Con preguntas, la filosofía puede enseñar a pensar a los más chicos
En unos 50 colegios se dicta la materia desde el jardín de infantes; hay resultados sorprendentes
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Los sueños. El amor. La amistad. La muerte. La libertad. El dinero. Qué está bien y qué está mal. La existencia de las cosas. Qué es el tiempo.
¿Cómo explicar a los más chiquitos estos temas centrales en la vida de todo ser humano, pero difíciles, a la vez, por su complejidad? Algunos colegios ya encontraron un camino: incluyen la materia filosofía desde el jardín de infantes.
No se trata de conocer al pie de la letra a Aristóteles, Platón, Kant, Santo Tomás de Aquino o Heidegger. Para nada. La idea es generar en los chicos la capacidad de hacerse preguntas de manera lógica y argumentada. Y que busquen las respuestas, en el diálogo con sus compañeros, aunque nunca lleguen a una conclusión.
"Esta práctica hace que los chicos se vuelvan más reflexivos -explica Gustavo Santiago, autor del libro "Filosofía con los más pequeños" (Novedades Educativas), en diálogo con LA NACION-. Les permite desarrollar el pensamiento en su dimensión crítica, creativa y ética."
Otros objetivos que se buscan: que sean más tolerantes, acepten que hay puntos de vista diferentes y sepan cuestionar, con argumentos.
"Al ir construyendo su pensamiento, todo chico hace filosofía o es, en parte,un filósofo", sostiene Alejandro Rozitchner, autor de "Filosofía para chicos" (Santillana).
En la Argentina no muchos colegios llevan adelante este sistema. Hoy son apenas 50 instituciones, según consultas realizadas por LA NACION.
"¿Por qué las maestras gritan?"
Pero, en los hechos, ¿cómo se enseña filosofía a los chiquitos? Existen distintos métodos, que varían según el profesor. Algunos prefieren utilizar textos clásicos, adaptados para chicos, y otros, libros especialmente escritos. Aquí, un ejemplo:
Camila Vilcinskas es maestra de primer grado del colegio San Marcos, de las Lomas de San Isidro. Pide a sus alumnos que se sienten en el piso, en una ronda. Lee con detenimiento un texto y da tiempo a que los chicos se formulen preguntas.
No demoran ni un instante. Camila anota en el pizarrón: "¿De dónde sale el agua de la lluvia? ¿Por qué llueve? ¿Por qué se pelearon los chicos? ¿Por qué las maestras tienen que retar a los chicos? ¿Por qué las maestras gritan para retar?"
Los chicos se entusiasman con el tema de las peleas. Loli, una de las alumnas dice con seguridad: "Es lo mismo pelear y jugar a lo bruto, porque le pegás fuerte y no despacio. Jugando le pegás despacito, pero peleando, más fuerte". Cata, otra compañera, agrega: "Si hablás de la pelea, hablás, pero no pegás".
El diálogo sigue, dinámico. La mayoría hace esfuerzos por dar más argumentos. Después, los chicos tendrán un tiempo para anotar lo que pensaron en un cuaderno.
Camila, la maestra, explica que "esto ayuda a que los chicos aprendan a escucharse para después refutar o dar otro ejemplo. La idea no es que se vayan con todas las respuestas".
Según Santiago, para que el método resulte, el maestro no tiene que explicitar su postura -ni siquiera en los casos de moral-, sino estar atento a que los chicos no usen falacias, no den enunciados ambiguos, ejemplifiquen y respeten las pautas de trabajo
Esteban Speyer, secretario académico de la carrera de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), afirma que la actitud filosófica "es muy beneficiosa", pero el trato con niños implica una gran responsabilidad. "Los chicos vienen de sus familias con una serie de creencias -dice-, y la filosofía, como tal, no acepta supuestos." Afirma que es importante que el docente sepa cuál es el límite hasta donde puede enfrentar a los más chicos a cuestionar sus creencias.
Para Diego Jarak, que da clases en segundo grado del Jardín de la Esquina, en Belgrano, hay otras dificultades para sortear y se relacionan con que los colegios se animen a desarrollar programas más atrevidos. "En el aula todo fluye. Los chicos se enganchan mucho, son clases distendidas -dice Jarak-. Somos honestos y les decimos que no venimos a enseñarles nada, sino a intercambiar saberes."
Vera Waksman, profesora de Filosofía de la UBA, que dicta clases en el Colegio Paideia, de Villa Crespo, recomienda a los docentes que apliquen estos métodos para atravesar una experiencia similar a la de los chicos. "Está claro que no todos los temas están al alcance de todo el mundo; en eso consistirá la habilidad del docente para discutir", agrega.
Y fuera del aula, ¿qué pueden hacer los padres? "Abrir en ellos mismos el espacio para esas preguntas -dice el filósofo Alejandro Rozitchner-. La filosofía no se puede enseñar como una materia de contenidos. Se vive, se comparte, se experimenta como un camino de búsqueda siempre personal."
Según Rozitchner, "todo chico, al crecer, presenta a sus padres la oportunidad de pensar de nuevo el mundo. Si los padres aceptan ese desafío de pensamiento, abren en la relación con el chico un espacio de pensamiento filosófico".



