Claves para una buena lectura crítica
Por Emilia de Zuleta Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Muchas veces me han preguntado qué es la crítica y para qué sirve. Y debo confesar que la respuesta se hace cada vez más difícil, dado que el término ha pasado a significar muchas cosas diferentes.
Hoy crítica puede ser teoría o análisis científico o, en el extremo opuesto, una trasposición del texto diáfano del escritor a un discurso oscurecido por las jergas múltiples de moda. Por eso, en los últimos tiempos, he tratado de dar a estas preguntas respuestas simples o elementales.
¿Qué es la crítica? Una respuesta de la sensibilidad, de la inteligencia y del conocimiento ante una experiencia de lectura.
¿Para qué sirve? Para leer mejor, para convertir el texto en obra, porque, como dice el chileno Félix Martínez Bonati, el texto es sólo un particular conjunto de signos. Mientras que la obra es el producto de una lectura apropiada de aquél.
En principio, todo crítico es un lector y, en gran medida, todo lector es un crítico desde el momento en que elige lo que va a leer y opta por un modo de lectura determinado por su gusto y por sus experiencias previas.
Por eso, en la escala que va desde el lector de la lectura primaria y fundamental -no lo llamaré ingenuo, porque ninguno verdaderamente lo es- hasta el lector profesional que ejerce la crítica académica o periodística, o la practica a través de la enseñanza de la literatura, las actitudes y disposiciones que exige una buena crítica, son análogas.
Hay que situarse ante la obra en una actitud de apetito y goce. Hacen falta, además, buena disposición, confianza, curiosidad, imaginación y libertad intelectual.
Buena disposición y confianza para que nuestro diálogo implícito con el texto y con el autor sea rico, profundo e intenso.
Curiosidad para interesarse por el mundo, la experiencia humana, el punto de vista, el lenguaje, el sentido, el sonido y el sabor de las palabras. Curiosidad, además, para aumentar nuestra competencia de lectores mediante constantes y variadas lecturas de las obras más diversas por su género y procedencia, aunque no pertenezcan al canon de lo que, en un momento dado, se acepta y se ensalza. ¿Dónde ha quedado la lectura de Tolstoi, Dostoiewski, Valéry, Conrad, Santayana, Dickens, Sarmiento?
Gracias a Dios, en materia de cultura no hay muertes definitivas, y estos y otros libros y autores pueden volver cuando menos se los espera y esto forma también parte del horizonte del crítico.
No entraré ahora en la discusión del problema del canon, tan discutido hoy, sobre todo después de la aparición del valiente libro de Harold Bloom "The western canon" ( El canon occidental , 1994). Conservemos la noción de que no hay un solo canon, sino varios que coexisten en espacios y tiempos diferentes, que son dinámicos y en renovación permanente, aunque se conserve un elenco de grandes universales canónicos.
Dijimos, también, que el ejercicio de la crítica requiere imaginación, para ensanchar el mundo de lo leído con nuestra propia experiencia de vida, en primer término, y conocimientos, sueños e intuiciones gradualmente atesorados y sedimentados.
Y, finalmente, libertad intelectual para elegir y para defender nuestras elecciones contra nuestros propios miedos y contra las presiones de la institución literaria -editoriales, universidad, grupos y capillas, sistema escolar-, de las modas y prejuicios y del pragmatismo vulgar e innoble que se ha enseñoreado de la sociedad actual.
Quizá la resistencia a ese pragmatismo canalla y el rescate del verdadero valor del tiempo, del sentido del misterio y de la contemplación, sean los actos primeros de libertad interior, imprescindibles para una mejor relación con nosotros mismos, con la naturaleza y con nuestros prójimos.
Todo ello constituye no sólo un programa mínimo de perfeccionamiento humano, sino también el punto de arranque de una crítica verdadera.



