
Ciclo de Boedo
LOS LEMMINGS Y OTROS Por Fabián Casas-(Santiago Arcos Editor)-101 páginas-($ 23)
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Antes de su emancipación en 1972 según ordenanza municipal número 26607, lo que se conoce como Boedo pertenecía por derecho al barrio de Almagro. Sin embargo sus habitantes nunca se sintieron "almagrenses", y por paradójico que pueda parecer, el equipo de fútbol que los identifica, San Lorenzo de Almagro, no lleva en su nombre el del barrio que aquellos supieron conseguir. En uno de los ocho cuentos que forman Los Lemmings y otros, un personaje resuelve, lejos de los despachos oficiales, cualquier discrepancia: "Boedo queda donde estemos nosotros". Como la esfera de Pascal, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, el Boedo de Los Lemmings... es un universo en expansión, la caja de resonancia para el coro de voces que Casas pone en circulación, una especie de Itaca de la que parten y a la que regresan los personajes de estas historias.
El orden de los cuentos no es arbitrario. El primero presenta, desde el paisaje remoto de la infancia -que nunca es mostrada como un paraíso perdido-, algo así como el elenco estable del ciclo de Boedo. En el último ese mismo elenco vuelve marcado por el pesado rastrillo del tiempo. Entre uno y otro surge la voz del narrador, especie de álter ego pacientemente construido por Fabián Casas, el mismo que en sus libros de poemas asume la primera persona del singular.
"Los Lemmings", el cuento que abre y da título al libro, comienza con un arltiano cross a la mandíbula: "La dictadura fue la música disco". Menos un axioma sociológico que un hallazgo de la lengua, la imagen revela, en su concentración de sentido, los estragos del Proceso en la generación que lo padeció cuando pasaba de la infancia a la adolescencia. Casas hace luego un guiño al lector con una réplica casi exacta del comienzo de El cazador oculto ("si de veras quieren escuchar otra historia...") para despejar cualquier duda: lo que sigue es un relato de iniciación. Otros guiños, en forma de cita, remiten a sus propios versos, como el pedido del "resaltador" a Proust, sucedáneo de la magdalena, o el recuerdo de los amigos borrados antes de tiempo "con el liquid paper del Proceso, las Malvinas y el Sida".
"Cuatro fantásticos", el segundo cuento, amplifica la versión infantil de la experiencia en la búsqueda de un héroe que actúe como sustituto del padre ausente. Los sucesivos novios de la madre irán ocupando ese lugar dejado por el padre, "metido en la guerrilla", según revela el último de los "fantásticos". La referencia a la lucha política en los años setenta vuelve a hacerse presente, de modo asordinado, sin demasiadas explicaciones, en "La mortificación ordinaria", un cuento oscuro, de construcción precisa, en el que los contornos del realismo practicado por Casas se diluyen. El protagonista, acosado por una amnesia parcial, revive su pasado en una organización armada como un ajuste de cuentas entre delincuentes de poca monta.
"El bosque pulenta", uno de los mejores cuentos del libro, funciona a su vez como bisagra del ciclo. Los chicos que en el primer relato tomaban Talasa (jarabe eufónico-eufórico) y se contaban historias en la pieza del tano Fuzzaro, están dejando de serlo. Cuando el cuento termine serán adolescentes. Máximo Disfrute, héroe absoluto de la historia, no sólo es el proveedor de aventuras; es, sobre todo, el creador de un lenguaje. La fascinación que el narrador siente por la jerga de Máximo es directamente proporcional a la que le inspira su figura. Como en el resto de los cuentos, la narración progresa por acumulación de pequeños sucesos, desvíos en el cauce principal de la trama, un chiste oportuno que se resuelve en iluminación epifánica. El carácter episódico, la circulación constante de microhistorias, se funden en la "musiquilla" que les da soporte: el trabajo minucioso sobre la lengua crea una ilusión de oralidad y rubrica un estilo.
Esto se ve reforzado en el relato, "Apéndices al Bosque Pulenta". En la primera parte es Máximo quien da su versión de los hechos, en un monólogo fragmentario, frente a un interlocutor mudo que remeda la figura de un terapeuta. En la segunda parte toman la palabra, según pasan los años, dos personajes del ciclo, para cerrarlo. Casas, que, seguramente, aporta algo de sí al personaje del hijo en el cuento "El relator", le da voz a Nancy Costas para hacer el recuento. A diferencia de Máximo, Nancy escribe. Escribe "en un cuaderno Gloria", y en su escritura pasa a gran velocidad la película hablada de una generación que hizo en Boedo la experiencia de la vida. Con los vivos y los muertos, con los sobrevivientes. Los que pudieron, finalmente, regresaron a Itaca.
Con el oído atento del poeta, Fabián Casas entrega en estos cuentos una crónica urbana, novela familiar-barrial, literatura atravesada por una época oscura que logra trascender con el brillo de la lengua.





