Con opulenta voluptuosidad
EL RINOCERONTE DEL PAPA Por Lawrence Norfolk (Anagrama)-885 páginas-($ 49)
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DESDE 1992, el nombre del joven escritor británico Lawrence Norfolk resuena en el ámbito de las letras anglosajonas, pero su prestigio creció a partir de la publicación, en 1996, de su última gran novela, El rinoceronte del Papa que ubica al novelista en una línea que incluye a Umberto Eco y a Thomas Pynchon. Su auspicioso debut, con la novela El diccionario de Lempriére , despertó el interés de la crítica y el público, y catapultó al autor al siempre envidiable mundo de las ediciones sucesivas y de las traducciones a numerosos idiomas.
Corresponde vincular a Norfolk con la mejor narrativa posmodernista, tanto por su capacidad para la combinatoria de subgéneros (la aventura, el policial, el sentimental y el gótico) como por su tendencia a la recreación de una novela histórica no exenta de erudición ni de libertad para la fantasía. Su escritura opulenta y, por momentos, voluptuosa, se asienta en la descripción exuberante, que se relaciona a la perfección con una multiplicidad de incidentes, escenas, episodios, y climas dramáticos. Esa relación se sostiene gracias a un ritmo narrativo más que hábil que aspira a capturar en forma permanente el interés del lector. El parentesco con el portentoso imaginario novelístico de Eco es evidente. Existe un indudable aire de familia entre El péndulo de Foucault o El nombre de la rosa y El rinoceronte del Papa , no sólo por tratarse de best sellers cultos y de acreditada intelectualidad sino también por la ironía con la que el dato y la reconstrucción de la Historia se entraman en un amplio despliegue imaginativo de rico lenguaje. Pero el material de Norfolk apunta a una reconsideración histórica tal vez más desprejuiciada, al estilo de Pynchon, aunque también cuestionadora, incluso de los procedimientos y las técnicas por los cuales la historicidad abarca el espacio novelístico.
Actualmente, Norfolk vive en Chicago, tiene 35 años y es objeto de entrevistadores mediáticos y de apresurados estudios universitarios. La aparición de El rinoceronte del Papa, hace dos años, fue un acontecimiento literario, por el instantáneo apoyo de la crítica y hasta por la quizá abrumadora dimensión de la novela (casi novecientas páginas). Sin embargo, el texto no parece estar dirigido al acelerado lector finisecular quien, de atreverse a la experiencia, no se sentiría, empero, defraudado, dado que el entretenimiento está presente e incluso garantizado por la misma índole del relato.
La novela recrea la pluralidad de imágenes, concepciones y modos de vida de una parte del Renacimiento, cuando conviven sólidas conductas religiosas -que intentan proyectar sobre el mundo la búsqueda de lo trascendente- con actitudes decadentes de descreimiento, lujuria, desenfreno, corrupción y hasta de licenciosa criminalidad, en la mismísima ciudad santa, Roma. Junto con el ex mercenario Salvestro (el singular protagonista que los comanda), los monjes de la olvidada isla báltica de Usedom peregrinarán hasta el epicentro de la contradicción, trazando un enloquecido periplo que atraviesa los Alpes, se extiende a Africa y a la India. Un abigarrado crescendo caracteriza el fatigoso viaje, en el que hay un extraordinario fetiche, indeleble y a la vez corpóreo, un mitologizado rinoceronte que es excéntrico tributo para el monarca de la fe, Giovanni de Medici, León X. Las pulseadas políticas, las intrigas cortesanas, los escándalos eróticos de esa Roma fastuosa y mendaz, cuya crisis la ubica en vísperas de la Reforma, se involucran con el delirante destino de los extraños monjes, en una vertiginosa temporalidad narrativa que sustituye el ambiguo didactismo de la Historia por su remoción a través de una gozosa contaminación posmodernista de parábola, de elegía, de fábula.
La acción densa, la narración ampulosa y la referencia erudita demandan por momentos un lector competente, pero también un degustador abierto a la fascinación y, a veces, a la perplejidad. Novela de voluntaria grandilocuencia pero de modelada estructura, El rinoceronte del Papa nos persuade de la convicción ficcional que late bajo el indiscutido auge de una renovada novela histórica, sin que esta condición la exima de plantear una sutil revisión, de intermitente luminosidad, de lo mejor y lo peor del pasado, que, en este texto de Norfolk, se dimensiona en el apasionado remolino cultural que dio origen a los tiempos modernos.
Cabe celebrar la notable traducción al español y la creciente difusión de esta novela en nuestro medio.





