Con Arturo Bullrich se va una tradición que unió arte con campo
Hizo escuela en el estrado de martillero
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Con Arturo Bullrich desaparece una tradición que unía en el más alto estilo el mundo del campo y el arte.
Elegante, dueño de esa gracia natural que los franceses definen como charme , Arturito, para los amigos, hizo escuela arriba del estrado de martillero tanto si se trataba de rematar los mejores ejemplares de un haras o una marina firmada por el francés Boudin. Tenía 84 años.
Pertenecía a una familia ligada a la ganadería desde el siglo XIX, y conoció en su vida dos pasiones: el arte y los caballos de carrera. Por eso brilló como nadie en su puesto de presidente de la Comisión de Carreras del Jockey Club, donde exhibió sus conocimientos y el buen ojo para detectar un crack.
Curiosamente, pudo reunir en el mismo lugar ambas vertientes cuando en el Patio Bullrich, hoy shopping urbano, se organizaron memorables remates de ejemplares de pedigrí y, también, las mejores ediciones de la Feria de Anticuarios, impulsada entonces por Nelly Arrieta de Blaquier y Mimí Bullrich.
Mucho le deben los coleccionistas de arte y los operadores al habilidoso y entrenado rematador que sabía elevar la base de una obra y manejar la sala como una orquesta.
Le bastaba la media sonrisa y el oportuno tercer golpe de martillo para lograr el precio justo coronado en los mejores momentos por un fuerte aplauso. Su gestión en el mercado de arte se vio coronada con la creación de Posadas Remates, la firma que fusionó tres casas de larga trayectoria, Bullrich, Gaona y Guerrico, bajo la dirección del inolvidable y sanguíneo martillero Ignacio Burundarena, con la presencia clave de Nicanor Zapiola Guerrico, Guillermo Gaona y Diego Bullrich Lezica.
Se concretó esta alianza a comienzos de los ochenta, cuando el mercado de arte iniciaba un ciclo virtuoso que aún no ha terminado.
En Posadas se rematarían las colecciones de Enrique Larreta, Dulce Liberal, Navarro Viola y Domingo Minetti, entre muchas otras. Era entonces Buenos Aires un reservorio de antigüedades y obras de arte que parecía inagotable y al que acudían compradores de todas partes, en especial españoles, en busca de las piezas perdidas durante los años que siguieron a la Guerra Civil.
Así fue como en un remate de Posadas la diputación de Valencia compró a precio récord una fuente de Benlliure Gil, hijo de la tierra levantina, que hoy se exhibe en las calles de la capital de la Generalitat.
Con su apostura mundana, parado en el estrado, catálogo en mano y anteojos montados en la punta de la nariz, Arturito disfrutaba de cada remate como si fuera el último, rodeado de sus amigos de siempre, que compartían su agitada agenda social y el entusiasmo por los viajes.
En aquellas ventas para recordar, obras de Sorolla, Dalí, Benlliure, Meiffren, Boldini, Fader, De la Cárcova, Rodin, Yrurtia, Pueyrredón, Laurencin, Bourdelle, Lagos y Guttero desfilaban en busca del mejor postor ante una audiencia conocedora y exigente.
Arturo Bullrich, caballero de fina estampa, fue testigo y protagonista de los años de oro del mercado de arte y de la ganadería en la Argentina, cuando la soja era una palabra más, sin ninguna gravitación entre las prioridades del hombre de campo.






