Con una cruz en la espalda
Las zapatillas eran eso, zapatillas blancas, bajas, acordonadas. Y desentonaban. Era lo único. Después llevaba lo esperable para un hombre así: una camisa rayada en tonos pasteles de manga corta, un pantalón con pinzas que combinaba, el cabello, poco tras aguantar los años, y en la espalda una cruz de madera. Caminaba lento por las veredas, se hacía sentir sobre cada baldosa. No hablaba, no gesticulaba, avanzaba sórdido.
Era miércoles en Palermo y el hombre llevaba la espalda bien recta, enderezada por su cruz. En un café de esquina que siempre huele a otra cosa tres personas hablaban en voz alta, debatían de política y el hombre caminaba, con una cruz en la espalda. En una casa de té a pocos metros un grupo de mujeres bebía licuados y se confesaba, y el hombre caminaba, con una cruz en la espalda.
Estaba hecha con dos palos: uno iba de su nuca a la cintura y el otro, de omóplato a omóplato. Y se equilibraban. El clima ese día de verano era pálido, cansador, los árboles sobre la tierra estaban estancados y el hombre caminaba, con una cruz en la espalda. El mecanismo lo obligaba a llevar ambos brazos apenas en alto pero él no reparaba. Lo hacía de forma natural. En la entrada de uno de los hospitales públicos más concurridos la gente esperaba, el resultado de un estudio, el parte médico de algún familiar, un plato de comida, compasión. Médicos entraban y salían en medio de un olor ácido y el hombre, que parecía recién bañado, caminaba, con una cruz en la espalda.
A segundos, en la puerta de un edificio en construcción varios albañiles tomaban cerveza fría de la lata. Ya habían terminado la jornada de trabajo, los espejos de la fachada habían sido colocados, todos aguardaban regresar a sus casas y el hombre caminaba, con una cruz en la espalda. Ninguno dijo nada. En un local en que funciona una inmobiliaria dos trabajadores hablaban entre sí y miraban por la ventana lo que sucedía afuera: niños que corrían, madres que gritaban, otras compraban la comida para la noche y el hombre que caminaba, con una cruz en la espalda y la tez gastada. En la portería de las torres con piscina en la terraza y cancha de tenis de color azul una adolescente anunciaba su llegada y por detrás suyo el hombre caminaba, con una cruz en la espalda.
Como los condenados. Su ritmo seguía intacto y los brazos, alzados. No se quejaba. Si sentía dolor, lo ocultaba. A una corta distancia el restaurante de pastas frescas del cocinero famoso recibía la mercadería que le faltaba y el hombre caminaba mientras, falsamente erguido, con la cruz a cuestas. Con la obligación de un soldado y la destreza de alguien del pasado. Permanecía callado. El resto miraba, impávido. Su caminata angustiaba.
En la plaza ubicada en diagonal al hospital un joven dormía tirado sobre el cemento, desordenado, perdido, con restos de desperdicio ajeno a su lado y a su lado el hombre caminaba, con una cruz en la espalda. Tal vez llevaba una sobre su pecho, colgada de una cadenita de plata, pero esa no la mostraba. En su misma dirección, en la salida de un supermercado, una pareja cargaba bolsas de tela repletas, se esforzaba, lidiaba con el montón de lo comprado y a unos pasos el hombre caminaba, lúgubre, con una cruz en la espalda. A la vista de quien mirara.
Debía hacerlo por recomendación ajena. El hombre, una pequeña joroba a la altura del cuello, las pecas en las mejillas y en la frente y los ojos cristalinos no por un llanto por venir sino por el tiempo, cuánto pesa el tiempo, debía querer arreglar su postura, llevarle alivio al cuerpo (como si dos palos bastaran). Pero de ese modo, en esta ciudad descascarada, partida en miles, endemoniada, el hombre también parece un mensaje. Una redención. Para quienes todavía creen.
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