Con la voz de Duras
ESE AMOR Por Yann Andréa-(Tusquets)-Trad.: Ana María Moix-188 páginas-($ 14)
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El episodio resulta cómico, o patético, según como se mire. Es, en todo caso, revelador de una situación invariablemente reiterada dentro de las parejas compuestas de persona mayor, famosa y rica, y amante joven, pobre e ignoto; sin que importen los respectivos sexos. Aquí se trata de una célebre escritora francesa, y un muchacho, su compatriota, treinta y ocho años menor que ella: Marguerite Duras (nacida en 1914 en la entonces denominada Indochina, hoy Vietnam) y Yann Andréa (nacido en Guimganp, en Bretaña, en 1952), un bisexual bastante más inclinado a su propio sexo. Otras precisiones: ella se llama en realidad Marguerite Donadieu (Duras -se pronuncia la ese final- es una pequeña localidad en el departamento de Lot-et-Garonne, vecina a la casa natal de su padre); él, Jean-Baptiste Lemée, Andréa es el apellido materno.
Hace poco tiempo que ella y él son amantes. Marguerite -que ha rebautizado a su amigo con ese nom de plume - descubre de pronto que Yann viste muy mal, que su aspecto no corresponde al compañero de una mujer famosa. Entonces lo lleva (lo arrastra) a Yves Saint-Laurent Rive Gauche. En el momento de pagar, le dice al vendedor: "Usted sabe quién soy, ya he hablado con el gerente, tengo el treinta por ciento de descuento". Y a su amigo: "Es lo que necesita, le queda perfecto, no hay que hacer ningún retoque. Es lo que yo digo: usted tiene tipo de modelo". Al salir a la calle, le ordena caminar unos pasos delante de ella, para admirarlo, y exclama: "¡Saint-Laurent, qué maravilla!". Balzac, o Proust, no hubieran desperdiciado esta viñeta de la vida cotidiana. Ahí está todo: la infatuación de la mujer madura con la belleza de su joven amante, la humillación que éste debe sentir al ser tratado como un objeto, y también el status de un escritor en la sociedad francesa.
Ese amor es el monólogo de Yann frente a la tumba de Marguerite, en el cementerio de Montparnasse. Una larga carta donde le cuenta, como si ella no lo supiera, qué pasó desde que, a los dieciséis años, empezó a leer sus libros: "Leí su primer libro en Caen, donde yo estudiaba filosofía". Era Los caballitos de Tarquinia . La confesión emociona, y arrasa: "Leía, releía, copiaba frases enteras en cuartillas, yo quería ser ese nombre, copiar lo que ella había escrito, confundirme, ser una mano que copia sus palabras. Para mí, Duras se convierte en la escritura misma". El muchacho le escribe cartas todos los días, a veces hasta dos y tres en el mismo día, enviándolas al domicilio que ya es famoso en el mundo entero: "5, rue Saint-Benoît, Paris VI".
La prudencia habría aconsejado no contestar a un corresponsal tan fervoroso. Pero ella lo hace, le intriga acaso el muchachito provinciano que de tal modo la admira, la acosa. El va a París, ve todos sus films, sus obras de teatro, pasa frente a la puerta de ella y no se atreve a entrar. Ella le escribe. Estuvo enferma, "cosa del alcohol". "No lo conozco, leo todas sus cartas, las guardo".
La situación se prolonga, carta va, carta y libro viene. Por fin, Yann se decide: "Un día de julio de 1980, telefoneo a Trouville". Sabe que ella pasa unos días del verano en el balneario, en el Hôtel des Roches-Noires, de abolengo proustiano. Es el 29 de julio de 1980. Se encuentran en el vestíbulo, salen a dar un paseo en un Peugeot 104 a Honfleur, compran una botellla de Burdeos, se emborrachan en el camino, cantan "La vie en rose". Marguerite, aunque ya mareada, no deja de observarle: "Es increíble que alguien pueda desafinar tanto como usted". Vuelven al hotel, pasan la noche juntos, no se separarán (salvo una que otra pelea) desde entonces hasta que ella muera, el 3 de marzo de 1996, a las ocho y cuarto de la mañana, en el departamento de la rue Saint-Benoît.
No será una relación fácil, todo lo contrario. Cada vez beben más. Hay borracheras que terminan muy mal, él le pega sin asco, ella le ruega que no la mate. Yann procura escribir a máquina, torpemente, lo que Duras le dicta. Marguerite se enfurece, lo trata de inútil, lo echa, le hace pasar la noche en la calle, le recalca que no tiene nada propio, que todo, la ropa, los libros, es de ella. Después lo perdona, hacen de nuevo el amor, Marguerite le dice: "Olvídese de su persona, carece de toda importancia. No hay que creerse un héroe. Usted no es nada. Eso es lo que me gusta. Siga así. No cambie. Siga así. Leeremos juntos".
Porque se trata, ante todo, de la literatura: "Vivir como si vivir sirviera para escribir libros, aunque no, lo sabemos, no es la vida lo que se escribe, pero hay que pasar por ello, por esta vida en Trouville, estar juntos, montar escenas, hacerse mucho daño, como si fuera necesario, y debe de serlo, no entiendo gran cosa. Pero dado que ella lo hace, pero dado que ella lo dice, debe de ser cierto". O bien: "Sólo existe la escritura que se está escribiendo, simplemente. Y es una emoción muy intensa. Una emoción que no está ligada a la belleza, no, no solamente, no lo creo. Más bien eso: la emoción que se siente ante la verdad".
El lector ya habrá advertido hasta qué punto se operó un proceso de ósmosis: Yann Andréa escribe como Marguerite, sin tratarse exactamente de una copia, o una imitación. Tal vez ha ocurrido algo más extraño, y más escalofriante: Yann es ahora el médium a través del cual la voz de Duras sigue resonando. La incógnita que se plantea frente a este texto tan bello, tan conmovedor, pero algo sepulcral, es: ¿logrará Yann Andréa encontrar su verdadera voz, su voz propia, auténtica?
Cuando Marguerite murió, Yann se encerró en el minúsculo departamento (25 metros cuadrados) que ella le dejó en herencia, en la misma calle Saint-Benoît, cerca del Café de Flore: "Al menos tendrá usted un techo, no quiero que se quede en la calle". Durante más de dos años se entregó sin tasa a la bebida, dejó de lavarse y de salir. No sabía qué hacer para matarse: ahorcarse, tirarse al Sena, o debajo del subterráneo. Por fin reacciona, llama por teléfono a su madre, ella lo va a buscar: él ha engordado veinte kilos, no se ha afeitado en todo ese tiempo, apenas si puede moverse, soportar la luz del sol es un martirio. Es el 31 de julio de 1998: el 24 de junio ha cumplido 46 años. Pasa varios meses en el hogar paterno y vuelve a París, donde termina de escribir este libro en la primavera del 99, "para continuar algo, para decir, decirle a usted: eso no ha terminado, no, puesto que yo estoy ahí, puesto que sigo estando con usted, jamás, jamás la olvidaré". Y ella parece contestarle, desde la otra orilla: "Escribir consiste en encontrar el movimiento adecuado, el ritmo adecuado, una manera de bailar ¿no cree?".
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