Muchas veces se dijo que el Colón era una isla. Ocurrían hechos cruentos en el país, pero frente a espectáculos y presentaciones excepcionales de artistas, el espectador creía sentirse en otro planeta. La trama interna en cambio, lo que ocurría entre los muros de la manzana de la calle Libertad, era a menudo diferente. En la Historia del Teatro Colón aparecida en tres volúmenes en 1968, el compositor Roberto Caamaño, que fue uno de los más brillantes directores artísticos de la casa, hace notar que en 1948 y 1949 comenzaron a organizarse funciones dispuestas por distintas reparticiones oficiales, al margen de todo interés artístico, una práctica que se mantuvo hasta el derrocamiento de Perón, en 1955. Entre muchos absurdos y curiosidades, Caamaño da cuenta del concierto sinfónico que ofreció, con la Orquesta Estable, Gianella di Marco, una niña de ocho años que ensayaba con el organismo del teatro los mismos días en que Erich Kleiber dirigía las representaciones de Los maestros cantores...
Pero al margen de situaciones ridículas como la apuntada, también hubo lugar en esta quinta década del Colón para espectáculos de excepcional categoría, con directores del nivel internacional de Wilhelm Furtwängler, Karl Böhm, Ferenc Fricsay, Tulio Serafín, Hector Panizza o Ferruccio Calusio y cantantes de insuperable nivel, algunos nuevos como Christel Goltz, en 1951. Dos años antes, en 1949, había desembarcado, por única vez en Buenos Aires, Maria Callas, para dar vida escénica a Aida, Norma y Turandot.
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Solistas renombrados prolongaron los ya tradicionales ciclos de conciertos, tales como Walter Gieseking, Yehudi Menuhin, Alexander Brailovsky, Rudolf Firkusny… En la temporada 1952 hizo su triunfal entrada Victoria de los Angeles, mientras el acontecimiento más significativo lo constituyó el estreno de Wozeck de Alban Berg.
Mientras tanto, se había fundado, en 1946, la Orquesta Sinfónica Municipal, actual Filarmónica de Buenos Aires.
Como en todos esos años, hasta 1955 hubo festivales populares con participación de figuras de radio, estudiantes, actos gremiales y discursos políticos. Tras la caída de Perón, retornó al país Juan José Castro, quien se presentó al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional.
El año 1957, en que se cierra esta década, vino acompañado de una crisis profunda, motivada por los problemas suscitados entre el director delegado, Jorge D’Urbano, y las orquestas del teatro, lo que motivó la cancelación de la temporada prevista. Después de la mitad del año, un cambio de autoridades permitió solucionar en parte la situación, para lo cual debieron improvisarse una serie de espectáculos. En opinión de Roberto Caamaño, 1957 fue, desde 1908, el año más desdichado de la historia del Colón.






