
Codicia y desencanto
El narrador Rafael Chirbes recurre, en su nueva novela, Crematorio, a una crónica familiar para exhibir críticamente la voracidad material, la corrupción social y la impostura moral de la España moderna
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Crematorio
Por Rafael Chirbes
Anagrama
$ 85
En sus últimas novelas, el valenciano Rafael Chirbes (1949) ha venido trazando una radiografía implacable de la sociedad española. Mientras que en La larga marcha (1996) retrató los años de la posguerra y la lucha contra la dictadura, en La caída de Madrid (2000) reflejó la incertidumbre provocada por la muerte de Franco. Al igual que Los viejos amigos (2003), una crónica de la degradación de los ideales revolucionarios en tiempos ya democráticos, Crematorio , su último libro, concentra una mirada desencantada sobre el presente: habiéndose ocupado de los años del franquismo, la transición y el después, un Chirbes más impiadoso y desesperanzado pone ahora el ojo en la España opulenta del florecimiento económico y en las miserias que se ocultan tras su brillo, en un tour de force en el que lleva a su máxima expresión sus recursos narrativos y estilísticos.
Como en otras obras suyas, el escritor condensa la acción en un solo día. En este caso, la jornada en la que cremarán a Matías Bertomeu, un viejo ideólogo que cambió la revolución por la agricultura ecológica y que acaba de morir. Su muerte pone en marcha la novela y dispara las voces interiores del resto de los personajes. Entre ellos, Rubén, su hermano mayor, constructor sin escrúpulos enriquecido gracias a inundar Misent, imaginario pueblo de la costa valenciana, de bungalows y complejos para turistas; Silvia, hija de Rubén, restauradora de arte que desprecia lo que construye su padre y admira a su tío; y el marido de Silvia, Juan Mullor, catedrático distante que prepara la biografía de Federico Brouard, amigo de la infancia de los hermanos y escritor autodestructivo que ahoga su fracaso en el alcohol. Completan el cuadro Mónica, la segunda mujer de Rubén, bella, ambiciosa y varias décadas más joven que su marido; y Collado, el hombre que hizo los trabajos sucios del constructor.
Novela polifónica, las voces de los personajes van desgranando la historia de la familia Bertomeu y las tensiones y recelos que laten entre sus miembros. Pronto el lector descubre que hay dos mundos: uno de superficie, donde abundan los perfumes caros, las langostas en el plato y las grandes vistas al mar, y otro subterráneo, donde se ocultan el tráfico de drogas, la explotación del sexo y la violencia. En apariencia, estos dos órdenes no se tocan, pero la narración devela los vasos comunicantes que los unen.
Se trata, en suma, de una crónica familiar vertebrada por la rivalidad de dos hermanos con la que Chirbes trabaja a un tiempo en dos dimensiones: licenciado en Historia, le interesa el fresco social, el espíritu de época, pero su vena de novelista lo sumerge de lleno en las paradojas y contradicciones de la condición humana. En manos del escritor español, ser y devenir se vuelven una sola cosa. La novela aborda temas como los celos entre familiares, la corrupción, la tiranía del dinero, la destrucción del medioambiente y la función del arte, pero los hermanos Bertomeu son en definitiva una encarnación del asunto al que Chirbes, que sabe que la vida pública es un reflejo de la privada, vuelve en cada una de sus novelas: la claudicación de las ilusiones de cambio y de los principios, y la degradación inevitable que esto supone.
En este libro, el escritor ha llevado la técnica del flujo de conciencia al extremo. Trabaja con un río de discursos: cuando estamos en la voz de un personaje no solo asistimos al discurrir de sus obsesiones, sino que esa voz convoca a escena -al teatro de la mente- a los demás personajes y a la voz de esos personajes. El escritor se revela como un maestro para enhebrar ese flujo que deriva de asunto en asunto y que siempre tributa al complejo nudo argumental. A través de pensamientos y evocaciones que no dejan de bullir nos asomamos a un mundo asombrosamente concreto y real. En rigor, la novela carece de progreso dramático en tiempo presente: se trata de calar cada vez más hondo en la telaraña de sentimientos y pasiones que organiza esas vidas en un sistema. Así, los fragmentos acaban trazando un mosaico que ofrece más que la suma de sus partes. Chirbes aprovecha muy bien la libertad que consigue narrando desde la conciencia: allí pueden sucederse la acción, el recuerdo, la imagen, la percepción, todo en perpetuo vaivén, con la única limitación de ir llevando al lector de la mano y favorecer con cada elemento la densidad del relato.
La novela se erige en la conciencia crítica de la vieja izquierda travestida y de la voracidad del capitalismo y la España de la bonanza actual, pero nunca a costa de sus personajes, que se enriquecen y se vuelven más complejos a medida que corren las páginas. La percepción primera de que se trata de una familia en la que la codicia y la falta de escrúpulos del jefe del clan contaminan la vida de sus integrantes -cosa que no deja de ser cierta- da paso a perspectivas más matizadas: en mayor o menor medida, todos tienen su cuota de miseria y hasta de grandeza. Rubén, quien en su juventud quería ser artista y aún conserva sensibilidad para la música y el arte, encuentra su único paraíso en la infancia, a pesar de que, en sus palabras, "los sentimientos formaban parte de las debilidades". A fin de cuentas, parece decir Chirbes, quizá Matías y Rubén -que representan la antinomia entre idealismo y pragmatismo- no sean tan distintos. Quizá solo se diferencian en la constitución de su carácter: mientras uno, el que hace, decidió lidiar en el barro del mundo, el otro, menos fuerte, el que juzga, se exilió en la asepsia de la eterna promesa que la realidad no mancilla.
En el escenario desolado que pinta el escritor, ni el arte procura salvación. "Me he cansado de inventarle sentidos a lo que no lo tiene", se queja en el ocaso de sus días el escritor Brouard. ¿Reflejo del clamor del propio Chirbes? En cualquier caso, su diagnóstico de los tiempos parece claro: sin una idea, sin una ética que sostenga, todo se corrompe y acaba por derrumbarse. En palabras de Mullor, el frío catedrático: "Hartos de no saber a qué jugar, hemos aprendido a matarnos los unos a los otros en el salón de casa".


