César Lerner y una propuesta singular

En lugar de un show, propone una performance: sentarse frente a cada espectador e improvisar
En lugar de un show, propone una performance: sentarse frente a cada espectador e improvisar Fuente: LA NACION - Crédito: Diego Spivacow
Damián Damore
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9 de junio de 2019  

Quienes se sientan frente a César Lerner pueden soñar unos minutos despiertos, figurando un trance que se inicia con una bruma que se cruza (y evade) con los primeros sonidos. El pianista, percusionista y acordeonista creó, junto con su mujer Claudia Chueke, la performance Acordeón -en el CCK- inspirada en The artist is present, la ya célebre propuesta que la artista Marina Abramovic había montado en el MoMa, de Nueva York, en 2012.

Renuente a calificarla como show, Lerner cultiva el arte del tiempo, de la mente y, sobre todo, del cuerpo y sus límites. Acordeón pretende hacer germinar una melodía y que eso se corone con un encuentro. Lo más atractivo es, justamente, la presencia del artista, compartiendo con el público su silencio primero, su mirada después y, finalmente, la esencia del acto de la improvisación. "Fue una idea de Claudia, fue ella quien me convenció y el mismo tiempo me entrenó para este momento en el me expongo de forma brutal", expresa el músico del carácter emocionalmente turbulento de este cara a cara.

Lerner fue autor de la música de muchos programas de televisión, obras de teatro y películas (en Nueve Reinas, Esperando al Mesías y El abrazo partido, entre otras, dejó su marca) y es un concertista consagrado. Junto a Marcelo Moguilevsky mantiene desde hace décadas un dúo con el que lleva grabados cinco discos, interpretando música sefaradí y klezmer, influencia heredada de la cultura ashkenazí de sus abuelos polacos.

Acordeón está concebida para profundizar algunos conceptos fundamentales de su obra, como la improvisación y la resonancia con los otros. En este caso, interactuando en un contexto íntimo a través de una pieza musical singular. "Lo ilusorio de que el artista en el escenario es otra persona y no sé qué, tenía que descontextualizarlo. No me cerraba. Comencé con un nuevo aspecto de mi carrera. Empecé a trabajar con la gente", cuenta. Primero, lo hizo con el proyecto Círculo de tambores, que funciona a manera de una comunidad rítmica donde cada participante, tocando el tambor, entrena su capacidad de inclusión en el ensamble. Acordeón es el siguiente eslabón de esa cadena, llevándolo al contexto de los museos.

Autor de música de cine, teatro y TV, es también un concertista consagrado
Autor de música de cine, teatro y TV, es también un concertista consagrado Crédito: Diego Spivacow

"Claudia me hizo observar cosas muy lindas del ámbito performático, que yo como músico fui muy obtuso en reconocer [risas]. No somos los músicos muy amigos de las artes plásticas y del arte contemporáneo como lo somos de las corcheas y las semicorcheas.

-¿Tardó mucho en convencerte?

-No. Yo tenía la idea de un chelista con diez partituras mías y que la gente se le sentara enfrente. Claudia me acomodó sugiriendo que estuviera yo con el acordeón y comprendí que eso era lo mejor y me puse a trabajar.

-¿Cuál es la historia entre el acordeón y vos?

-Es el instrumento que tocaba en las reuniones familiares. Es mi mejor herramienta a la hora de compartir una intimidad que rebota ecos ancestrales. Es la música que habita en mí. Entender mi música como vehículo de reunión con la gente es reeditar aquella escena familiar.

-¿Fue tu primer instrumento?

-No. Mi primer instrumento fue una batería de juguete que recibí como regalo de los reyes magos. Tenía seis años. Esa batería llegó rápido, la que no vino tan pronto fue la batería de verdad. Estudié batería con Cacho, el profesor de la ciudad de Morón, donde viví de chico. Pero como mis viejos eran exigentes, no me compraron el instrumento hasta que Cacho les dijo: "Sí, este pibe va a tocar". Tuve la certeza de que yo no elegí la música, que la elección fue mutua y que eso perduraría en el tiempo.

-¿Y abandonaste entonces la batería?

-Seguí tocando la batería y años más tarde sumé el acordeón, porque lo tocaba mi primo. Mi hermano tocaba la guitarra y el bajo, y me entusiasmé con el bajo, y ahí empezó. Cumpliendo casi 60 años, concluyo en que nunca tuve un estudio sistemático: no duré en los conservatorios, no duré en la universidad de composición. Quise respuestas urgentes de la música porque mis preguntas eran urgentes.

-Viendo la performance, pienso en las bandas de sonido que hiciste. ¿Acordeón es la banda de sonido de las personas?

-Es interesante. No lo había relacionado. En los dos casos hay un acto ético y estético. Recuerdo lo que me dijo Fabián (Bielinsky) cuando hice la música de Nueve reinas: "Tenés que amoldarte para que tu música pase tan desapercibida como la luz de ese tubo fluorescente". Es un hecho ético que él me pidiera una resonancia en su mundo, el mundo de su película. Acá también existe esa empatía. Pero a diferencia de hacer la música de una película, esto tiene una cercanía tal que podés oler al otro. No es por casualidad que esta performance se dé en un momento en el que las relaciones son virtuales. La mezquindad política y la especulación es insostenible, y acá es muy simple. Estoy para encontrarme con vos y no necesito ponerme una galera y que salga un conejo. Necesito al otro, que es lo más difícil de conseguir.

El eje de Acordeón está puesto en el carácter relacional de la música y en el impacto de esa relación establecida entre músico y espectador. Con cada persona que ocupe la silla vacía, Lerner genera un vínculo único a través de la creación espontánea de una pieza musical específica. "Sin dudas necesitaba algo más de la música y creo que tiene que ver con lo relacional, con lo comunitario, la confirmación de que al otro le pasan cosas", dice.

-¿Existe algún temor en ese cara a cara?

-Para nada. Eso del temor no se presenta. Aunque sueño con la rispidez, no se trata de imaginar un lugar cómodo para mí. De hecho, es lo último que sucede, porque el sacudón es fuerte. Alguien llamó escena a cada persona que se sentó en la silla vacía. Me gusta ese concepto de que sean escenas que, claro, no representan ningún orden.

-¿Cómo vivís la escena de que estás armado con un instrumento y el público despojado mirándote a medio metro?

-Las experiencias de cada uno son muy distintas. Yo adoro lo sinuoso, me enternece profundamente el camino de ripio. Es cierto que el museo condiciona a que se presente un tipo de público, no creo que alguien llegue de casualidad hasta el segundo piso, aunque no estaría nada mal. Pero esta experiencia en algún momento la sacaremos a la calle. Y habrá distintas personas y distintos idiomas y distintas reacciones. Eso es lo que estoy buscando.

-¿Se te presenta la idea de la sequía? ¿De que no salga nada?

-La escena tan temida es que no haya música. Que no aparezca la música, la sequía, sí. Me expongo, aparece un ser humano y me pongo mejor o peor. Es como si el otro fuera tu infinitud. El otro es tu copiloto, es este espacio finito [ señala las sillas] que tenemos y que precisamos confirmar. Los que participen serán testigos de un intento. En mi vida me cuesta mucho el encuentro, tengo que hacer esto para ser mejor músico, mejor padre, en síntesis, mejor persona.

-Tenes tres hijos, dos de ellos músicos. ¿Los invitaste a la obra?

-No, pero fantaseé con sus presencias. No sólo con la de ellos, también con la de mi padre muerto. La performance reedita una escena mía tocando el acordeón y mi mamá cantando. Mi relación con ella siempre fue difícil. Apenas se confirmó esta performance tuve claro que me iba a traer un poco de todos esos encuentros familiares. Imagino que cada uno de mis hijos tendrá una postura distinta. A alguno le dará pudor. Quizá mi hija mayor se sienta más suelta. Con cada uno voy a sentir mucha emoción.

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